
La teatralidad de la política mexicana ha sido descrita con excelencia por eminencias como Monsiváis, Paz, Cosío Villegas, entre otros. El priismo, ante todo, era un espectáculo ritualista. Se fundó el mito —lugar de origen de cualquier narrativa— de la Revolución, que emanó símbolos poderosos y arraigados en la cultura política del país. El dedazo, las corcholatas, los ritos presidencialistas similares a los de un emperador, los discursos dicotómicos —para el pueblo unas reglas, para el partido otras— y un sinfín de tradiciones sacrales encumbraron al nacionalismo revolucionario.
El Partido Verde Ecologista de México nació con un alto sentido priista del espectáculo. Un partido hijo de la época modernizadora del PRI que se preparó para el panorama posnacionalistarevolucionario de la nación. De una u otra forma, su pragmatismo y el entendimiento de la nueva realidad política lo hicieron fundamental para el sistema electoral abierto en la llamada alternancia democrática del país.
Fue clave para la llegada de Fox al poder; en alianza con el PAN operó con intensidad para crecer en presencia en el país. En 2006 regresó a uno de sus padres fundadores, el PRI; tras perder la elección con Madrazo, volvieron a la Presidencia por medio de Enrique Peña Nieto y, en 2018, siguieron a Andrés Manuel López Obrador. Presidente que les permitiría convertirse en la tercera fuerza política nacional: gobiernan dos estados, cuentan con alrededor de 77 diputados y 14 senadores; nunca en su historia habían acumulado tanto poder.
AMLO, en su necesidad por acceder a la silla presidencial, les permitió ser parte de la llamada Cuarta Transformación, sin pensar que seis años después este partido sería tan poderoso como para sentarse en la mesa de los grandes y negociar el futuro electoral del país. Y es que, ¿después de probar la miel, sería posible desmantelarse un poco permitiendo que Morena los absorba por completo?
El Verde es un partido que cuenta con un alto sentido pragmático de entendimiento del poder. Su característica existencial es acceder al poder; todo lo demás se subordina a esa misión. Morena los necesitó, pero desde la llegada de Claudia Sheinbaum a la Presidencia y de Luisa María Alcalde a la dirigencia de su partido, la estrategia cambió: consolidar lo suficiente a Morena para no depender de fuerzas externas. Tan es así que presumen la afiliación de más de 10 millones de militantes, convirtiéndolo en uno de los partidos más grandes del mundo.
Las tendencias centralizadoras del partido mayoritario se mantienen; con suspicacia aprendieron que seguir repartiendo posiciones al Verde y al PT ya no es necesario porque los debilita. La reforma electoral propuesta desde Palacio es una oportunidad única para mantener el control y evitar una competencia cerrada entre las demás fuerzas políticas. Cuatro veces la han rechazado sus aliados porque implicaría perder capacidad de negociación y, peor aún, dinero. El Verde y el PThan disfrutado de los beneficios del obradorismo y saben que el siguiente paso es impedir el hegemonismo de su partido.
Una disputa natural en el poder: los partidos en la coalición persiguen distintos intereses. Se les amplió el horizonte; tienen la capacidad para aumentar gubernaturas, diputados y senadores, lo que implica directamente debilitar a Morena. Es, como lo dijo Maquiavelo, propio del poder buscar conseguirlo, conservarlo y expandirlo y, bajo esas condiciones, la reforma electoral los convierte en nuevos perdedores, porque cambiar las reglas del juego es modificar el camino que los ha alzado como nunca se habían imaginado.
¡Tremendo dilema el que enfrentan quienes juntos prometieron hacer historia! Si crece uno, se pierde la asimetría y, en esto del poder, el que cede, pierde.


