Hermosillo, Sonora.- Lo que comenzó como un taller de danza en una escuela de educación especial, hoy se ha convertido en un espacio donde la inclusión no solo se promueve, sino que se vive paso a paso.
El ballet folclórico Semalulukut, dirigido por César René Cruz Guillén, nació hace casi once años dentro de Capún, centro educativo para personas neurodivergentes, con la intención de enseñar danza regional mexicana.
Con el tiempo, el proyecto tomó un rumbo más profundo: convertirse en una plataforma para el desarrollo personal de jóvenes con discapacidad intelectual.
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“El enfoque principal era promover la danza, pero incluyendo a personas con discapacidad, darles visibilidad y demostrar las habilidades con las que cuentan”, explicó.
Actualmente, el grupo está conformado por 15 jóvenes, ocho mujeres y siete hombres, con diagnósticos como síndrome de Down, autismo o discapacidad intelectual, quienes participan en clases que van desde el acondicionamiento físico hasta la ejecución de coreografías tradicionales.
Aunque el aprendizaje técnico es parte fundamental, el impacto va más allá del baile.
“La diferencia sí es muy grande. Han mejorado en su movilidad, en la coordinación, pero también en su seguridad personal”, señaló Cruz Guillén.

El proceso no ha sido inmediato. En los primeros ensayos, algunos jóvenes mostraban inseguridad al enfrentarse al público o a espacios abiertos, sin embargo, mediante la constancia, el acompañamiento psicológico y la práctica escénica, han logrado desenvolverse con mayor confianza.
“Hay chicos que al inicio no querían salir a bailar, pero poco a poco se van motivando. Es un trabajo continuo”, agregó.
El ballet también ha sido una herramienta para fomentar la independencia. Parte de la dinámica del grupo implica que cada integrante se haga responsable de su vestuario y participación, fortaleciendo habilidades cotidianas que impactan en su vida diaria. Ese crecimiento ha sido evidente también para las familias.
A lo largo de su trayectoria, el grupo ha participado en distintos eventos culturales y de inclusión en Sonora, como la Caravana Cultural de Ures y actividades organizadas por instituciones públicas y privadas, lo que ha permitido visibilizar el talento de sus integrantes.
Uno de los momentos más significativos para el grupo ocurrió tras una presentación, cuando recibieron una donación de dos toneladas de despensas como reconocimiento a su participación.
“Cuando les dije que era su premio por bailar, la reacción fue muy bonita. Entendieron que su esfuerzo tenía un valor”, relató.
Actualmente, el ballet continúa trabajando en nuevas coreografías de danza regional mexicana, incluyendo estampas representativas de Sonora, mientras mantiene como objetivo seguir creciendo tanto en lo artístico como en lo social.
En el corto plazo, el director busca consolidar un espacio propio donde se puedan desarrollar más disciplinas artísticas para personas con discapacidad, mientras que a largo plazo la meta es llevar el proyecto a escenarios nacionales.
“Queremos salir del estado, representar a Sonora y demostrar lo que pueden hacer”, puntualizó.
Así, entre ensayos, presentaciones y pequeños logros cotidianos, el ballet no solo forma bailarines, sino que abre camino a una inclusión más visible y tangible en la entidad.





