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martes, enero 13, 2026

El ego de los políticos y la lámpara de Diógenes

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Columna Y sin embargo

Hoy más que en elecciones anteriores, vamos a votar por personalidades más que por partidos. Los partidos tradicionales están desprestigiados y venidos a menos; los partidos nuevos son cajas de regalo que no sabemos qué traen dentro. De modo que, nuestro voto va a depender de lo que percibamos de la personalidad de los candidatos. Aquí me refiero a los candidatos candidatos como políticos que buscan posiciones de poder.

Ego y voluntad de poder

Todos queremos encontrar o construir el sentido de nuestra vida; buscamos realizarnos como personas. Unos lo encuentran en su familia, otros en la religión, o en su profesión u oficio, otros más ambiciosos en la búsqueda de la fama o de la riqueza. Tal vez los más ambiciosos son los políticos que buscan su realización personal en la búsqueda de poder. La sensación de tener poder, considero, es una de las experiencias más estimulantes. Es un sentido de realización personal máxima.

En mayor o menor grado, los candidatos que competirán en la próxima elección, deben tener un ego algo abultado que se conoce como voluntad de poder. Este ego incluye el sentirse merecedor de prestigio, privilegios e influencia sobre otras personas y grupos. Esto es una ambición que los lleva a sacrificar muchos otros aspectos de su vida en el altar del poder. La voluntad de poder es, sin embargo, necesaria en la carrera política.

Los casos más extremos de voluntad de poder son los casos patológicos que describe David Owen en su libro En el poder y en la enfermedad donde considera a la voluntad de poder como una enfermedad que sigue las siguientes etapas: “El héroe se gana la gloria y la aclamación al obtener un éxito inusitado contra todo pronóstico. La experiencia se le sube a la cabeza y empieza a tratar a los demás, simples mortales corrientes, con desprecio y desdén, y llega a tener tanta fe en sus propias facultades que empieza a creerse capaz de cualquier cosa”. Dicho exceso de confianza en sí mismo lleva al líder a interpretar equivocadamente la realidad y a cometer errores. “Al final se lleva su merecido y se encuentra con su némesis, que lo destruye”.

Sin agenda y con agenda

Percibo, sin embargo, dos tipos de políticos que buscan el poder: los que no tienen agenda y los que tienen agenda.

Los que no tiene agenda, buscan el poder por sí mismo, como un fin personal. Es una necesidad que tienen de realizarse personalmente por medio del disfrute del poder. Es la manera de convencerse a sí mismos que son unos vencedores, que han logrado superar sus limitaciones y que están por encima de los demás; en pocas palabras, que su vida tiene sentido. Ya la hicieron. Aunque luego resulte que no sepan qué hacer con el poder; éstos llegan a los cargos pidiendo que les hagan propuestas sobre qué hacer, o bien solo dan palos de ciego. Éste es el tipo de político que le entra a todo y está dispuesto a sacrificar muchas cosas por el poder. Este tipo de político abunda, es el más común.

El otro tipo de político es el que tiene agenda, es el que considera que tiene algo que aportar más allá de la satisfacción de su ego. Unos se dedicarán a una obra material, otros a construir una institución o una política pública, otros a lograr un avance en la dignidad de algún tipo de personas o redimir a algún grupo social. Éstos buscan el poder como medio para un fin y empujar su agenda. Este tipo de político es más escaso y es el que ayuda a resolver los problemas sociales y a avanzar en la dignidad humana.

Por supuesto, no todas las agendas son buenas e igualmente aceptables o atractivas. El problema es empatar la agenda de los políticos con las agendas ciudadanas. El problema, para el elector, es saber cuando un candidato sólo busca satisfacer su ego y cuando, además, trae en su cabeza la agenda que requiere el puesto para el que se postula. Tenemos que ir como Diógenes con una lámpara buscando al político justo para cada puesto.

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