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domingo, mayo 3, 2026

La historia no deja de enseñarnos: Trincheras y Cocóspera, una simbiosis ambiental y cultural

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Con mucho orgullo, el pueblo de Trincheras, Sonora, mantiene la memoria de la gestión por salvaguardar como patrimonio el cerro de Las Trincheras, ahora reconocido como zona arqueológica y un magnifico sitio que cuenta con un museo-centro interpretativo en el que se fomenta la investigación arqueológica, la divulgación científica y funciona como espacio para la expresión cultural de la localidad y la región.

La gestión del presidente municipal del momento, el señor Edmundo Sierra Márquez en el año de 1948, mucho antes de la existencia de una ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicas, Artísticos e Históricos, Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), México (1972), hizo que se detuviera la extracción de material pétreo para la construcción de las vías y evitó el deterioro, que hubiese sido exponencial, al debilitar su basamento y por la sobreexposición ante el paso del ferrocarril. Una área deteriorada y sin protección fácilmente se vuelve objeto de saqueo o mal manejo.

Trincheras ha significado históricamente vértice cultural, punto de encuentro entre los distintos pueblos, la dinámica de la sucesión de la vida ha dejado sus huellas significativas y ampliamente valoradas hoy. Fue necesario conocer y entender todo su entorno para obtener ese grado de valor; las culturas no se comprenden a partir de una pieza aislada y sin contexto, es la gran insistencia de los arqueólogos/as que ahí han dejado parte de su vida. El sitio de La Playa, San Rafael del Alamito, el mismo pueblo, las minas de El Boludo y el Cerro Colorado, el paisaje agrícola -ganadero son parte de este lenguaje de la historia del lugar que se preserva y se aprecia en gran medida. Todos estos sitios nos hablan de determinada etapa, de sus crisis y conflictos, pero en cada una, una marcada apertura hacia lo nuevo, lo distinto.

Coincidentemente, el paso del ferrocarril vuelve a ser motivo de inquietud y controversia ante los riesgos que representa su paso por la comunidad de Imuris, Sonora, la zona del Aribabi que alberga el rio Cocóspera y conecta con el resto del complejo misional, la misma misión de Nuestra Señora del Pilar y Santiago de Cocóspera, obra del misionero P. Eusebio Francisco Kino SJ. La historia no deja de enseñarnos que estamos ante una posible triple afectación patrimonial: en lo social, en lo ambiental y en lo arqueológico. Desgraciadamente, así ha estado esta zona durante siglos, sobreexpuesta y vulnerable, pero en resistencia y con dignidad.

Esta historia nos recuerda la importancia de la participación de las poblaciones locales en las decisiones que comprometen su calidad de vida, su futuro, aspecto crucial en un estado democrático. Por eso, desde Iniciativa Cocóspera, un colectivo ciudadano de organizaciones e individuos preocupados por la conservación del sitio misional de Nuestra Señora del Pilar y Santiago de Cocóspera, reiteramos el llamado a la escucha sensible, sensata y honesta, a no minimizar la preocupación de la población que conoce y valora su entorno. Bajo nuestro lema inspirador de integrar, restaurar, conservar, deseamos haya ejercicios de mayor implicación de las comunidades, no esperamos respuestas inmediatas e improvisadas, en las que se pretende aparentar que todo ya está calculado y decidido. Analizar alternativas proporcionadas no solo por la razón técnica-pragmática que obedece al interés económico, sino por el sentido ético, donde los significados del entorno local sean valorados.

No se pretende con ello alimentar posturas de antagonismo político que le apuestan a la descalificación y a capitalizar cualquier descontento o preocupación social para inyectar su veneno a favor de determinado interés partidista, que empobrece y denigra la gestión política. Es parte de la vida democrática que exige constantes prácticas de dialogo social, perseverante, unas conversaciones reposadas, no arrebatadas o autoritarias, para poder llegar a la derivación de compromisos conjuntos basados en la verdad.

