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“Estamos rodeados”, dicen habitantes de pueblos del Río Sonora ante casos de COVID-19 en municipios vecinos

Paty Godoy Bernal

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En Arizpe siempre son las 11:10 de la mañana. El reloj de la plaza central se quedó detenido en esa hora, en ese tiempo. No funciona. Las manecillas mecánicas detuvieron –no se sabe desde cuándo– su tic-tac. Eso mismo es lo que parece haberle ocurrido a la vida en este pequeño pueblo del Río Sonora. Sus calles, que suelen estar poco transitadas, estos días de contingencia sanitaria lucen casi desiertas.

Arizpe, junto a Ures, Baviácora, Aconchi, San Felipe de Jesús, Huépac, Banámichi y Bacoachi conforman ese bloque de municipios que se conoce como «pueblos del Río Sonora». Esta región sonorense ha obrado el milagro de mantenerse a salvo del coronavirus. De momento.

 

 

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Son localidades que están libres de contagio. Pueblos que son islas en un mundo atenazado por la pandemia. “Estamos rodeados”, expresa preocupada la doctora María Antonieta Alegría, que recuerda que acaba de confirmarse un primer caso en la vecina Cananea.

La doctora Alegría es la responsable del Centro de Salud Rural de Arizpe, tiene 59 años y desde hace 30 es la encargada de velar por la salud de esta comunidad y sus aledaños. Conoce como la palma de su mano a cada uno de sus habitantes. O mejor dicho, se sabe de memoria sus historiales médicos. “Soy un expediente andando», bromea. A la doctora Alegría se le pueden olvidar los nombres de los vecinos y vecinas, pero no las dolencias que han padecido: «al verles la cara puedo saber de qué se han enfermado y cuántas veces”.

Doctora María Antonieta Alegría, responsable del Centro de Salud Rural de Arizpe.

Es “hija adoptiva de Arizpe”. Llegó desde Hermosillo en 1988 a hacer su servicio social y ya nunca se fue. Aquí se enamoró, se casó y formó una familia. Sus tres hijos (de 20, 23 y 25 años) han vuelto a casa a pasar la cuarentena, pero ella no ha podido dedicarles mucho tiempo. Desde el 16 de marzo –cuenta– su actividad no ha parado.

Todos aquí se han conjurado para blindar el pueblo y evitar que entre el virus. ¿Cómo? implementando medidas drásticas. Además del toque de queda, se han instalado retenes en los accesos, «no para no dejar pasar –aclara la doctora– sino para tomar la temperatura y preguntar el motivo de la visita; la idea es concientizar a la gente de que no pueden estar yendo y viniendo».

Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, Arizpe, Sonora.

 

También se repartió gel antibaterial y lavamanos portátiles a los abarrotes y se les instruyó sobre cuáles deben ser las medidas de protección. Noemí Morales, encargada del “Super T”, detalla que solo pueden pasar tres personas a la vez y que está prohibida la entrada de menores de 12 años.

Pero los protocolos de seguridad que se ha autoimpuesto esta comunidad no terminan ahí. La doctora Alegría explica que otra de las reglas acordadas es que los proveedores que llegan a surtir producto a las tiendas de abarrotes pasen obligatoriamente por el Centro de Salud para una revisión médica. Se les toma la temperatura y se les aplica un cuestionario de antecedentes y posibles sintomatologías.

Los trabajadores foráneos que llegan a la cosecha del ajo también han tenido que pasar por este chequeo médico. Cada productor está obligado a llevarlos y después confinarlos en su propia milpa. Para comprar alimentos en el pueblo deben asignar a un representante. “No pueden venir todos”, aclara la doctora.

La siembra de ajo es una importante actividad económica de toda esta región, por eso, la doctora Alegría justifica que siga adelante su cosecha. “Si hubiéramos dicho aquí no entra nadie más se ve gravemente afectada la economía de este pueblo”, argumenta. Por su lado, Rafael Rico Morales, secretario de la Asociación Ganadera local de Arizpe, expone que el ajo no entiende de pandemias: “el ajo tiene su tiempo, no puede esperar a que pase la contingencia, si no lo cosechas se echa a perder”.

 

Rico Morales es desde hace 30 años quien representa los intereses de los ganaderos de Arizpe. Cuenta que, aunque en esta localidad no hay contagios de coronavirus registrados, la economía sí se ha visto afectada. “El precio del ganado ha bajado mucho y los insumos han subido. Además –explica– el principal destino de exportación de ganado es Estados Unidos y, de momento, ha cerrado la puerta”.

