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viernes, agosto 7, 2026

Lo que no se ve también duele: la invisibilización del malestar emocional

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Vivimos en una cultura que privilegia lo visible, lo evidente y lo que interrumpe. Aquello que irrumpe en la cotidianidad es lo que logra captar la atención y, por tanto, movilizar respuestas. Si alguien grita, preocupa; si alguien llora, alerta; si alguien colapsa, entonces sí, se activan redes de apoyo. Sin embargo, existe una forma de sufrimiento que no se manifiesta de manera escandalosa ni disruptiva, y que por ello suele pasar desapercibida: el malestar emocional silencioso. Como señala Carl Rogers, “lo curioso es que cuando me acepto tal como soy, entonces puedo cambiar” (Rogers, 1961), pero en una cultura donde el malestar no es validado si no es visible, esa aceptación difícilmente ocurre.

El problema no radica únicamente en la falta de atención externa, sino en la forma en que hemos aprendido a conceptualizar la salud mental. Tradicionalmente, se ha reducido a la observación de la conducta: la presencia de crisis, desregulación emocional evidente o comportamientos que alteran el entorno. Esta visión conductual limita la comprensión de la experiencia subjetiva, dejando fuera una amplia gama de vivencias internas que no se traducen en síntomas visibles. En palabras de Aaron T. Beck, “los pensamientos automáticos pueden ser tan fugaces que apenas se registran, pero influyen profundamente en las emociones” (Beck, 1976). Es decir, el sufrimiento puede habitar en procesos internos silenciosos que no necesariamente se expresan de forma observable.

En este contexto, emerge un fenómeno cada vez más frecuente: personas que continúan funcionando en su vida cotidiana, cumpliendo con responsabilidades académicas, laborales y familiares, mientras experimentan un profundo desgaste emocional. Este funcionamiento aparente genera una falsa percepción de bienestar, tanto en quienes observan como en quienes lo viven. Se trata de individuos que no están bien, pero tampoco “lo suficientemente mal” como para ser atendidos. Tal como plantea Byung-Chul Han, “la sociedad del rendimiento produce sujetos que se explotan a sí mismos creyendo que se están realizando” (Han, 2010), lo que contribuye a la normalización del agotamiento emocional y la autoexigencia crónica.

La invisibilización del malestar emocional también se sostiene en procesos de invalidación interna. Muchas personas han aprendido a minimizar su propio sufrimiento, comparándolo con experiencias consideradas más graves o justificando su estado emocional como parte inevitable de la vida. Este proceso de autoanulación emocional se ve reforzado por discursos sociales que promueven la resiliencia entendida como aguante constante, sin reconocer los límites humanos. En este sentido, Brené Brown señala que “no podemos adormecer selectivamente las emociones; cuando entumecemos el dolor, también entumecemos la alegría” (Brown, 2012), evidenciando cómo la negación del malestar tiene un impacto global en la experiencia emocional.

Otro elemento clave en esta problemática es la dificultad para nombrar lo que se siente. La falta de educación emocional limita la capacidad de identificar, expresar y regular los estados internos, lo que contribuye a que el malestar permanezca difuso y, por ende, invisible. En términos clínicos, esto puede relacionarse con fenómenos como la alexitimia, donde existe una dificultad para reconocer y verbalizar las emociones. Como explica Peter Sifneos, “la alexitimia implica una incapacidad para identificar y describir emociones en uno mismo” (Sifneos, 1973), lo que incrementa el riesgo de cronificación del malestar.

Desde una perspectiva social, la invisibilización del sufrimiento emocional también refleja una jerarquización del dolor. Se tiende a validar únicamente aquello que alcanza ciertos niveles de intensidad o que se manifiesta de forma disruptiva, dejando en segundo plano los malestares cotidianos, persistentes y silenciosos. Sin embargo, estos últimos pueden tener efectos igual de significativos en la calidad de vida. La acumulación de malestar no atendido puede derivar en trastornos más complejos o en un deterioro progresivo del bienestar psicológico.

Frente a este panorama, resulta urgente ampliar la mirada hacia la salud mental. Esto implica reconocer que el bienestar no se define únicamente por la ausencia de crisis visibles, sino también por la calidad de la experiencia interna. Escuchar más allá de lo evidente, validar sin exigir pruebas tangibles y generar espacios donde el malestar pueda ser expresado sin juicio son acciones fundamentales tanto en contextos clínicos como educativos y sociales.

Sad woman crying while holding hands with her psychotherapist at doctor’s office.

Asimismo, es necesario promover una cultura emocional donde pedir ayuda no esté condicionado por la gravedad aparente del sufrimiento. Toda experiencia emocional que genere incomodidad, desgaste o desconexión merece ser atendida. Como bien plantea Rogers (1961), el cambio ocurre en un contexto de aceptación, y dicha aceptación debe comenzar por legitimar incluso aquello que no se ve.

En última instancia, la invisibilización del malestar emocional nos confronta con una pregunta fundamental: ¿cuántas personas a nuestro alrededor están sosteniendo en silencio aquello que no han podido nombrar? Reconocer esta realidad no solo implica un acto de empatía, sino también una responsabilidad colectiva.

Porque lo que no se ve también pesa, también cansa y también duele.

Y, sobre todo, también merece ser atendido.

Referencias

  • Beck, A. T. (1976). Cognitive therapy and the emotional disorders.
  • Brown, B. (2012). Daring greatly.
  • Han, B.-C. (2010). La sociedad del cansancio.
  • Rogers, C. R. (1961). On becoming a person.
  • Sifneos, P. E. (1973). The prevalence of alexithymic characteristics.

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