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viernes, mayo 8, 2026

La ventaja que la inteligencia artificial no puede copiar

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Columnista Oralia Estrada

En menos de una década, podrías pasar días enteros sin necesitar hablar con otro ser humano. Y lo más inquietante no es que sea posible, sino que será eficiente.

De acuerdo con estimaciones del McKinsey & Company, hasta el 30% de las actividades laborales actuales podrían automatizarse hacia 2030. Al mismo tiempo, estudios de Gallup han mostrado que actualmente alrededor del 20% de los empleados en el mundo se sienten realmente comprometidos con su trabajo. Esto asociado a que, con más tecnología, hay menos conexión. Más eficiencia, pero menos sentido.

Lo anterior no es coincidencia. Desde la psicología organizacional, en la teoría de la autodeterminación se explica con claridad que los seres humanos necesitamos tres cosas para funcionar de manera óptima: Autonomía, competencia y relación. Esta última, es la necesidad de conexión genuina con otros, no es un “extra emocional”; es un requisito biológico para el bienestar, la motivación y el rendimiento.

Sin embargo, estamos diseñando sistemas donde esa necesidad cada vez tiene menos espacio.

La inteligencia artificial no solo está transformando lo que hacemos, sino cómo nos relacionamos. Automatiza respuestas, optimiza procesos, elimina fricción. Pero en ese proceso también elimina algo más sutil: La pausa, la incomodidad, la negociación emocional; todo aquello donde ocurre lo verdaderamente humano.

Antes, trabajar implicaba interactuar. Hoy, cada vez más, implica gestionar interfaces.

Las conversaciones difíciles se sustituyen por correos cuidadosamente redactados.
La retroalimentación se vuelve un formulario. La empatía, una habilidad deseable… pero no necesaria para que el sistema funcione.

La eficiencia ganó terreno. Pero lo hizo reduciendo el espacio donde se construye el significado. Aquí es donde la narrativa del progreso necesita matices. Porque si bien la automatización resuelve problemas operativos, también amplifica problemas humanos. La desconexión, el aislamiento y la falta de propósito no desaparecen con la tecnología; se intensifican cuando la interacción deja de ser parte natural del día a día.

Y entonces ocurre algo interesante: Lo humano no se extingue, se encarece. La interacción genuina, esa que implica presencia, escucha real, vulnerabilidad y fricción emocional, empieza a convertirse en un lujo organizacional. Algo que no todas las culturas pueden sostener, pero que todas necesitarán para sobrevivir a largo plazo.

En este contexto, las habilidades blandas dejan de ser “blandas”. Se vuelven críticas.

No porque suenen bien en un discurso, sino porque son lo único que no puede ser replicado con precisión por un algoritmo: La capacidad de leer el contexto emocional, de sostener la tensión sin romper la relación, de generar confianza en entornos inciertos.

Es por eso que me atrevo a decir que el futuro del trabajo no estará definido únicamente por qué tanto automatizamos, sino por qué tanto somos capaces de preservar la experiencia humana dentro de sistemas diseñados para prescindir de ella.

Porque en un mundo donde interactuar ya no es necesario… elegir hacerlo será lo que realmente marque la diferencia.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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