Desde que inició la contingencia, por el Centro de Salud de Arizpe han pasado para revisión médica cerca de 600 personas, entre proveedores, trabajadores foráneos del ajo y visitantes que han entrado al pueblo “a escondidas” y que en su mayoría provienen de Estados Unidos.

La doctora María Antonieta Alegría confiesa que este ha sido uno de los principales problemas que han enfrentado, el de la gente que quiere venir a pasar la cuarentena. “Muchos me llaman desde Estados Unidos y me preguntan si será adecuado venir. Yo les digo que pongan en una balanza: ‘¿a quién tienes aquí, a tu mamá, a tus hermanos? ¿te gustaría contagiarlos?’ Muchos desisten pero otros llegan a escondidas”. A esas personas –añade– la Policía Municipal las detecta y las hace acudir a revisión. Si todo está bien, se les recomienda confirnarse de 7 a 10 días.

“No vengan, por favor”

No solo en Arizpe se anticiparon a los posibles contagios que pudieran provenir de fuera. En Aconchi también han tomado medidas para intentar detener el flujo de gente que llega de fuera. Pero no está siendo fácil. “Queremos invitar a la gente a que se quede en su lugar de origen, que no nos visite, estamos cercando el municipio”, lanza la alcaldesa Celia Nares. Pese a este llamado, la gente sigue llegando, sobre todo los fines de semana. Quizá la explicación la encontremos en el río. “Desafortunadamente es la época que el río está precioso, el agua transparente y los álamos verdes. El problema es que no puedo cercar el río”, lamenta.

Cuando en Aconchi se detecta a una persona que ha llegado de fuera y pretende quedarse varios días se le envía una «invitación por escrito» en la que se le pide que ella misma se aísle por 14 días, si no cumple con esta «recomendación» se recurre “al extremo de multar o recogerles el vehículo”, explica la alcaldesa.

Para que esta región se mantenga como bastión inexpugnable frente al coronavirus, es necesario no bajar la guardia. La presidenta municipal de Aconchi, se ha propuesto que su comunidad, como el resto de pueblos del Río Sonora, se mantenga “limpio de contagios”. “Queremos seguir siendo una región limpia de contagios para eso estamos implementando medidas y reforzándolas porque hemos visto que la gente se ha relajado y ha generado confianza”, justifica.

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Un poco más al sur, en Baviácora, el empeño es el mismo: mantenerse libres de contagios de COVID-19. Las calles aquí también están tranquilas, aunque se respira una tensa calma. En la plaza no hay ni un alma. La iglesia está cerrada y solo un puesto de hamburguesas y un local de raspados permanecen abiertos, sin clientes.

Sobre la calle principal, el restaurante San Judas está a punto de cerrar. Son casi las 6 de la tarde. Brenda Corrales, la propietaria, se encarga desde hace 20 años de cocinar comida regional «para quienes van de paso». Carne con chile, bistec ranchero, barbacoa, birria… y también calabacitas con queso, pipián con ejotes «porque no todo mundo quiere comer carne», explica.

“De que ha bajo el flujo de clientes, ha bajado”, confiesa. Muchos de sus clientes son distribuidores que vienen al Río Sonora a repartir sus productos o ingenieros que trabajan en la mina. De momento, por orden oficial, solo puede vender comida para llevar, aunque de vez sí acepta servir en las mesas del exterior de su pequeño restaurante. Si esto ocurre, Brenda ya tiene desarrollado un estricto protocolo de “desinfección”. En una cubeta tiene preparada una mezcla con cloro, alcohol y vinagre. Y en cuanto se marchan los clientes de inmediato pasa un trapito por la mesa, las sillas, el salero, el servilletero, la puerta… “Es que soy muy miedosa y lunática con todo esto del virus”, reconoce.

Brenda Corrales, propietaria del Restaurante San Judas en Baviácora, Sonora.

Brenda Corrales es devota de San Judas Tadeo. Eso explica el nombre de su restaurante que fundó cuando regresó de Estados Unidos, después de trabajar allá 18 años, en el este de Los Angeles. Antes de cruzar al otro lado su tía le regaló un estampita del santo. Al día siguiente ya estaba trabajando. Ella se lo atribuye a San Judas.

Estos días de pandemia, Brenda le reza en el pequeño altar que le ha levantado en el porche de su casa, que es también el restaurante. Le pide “que nos proteja y que siga manteniendo con salud a los pueblos del Río Sonora”. Al parecer, de momento, San Judas, la ha escuchado.

 

 

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