Sin duda el desarrollo trae amplios beneficios y se requiere de la integración de lo distinto para un sano intercambio y solución de necesidades, pero nunca debería ser impuesto o en detrimento de las condiciones que dan vida y significado a las comunidades, por ello “se necesita un diálogo paciente y confiado, para que las personas, las familias y las comunidades puedan transmitir los valores de su propia cultura y acoger lo que hay de bueno en la experiencia de los demás” (Papa Francisco, Fratelli Tutti 134). Así pues, no se trata de quedarse anclados en el pasado, las pretensiones de preservación-conservación son una legítima necesidad para el crecimiento, para desarrollar una “nueva belleza gracias a sucesivas síntesis que se producen entre culturas abiertas, fuera de toda imposición cultural”. (Cfr. FT 148).

El tren de vida

La cuestión del tren nos pone de frente a una necesidad de maduración-superación de esquemas antiguos en las formas de proceder, nos coloca ante la muestra de un sistema en crisis, que requiere de un marco diferente en la toma de decisiones donde se garantice el respeto a los derechos de los pueblos y al medio ambiente sano. Para ello insistimos en los espacios de conversación sincera, de consulta, con arbitraje honesto en la resolución de conflictos. La forma en cómo se están dando las cosas requiere de una supervisión de la ejecución de las obras para el cumplimiento de las normativas establecidas. Se vuelve imperativo ampliar o desarrollar la capacidad para tomar acuerdos de manera colectiva (no individual, de uno por uno, bajo el agua o con desinformación).

En definitiva, esta situación nos remite a entender que no es la cuestión del tramo del tren lo que está en juego, sino el modelo de desarrollo, el tren de vida que hemos asumido de manera global y que está en evidente crisis; somos parte de ello en esta pequeña porción que pretendemos cuidar como patrimonio, que no solo es nuestro, sino que lo compartimos con los demás, es lo que tenemos para ofrecer. A la par que sufrimos los efectos de este tren de vida en el clima, los niveles de estrés, la devastación de los recursos, principalmente el agua, no podemos negar que también ha crecido una mayor sensibilidad que posibilita una mirada más amplia, que va mas allá de de “las maravillas del progreso”, que descubre de manera crítica cómo la acción humana ha ocasionado daños, muchos de ellos ya irreversibles, y por lo tanto, ante cualquier intervención de este modelo de desarrollo, nos alerta sobre la necesidad de garantizar una inmediata remediación de sus impactos.

Un replanteamiento al uso del poder

La realización de la obra pública por parte del sector militar, bajo la pretensión de eficacia, ahorro, transparencia, anticorrupción, inversión del estado…, no es garantía de un proceder orgánico que respete la sana competencia y el crecimiento económico de las comunidades afectadas, de los proveedores de servicios, en este caso de la construcción. Ahorro y eficacia (lógica del máximo beneficio al menor costo) no significa malbaratar o condicionar la participación en la obra pública a criterios de sumisión, bajo la promesa de “ser tomados en cuenta en un futuro”. Se corre el peligro de que el Estado mismo se vuelva el que controle de forma verticalista la oferta y la demanda. La corrupción no se combate con un disfrazado marketing político, con la propagación de información falsa o incompleta, o solo cambiando de sujetos, sino también con un constante escrutinio social que se pretende ejercer ahora. Es la sociedad informada, y con el poder de ejercer el derecho, el sujeto que ha de emerger como garante y como generadora de una nueva cultura.

Los derechos de la naturaleza

A las quimeras prometidas por el progreso que inflan la ilusión de los pueblos con expectativas de un mejoramiento económico, más fuentes de trabajo, mayores oportunidades de crecimiento, hemos de anteponer el aguijón ético que nos lleve a enfrentar la verdad sobre el futuro. Ante la oferta de dinero a cambio por el derecho de paso de vía o como medida compensatoria, hemos de cuantificar también la sumatoria de daños y el costo de su reparación a corto plazo. Es conocida la derrama económica para con rancheros y pobladores con la construcción del gasoducto, la ampliación de la carretera, el derrame de tóxicos en el río Sonora, etc. ¿Tal dinero nos alcanzará para potenciar a la par otras alternativas que ayuden a la regeneración ambiental? Un dinero que sale del “bolsillo de la madre tierra” se ha de destinar a curar los males que le estamos causando a ella misma. Entraría en la categoría de robo el utilizar un recurso compensatorio en un rubro que no sea la remediación ambiental. Implica entonces repensar en los derechos de la naturaleza como un fin y no como un mero medio o recurso en función de nosotros.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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