
En la juventud, las amistades no son un complemento; se convierten en un soporte emocional. Son refugio, espejo e impulso, pero también pueden llegar a ser desgaste.
En una etapa donde se está construyendo identidad, propósito y autoestima, los vínculos pesan más de lo que muchas veces reconocemos. No es casualidad que una conversación pueda levantarnos el ánimo durante días, o que una crítica disfrazada de “broma” nos acompañe en silencio durante semanas.
Hoy, las juventudes están más conectadas que nunca, pero no necesariamente más acompañadas. La amistad ya no solo se vive en persona; también se mide en historias vistas, mensajes respondidos, memes compartidos y silencios digitales. Y, en ese nuevo escenario, surge una pregunta incómoda pero necesaria: ¿todas nuestras amistades nos suman?
¿Cuáles son las amistades que suman?
Son esas que celebran nuestros logros sin competir.
Que nos dicen la verdad sin humillar.
Que respetan nuestros límites.
Que nos permiten ser vulnerables sin miedo a que esa información sea usada en nuestra contra.
Y no se trata de que sean amistades perfectas. Hay diferencias, desacuerdos y momentos difíciles, pero hay algo constante: seguridad emocional.
Una amistad que suma no exige versiones editadas de nosotros. No pide que ocultemos nuestras inseguridades ni que exageremos nuestros éxitos. Nos permite crecer sin sentir que debemos encajar en un molde.
Y algo importante: también nos confronta, pero lo hace desde el cuidado.

Pero, ¿cuáles son las amistades que drenan?
A veces no son evidentes, ya que no siempre son conflictivas; de hecho, pueden parecer normales.
Sin embargo, podríamos catalogarlas como aquellas donde sentimos que siempre competimos.
Donde hay celos disfrazados de sarcasmo.
Donde el apoyo es condicional.
Donde salir de una reunión deja más cansancio que energía.
Son vínculos donde la comparación constante erosiona la autoestima, donde la crítica es pública y el reconocimiento es escaso.
Y en una etapa donde la presión social ya es alta, una amistad que drena puede amplificar inseguridades y ansiedad.
Lo complejo es que muchas veces se mantienen por miedo a la soledad. Porque soltar un grupo puede sentirse como perder identidad. Porque preferimos pertenecer a cualquier costo antes que enfrentar el vacío.
La importancia de aprender a elegir
Parte de madurar emocionalmente implica revisar nuestras relaciones, no desde el juicio, sino desde la conciencia.
¿Qué siento después de convivir con esta persona?
¿Me siento escuchado o evaluado?
¿Puedo mostrar mis errores sin miedo?
¿Celebra mis avances o los minimiza?
Elegir amistades que sumen no significa buscar comodidad absoluta, sino vínculos donde haya respeto, reciprocidad y crecimiento mutuo.
También implica asumir responsabilidad: ¿yo soy una amistad que suma o que drena? Porque los vínculos no son unidireccionales.
La amistad como espacio de salud mental
En la juventud actual, donde la ansiedad, la comparación y la incertidumbre forman parte del contexto cotidiano, las amistades pueden convertirse en un factor protector clave de la salud mental.
Un mensaje oportuno puede cambiar una vida.
Una conversación honesta.
Un “aquí estoy” sin juicio.
No se trata de tener muchos amigos, sino de construir relaciones donde podamos descansar emocionalmente.
Y aprender a elegirlas también es una forma de autocuidado.


