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“Nos preocupa que no vaya a haber venta de pitayas en Hermosillo”, temen familias de Carbó, Sonora

Astrid Arellano

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Carbó, Sonora.- En el comedor familiar, Gilberto bailotea los dedos sobre la mesa. Chela, su esposa, sentada junto a él, habla con la mirada quieta y la voz apacible. Pero está intranquila. “Nos preocupa esto, que no vaya a haber venta”, dice la mujer de 63 años, “de que va a haber pitayas, va a haber, pero que la gente no vaya a salir a comprarlas, es el temor”.

En Carbó, Sonora, los integrantes de la familia Chávez, son parte de las más de 600 personas que por décadas se han dedicado a la recolección de la pitaya y su posterior comercio en Hermosillo, y que hoy se enfrentan a la incertidumbre de lo que pasará con la temporada de venta que se aproxima.

Frente a la contingencia por COVID-19, estas familias tienen asegurado el permiso de los Ayuntamientos de Carbó y Hermosillo para salir de aquel municipio, trabajar en la capital -ubicada a 82 kilómetros de distancia o una hora en carretera- y vender el fruto rojo del desierto, sin embargo, la pregunta persiste y es generalizada entre las personas que se dedican al mismo oficio: “¿La gente querrá comprarnos pitayas?”

Los días entre la segunda mitad de junio y hasta el principio de agosto, para las y los habitantes de Carbó, simbolizan la oportunidad de obtener ingresos de los que dependen en gran medida, pues también es la época en que el trabajo en los campos agrícolas de la zona empieza a escasear.

 

Llegó la temporada

Cada temporada, Gilberto sale de la casa a las 4:30 de la madrugada y se sube a una de las camionetas que diariamente salen repletas de recolectores, para internarse en el monte y buscar los cactus de los que brotan las pitayas de forma silvestre. “Como ya no veo bien, a veces me voy a las cinco, pero hay muchos que andan desde las dos, los más jóvenes”, explica el hombre de 66 años.

“Uuuta, pues yo andaba con mi ‘apá en el monte, de chiquito, y ya hace algo que él se fue”, narra el pitayero que pertenece a una familia de al menos cuatro generaciones en el oficio. “Ahí seguí de joven”, continua, “y a veces va esta”, refiriéndose a Chela, “también ya le hice su pitayero: es un palo con paleta y un pico pa’ trozar las pitayas”.

 

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Chela es una buena cocinera. Los últimos cinco años se ha ganado los primeros lugares con sus deliciosos platillos en las Fiestas de la Pitaya, una verbena popular donde la gente de Carbó celebra al fruto en los primeros días de julio. Pero este año no habrá fiesta. La prohibición de eventos masivos durante la contingencia también es una orden en Carbó, más aún cuando el municipio de poco más de 5 mil habitantes ya registró su primer caso positivo de coronavirus, apenas el 28 de mayo pasado: se tomó casi dos meses y medio desde que inició la pandemia en Sonora.

“Se pueden hacer muchas cosas”, asegura Chela, “hice una natilla de pitaya, un dulce que es muy bueno -como la mermelada-, un jamoncillo… el primer año que competí, gané los tres premios con los tamales, unas costillitas de puerco en salsa de pitaya y creo que con la gelatina”, asegura con orgullo.

Cada año, Chela también manda a Hermosillo sus tamales de pitaya -dulces y de color rojizo- con su hija Brenda, de 42 años y su nieta Paola, de 27, para que los vendan.

Ambas son integrantes del grupo de unas 70 vendedoras que se instalan alrededor del Mercado Municipal y el Centro de Hermosillo y quienes ofrecen las pitayas frescas que Gilberto les entrega en, al menos, un par de cubetas que ellas le pagan 500 pesos por cada una.

Diario, Brenda y Paola se van al Oasis -el punto en el que las carreteras Santa Anna y la Federal 15-Carbó hacen intersección- y, junto a otras vendedoras, piden “raite” a los automovilistas con rumbo a la ciudad. Prácticamente nadie les niega el aventón, afirman, pues mucha gente las conoce y saben de la importancia del fruto que representa una tradición anual en Sonora.

 

En el mercado, sentadas en los botes que van desocupando del fruto que venden a siete pesos la pieza, se divierten y platican con sus compradores. “A mí me gusta mucho ir a vender pitayas”, dice Brenda, “cuando se va acercando el tiempo de las pitayas a mí me emociona, me va bien y de ahí yo agarro [dinero] para mis hijas”.

 

Y Paola continúa: “Si nos va bien, terminamos a las cuatro de la tarde, si no, hasta las siete; luego agarramos raite [un aventón] otra vez, o camión, pero siempre nos regresamos con las cubetas vacías. A veces las damos más baratas para que se vendan y no venirnos con nada”.

