
La reciente aprobación de la reforma para reducir la jornada laboral a 40 horas semanales en México ha generado entusiasmo, incertidumbre y, en algunos casos, franca desinformación.
Pero antes de hablar de productividad, costos o competitividad, conviene hablar de algo más profundo: La psicología del cambio organizacional.
Cada reforma legal activa un fenómeno predecible en las empresas: Resistencia anticipada.

Durante meses circularon versiones distintas:
- Que sería inmediata.
- Que obligaría a cerrar los sábados de forma automática.
- Que implicaría contratar 20% más personal.
- Que sería opcional.
- Que sería gradual.
- Que aún “no era real”.
Este ruido no es casual, sabemos que cuando la información es incompleta, las personas llenan los vacíos con suposiciones —generalmente negativas—.
Y ahí comienza el verdadero problema: No en la ley, sino en la narrativa interna. Ahora cualquier cambio que implique redistribución de tiempo, dinero o energía es percibido como una potencial pérdida.

Para muchos líderes, la pregunta automática no fue: ¿Cómo rediseñamos el trabajo? Sino: ¿Cuánto nos va a costar?
Y ese encuadre mental condiciona toda la conversación. Sin embargo, desde la psicología organizacional, sabemos que la reducción de jornada no necesariamente reduce productividad. Países que han transitado hacia esquemas similares han observado que cuando el tiempo se vuelve más escaso, se vuelve más estratégico.
La productividad no depende solo de horas, sino de:
- Claridad de objetivos.
- Eliminación de fricción interna.
- Calidad de liderazgo.
- Diseño del trabajo.
Lo que tenemos que tener claro es que la reforma plantea una reducción progresiva hacia una jornada máxima de 40 horas semanales, pero su implementación será gradual y requerirá ajustes normativos y operativos.
Es decir: No es inmediata, no implica cierre automático de operaciones, no elimina horas extra. No prohíbe modelos flexibles. Implica rediseño, y ahí es donde está la verdadera transformación.
Y el error más grande que pueden cometer las empresas es minimizar el tema o comunicarlo tarde, cuando los colaboradores perciben ambigüedad o indiferencia en temas que afectan directamente su vida laboral, se erosiona la confianza, porque el silencio organizacional genera más ansiedad que la incertidumbre misma.

Entonces, ¿cómo comunicarlo correctamente?
1. Reconocer la incertidumbre sin dramatizarla. “No tenemos todas las respuestas aún, pero estamos analizando escenarios”. La honestidad reduce ansiedad.
2. Separar hechos de especulación. Hechos: qué establece la reforma. Especulación: Lo que aún está en discusión.
3. Abrir conversación, no imponer postura. La participación reduce resistencia. Cuando las personas sienten que pueden opinar sobre cómo reorganizar el trabajo, aumenta el sentido de control.
4. Enmarcarlo como rediseño estratégico. No es “trabajar menos”. Es trabajar distinto. Y eso implica revisar procesos ineficientes que durante años fueron tolerados.
La discusión no debería centrarse en si 40 horas son “muchas” o “pocas”. La discusión real es: ¿Estamos diseñando organizaciones que dependen del desgaste o de la inteligencia colectiva? Porque si una empresa solo es rentable con jornadas extendidas constantes, el problema no es la ley. Es el modelo operativo.


