FLORIDA-A bordo del Air Force One, el presidente Donald Trump dejó claro que no piensa quedarse al margen de las conversaciones clave entre Washington y Teherán sobre el programa nuclear iraní. Aunque no estará en la mesa en Ginebra, aseguró que participará “indirectamente” en las negociaciones previstas para el martes y subrayó su relevancia.
“Participaré indirectamente en esas conversaciones. Y serán muy importantes”, dijo ante la prensa durante el vuelo.
El clima previo al encuentro no es precisamente distendido. Estados Unidos ha reforzado su presencia militar en Oriente Medio con el despliegue de un segundo portaaviones, mientras el Pentágono se prepara para un posible escenario de escalada si el diálogo fracasa. Funcionarios estadounidenses confirmaron a Reuters que el ejército contempla la opción de una campaña militar sostenida si no hay avances.
Trump dejó entrever que, esta vez, percibe una mayor disposición iraní a negociar. Recordó que en el pasado Teherán apostó por endurecer su postura, pero sugirió que las consecuencias del verano pasado, cuando Estados Unidos bombardeó instalaciones nucleares iraníes, podrían haber cambiado el cálculo en la capital iraní.
“No creo que quieran las consecuencias de no llegar a un acuerdo”, afirmó.
La exigencia central: el enriquecimiento de uranio
El principal punto de fricción sigue siendo el mismo que ha trabado las negociaciones durante años: la exigencia de Washington de que Irán abandone el enriquecimiento de uranio en su propio territorio. Para Estados Unidos, ese proceso abre la puerta a un eventual desarrollo de armas nucleares; para Irán, es un derecho soberano bajo el Tratado de No Proliferación.
Antes de los bombardeos de junio, las conversaciones ya estaban empantanadas por esa exigencia. Trump defendió la decisión militar con una frase que resume su enfoque: presión máxima antes que concesiones.
“Podríamos haber llegado a un acuerdo en lugar de enviar los B-2 para destruir su potencial nuclear. Y tuvimos que enviar los B-2”, dijo, en referencia a los bombarderos furtivos utilizados en los ataques.
Ahora, el presidente confía en que Teherán adopte un tono más pragmático. “Espero que sean más razonables”, añadió.
Señales contradictorias
Las declaraciones contrastan con el tono que Trump adoptó apenas el viernes, cuando habló abiertamente de un posible cambio de régimen en Irán y lamentó décadas de negociaciones fallidas. Ese vaivén retórico no es nuevo en su estrategia hacia Teherán: combina la presión militar con la puerta entreabierta al diálogo.
Del lado iraní, el mensaje también es firme. El ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araqchi, se reunió el lunes en Ginebra con el director del organismo de control nuclear de la ONU. En la red social X, aseguró que está allí para “lograr un acuerdo justo y equitativo”.
Pero marcó un límite claro: “Lo que no está sobre la mesa: sumisión ante las amenazas”.
Con los buques de guerra en posición y la diplomacia en marcha, Ginebra vuelve a convertirse en el escenario donde se mide la distancia, todavía amplia, entre presión, y acuerdo.
Las negociaciones nucleares entre Estados Unidos e Irán no empezaron ayer. Su punto de referencia sigue siendo el acuerdo de 2015, el llamado Joint Comprehensive Plan of Action (JCPOA), que puso límites estrictos al programa nuclear iraní a cambio de un alivio sustancial de sanciones. Ese equilibrio se rompió en 2018, cuando Washington, bajo la presidencia de Donald Trump, decidió retirarse del pacto y restablecer las sanciones. Desde entonces, la relación entró en una espiral de presión, desconfianza y escaladas que todavía pesa sobre cada intento de retomar el diálogo.


