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Los otros trabajos esenciales durante la contingencia en Hermosillo: Vicente es cajero; José, recolector de basura, y Juan repartidor

Paty Godoy Bernal

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No son trabajadores de la salud, pero la tarea que desempeñan es fundamental para que la vida allá afuera siga funcionando. Para estas personas, ni el “homeoffice” ni la cuarentena voluntaria ha sido una alternativa. Nunca se sintieron interpeladas con la orden del “quédate en casa” que se ha repetido sin cesar desde que se desató la actual crisis global por la pandemia del COVID-19. La naturaleza de su trabajo no les ha permitido parar. Son los “otros” imprescindibles de la contingencia por el coronavirus.

Están en supermercados, como Vicente Vázquez, un cajero de 21 años que desde que empezó la alerta ha demostrado que también se puede sonreír con la mirada; así saluda a los clientes que pasan por su caja. O en la calle, recolectando la basura que estos días de encierro se está produciendo en cantidades exorbitantes, como José Manuel Soufflé, un trabajador de servicios públicos de Hermosillo. Otros van arriba de una moto, como Juan Daniel Morales, que reparte comida y “hace favores” para que la gente se quede en su casa. La lista es larga y es imposible retratarlos a todos y todas. Pero aquí hay una muestra.

Vicente, el cajero de supermercado

Sal-bu-ta-mol. Estas cuatro sílabas forman la palabra que a Vicente Vázquez puede salvarle la vida. Así se llama el medicamento que, en caso de un broncoespasmo, descomprimiría sus vías respiratorias. Vive con esta afección que le comprime los músculos de los bronquios y le impide respirar desde muy pequeño. La última vez que sufrió un ataque fuerte fue a los 13 años. Hoy, Vicente, tiene 21 y trabaja como cajero en un supermercado en Hermosillo.

Cuando hace más de un mes se decretó la cuarentena por el coronavirus, sus jefes decidieron enviar a su casa a los trabajadores con padecimientos previos que ante un contagio correrían más riesgo. Vicente decidió seguir trabajando. Le explicó a sus superiores que como no ha tenido broncoespasmos en años, la probabilidad de que le venga un ataque es mínima. Pero reconoce que el riesgo “siempre está ahí” y que tiene que “cuidarse de más”.

“Alguien tiene que hacer este trabajo”, afirma el joven empleado para quien el compromiso es uno de los valores más importantes que hay en la vida. Asegura que no es el único que piensa así: “aquí hay muchas personas a las que admiro porque vienen a trabajar a pesar de que sufren porque preferirían estar con su familia; eso es compromiso”.

Vicente pasa 8 horas detrás de una caja registradora. La número 12. Su labor podría ser mecánica: marcar productos, cobrar, marcar productos, cobrar… pero no, a él le gusta el contacto con la gente. Disfruta mucho hablar y escuchar a los clientes. Les pregunta cómo están, si encontraron lo que buscaban. “Esos detalles –confiesa– hacen que te ganes a las personas aunque no las conozcas ni sepas su nombre”.

Incluso estos días de pánico y silencio por el coronavirus, Vicente no ha renunciado a su estilo. Ha seguido sacando plática a los clientes que pasan por su caja. “Me gusta escuchar. La gente viene a hacer el mandado y termina contándote una historia”, explica. Cuando trabaja, uno de sus principales cometidos es que la gente se vaya contenta. “Va sonar muy egocéntrico pero no hay cliente que no diga que no lo atendí bien, todos se van felicitándome, riéndose conmigo”, presume. Cuando eso ocurre, a Vicente se le alegra el día y hasta el coronavirus y los broncoespasmos se le olvidan.

 

Soufflé, el recolector de basura

Cada mañana, antes de salir de su casa, José Manuel Soufflé se debate entre la obligación, la necesidad y el miedo al coronavirus. Piensa en sus dos hijas, de 10 y 4 años, y en la hipotética y terrorífica posibilidad de regresar a su casa con el virus. Es “un riesgo” que tiene que correr, reconoce. Toda su familia depende de su trabajo. Así que no hay opción. Debe salir a trabajar. “Cuídate, bendiciones, queremos que regreses”, le ruega su familia.