Ellas también afirman estar preocupadas ahora. “Todos los días nos preguntamos qué irá a pasar, preocupa que la gente no quiera”, dice Brenda sentada en el mismo comedor que sus padres, “aparte, yo pienso que la gente ahorita ya ha de estar gastada, porque no hay trabajo y casi no hay dinero ahorita, quizás por eso no quiera la gente, a menos que le bajáramos de precio nosotras y los pitayeros”.

 

Concha Saavedra, vecina de la familia Chávez y quien se ha dedicado a la venta de pitaya por 18 años, coincide con sus compañeras y responde que la economía de muchas familias se vería afectada de no conseguir la venta en Hermosillo. “Pues, ¿qué vamos a hacer? Vernos la cara unos con otros porque, ¿qué más?”, dice afligida.

Pero, al preguntarle sobre su gusto por la temporada que se aproxima, le cambió la cara: “Te diviertes, muy a gusto, toda la gente está esperando lo mismo”, dice, “es mucha economía para todos, nos gusta irnos para Hermosillo, a ir a vender y venimos todas contentas, con dinero y todo, porque muchas allá aprovechamos para comprar mandado; y ahorita estamos todas iguales, que no tenemos nada de nada”.

 

Autoridades de Carbó y Hermosillo las apoyan

Años atrás, en administraciones pasadas, los inspectores del Ayuntamiento de Hermosillo les llegaron a quitar la fruta por no tener un permiso oficial para venderla. Pero entre las vendedoras se armaron de valor y fueron a reclamar que les pagaran el producto que habían perdido.

“Hicimos que nos la pagaran porque no es justo, nosotras las compramos, y nos tenían que regresar el dinero, porque todos los años era la misma”, dijo Brenda.

En 2019, Pueblo Unido, una organización campesina, se encargó de reunir a unas 30 vendedoras de pitaya y les ayudó a tramitar el permiso con la Dirección de Inspección y Vigilancia: les dieron un gafete y un punto de venta por 150 pesos cada una.

Sin embargo, para este año, David Fernando Navarro, alcalde de Carbó, al conocer que las familias pitayeras están verdaderamente interesadas en viajar a Hermosillo para la vendimia, se comprometió a tramitar personalmente los permisos con el ayuntamiento vecino y que esto no implique gasto alguno para las vendedoras.

También afirmó que proveerá a cada una de ellas un paquete con equipo preventivo: guantes, cubrebocas y gel antibacterial para trabajar.

“Yo me haré cargo del permiso, yo les daré el material preventivo y una credencial del municipio para que se respalden con el permiso”, sostuvo el presidente municipal, “económicamente, sería un golpe muy duro a nuestras familias carboenses que no se permita la comercialización de este producto; tenemos familias que durante ese mes y medio viven y dependen del comercio de la pitaya -estamos hablando de arriba de 600 personas- por lo que tendríamos problemas económicos serios, muy serios”.

Navarro sostuvo que se prevé la llegada de las pitayeras a Hermosillo a partir del 10 de junio, con las medidas necesarias para que, quienes apoyen el consumo de la pitaya, tengan la certeza de que todo se hará conforme a la norma sanitaria.

Gilberto Medina, subdirector de Inspección y Vigilancia de Hermosillo afirmó que la pitaya, por ser un fruto, está considerado como producto esencial, por lo que no debe haber impedimento para su venta, sin embargo, sí se establecerán puntos fijos en el primer cuadro de la ciudad para mantener el orden.

El año pasado se autorizaron ocho puntos, ocupado por diferentes vendedoras que se rotaban por turnos, con acuerdos entre ellas mismas.

“No solo son los pitayeros”, dijo Medina sobre la ubicación de los comerciantes, pues llegó un punto en que estalló la sobrepoblación de puestos de diversos productos.

“También es la nuez, el jamoncillo, el chiltepín, el queso”, continuó, “todo ese producto se está vendiendo y comercializando en la región durante el año, ya estábamos trabajando en eso, pero se vino la situación de la contingencia; Ures y Carbó se ponen en contacto con nosotros para pedir atención, por ser comunidades muy activas en ese rubro”.

 

 

A la espera

Las familias pronto estarán listas para salir de Carbó; solo esperaban unos días más a que las pitayas estén maduras y listas para cortarse, afirmó Brenda.

“Si a la gente que le gusta la pitaya, que sabe lo que es y nos la pidiera, nosotros se las entregamos a domicilio, como sea”, dijo la vendedora. “Les dejamos un número de teléfono o nuestro Facebook para que nos hablen”, agregó su hija Paola.

Bastaría con comprarles una cantidad significativa -una cubeta, por ejemplo- pues ellas, al no tener carros propios, deberían pagar taxis para llevarlas desde su punto de venta en el Centro de Hermosillo hasta donde se necesite.

Con todo y las dificultades que puedan enfrentar, están decididas a lograr la venta, concluyó Brenda: “Nosotras buscaremos la manera”.

Sus teléfonos de contacto son (662) 451-8091; (662) 446-0390; (662) 403-9076; (662) 233-2825; y (662) 431-4848.

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