Soufflé es recolector de basura. Una labor que siempre ha sido esencial para el buen funcionamiento de una ciudad, y que hoy es más necesaria que nunca. Con la cuarentena, el nivel de generación de basura se ha incrementado considerablemente. ¿Se imaginan que parara la recolección, a dónde se iría toda esa basura?, se pregunta José Miguel. “Sería un foco de infección”, él mismo se responde.

Este trabajador municipal, junto con sus compañeros de camión –Zenón Manuel Burgos y Francisco Javier Rendón–, comienzan su jornada a las 7 de la mañana y no tienen un hora fija de salida. Terminan hasta que recogen toda la basura de la ruta diaria asignada. La de hoy es Montecarlo, una de las 20 colonias en las que se aplica el programa piloto de separación de basura.

Desde que se ha instalado la alerta por el COVID-19 –cuenta– la dinámica de su trabajo no ha variado mucho, pero las medias de seguridad sí se han reforzado. “Ahora llevamos doble guante, doble cubreboca y nos rociamos con cloro la ropa”, detalla. También el trato con la gente se ha reducido: “Antes había personas que salían a saludar y nos preguntaban ‘muchachos, cómo están’ o a darnos agua. Ahora esto no pasa”.

José Manuel es originario de Aconchi y sus compañeros lo identifican con su apellido, Soufflé, que es de origen francés y que, según cuenta la historia familiar, se lo deben a un soldado francés que a principios del siglo pasado desertó de la guerra y se quedó en Sonora. Pero aclara entre risas que, pese al origen de su apellido, en su familia son “más mexicanos que el nopal”. A Soufflé le gustaría que sus hijas, cuando crezcan, puedan seguir contando esta historia que como a él se las transmitido de generación en generación.

 

Juan Daniel, el repartidor

 

Juan Daniel Morales lo explica así de simple: si él hace 20 viajes diarios está evitando que 20 personas salgan de su casa y así, asegura, “se evita un contagio mayor”. Esa es –dice– su forma de “apoyar a la sociedad” durante esta pandemia. Es repartidor de una popular aplicación de reparto. A bordo de su moto lleva comida, medicinas o lo que le pidan. Es consciente de que su labor estos días de cuarentena es esencial y muy necesaria: “se ocupa que alguien esté afuera para que no salga tanta gente”.

A Juan Daniel le gusta traducir todo a números. También lleva la cuenta de las veces que usa el gel antibacterial cada día: 25. Que en botellas significan 6 por semana. Es consciente que esta es una medida de cuidado que tanto él como sus compañeros de reparto tienen forzosamente que tomar.

Juan Daniel tiene 22 años y empezó a trabajar como repartidor desde que tenía 18. Confiesa que es un empleo al que hay que dedicarle muchas horas al día. Su jornada dura 12, con tiempos muertos de espera incluidos. Es también –y eso lo sabe en carne propia– un trabajo que implica riesgos. Hace un año tuvo un accidente en la moto que lo mantuvo 8 meses incapacitado «sin poder ni estirar la pierna». Se desgarró el menisco y fue a base de terapias que consiguió recuperarse.

Tan pronto puedo moverse y volver a caminar volvió a la calle a repartir. Después, llegó la alerta por la pandemia y todo cambió. En el trabajo, ahora debe tener un escrupuloso cuidado con el manejo de los pedidos y el trato con los cliente se ha reducido al mínimo. Incluso, en las entregas en las privadas no llega ni a eso, los clientes les dejan una canasta afuera para que depositen los productos y “nosotros les tomamos una foto y se las mandamos”, explica.

En lo personal las cosas también han cambiado. Desde que comenzó la contingencia se fue a vivir a un departamento, lejos de su familia, para no ponerlos en peligro. “Como repartidor estoy conviviendo con muchas personas y pasando por diferentes lugares y eso aumenta el riesgo”.

Las historias del coronavirus, está claro, son también historias de héroes silenciosos como Vicente, José Manuel y Juan Miguel.

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