
Por Michelle Félix Velarde
En los últimos años, distintas investigaciones han alertado sobre un aumento sostenido del aislamiento social, especialmente entre jóvenes. Estudios del Surgeon General de Estados Unidos y de la OCDE señalan que las nuevas generaciones reportan mayores niveles de soledad, menor participación comunitaria y menos vínculos sociales significativos, aun cuando están más conectadas digitalmente que nunca.
No se trata solo de estar solos, sino de vivir cada vez más hacia adentro.
Las redes sociales y la tecnología han cambiado la forma en que nos relacionamos con el mundo. Pasamos de compartir espacios comunes a habitar entornos personalizados, diseñados para mostrarnos contenido que confirma lo que ya pensamos, sentimos o creemos. Esto reduce la exposición a lo distinto y, con ello, la necesidad de dialogar, contrastar o involucrarnos.
El ensimismamiento no surge de la nada. Es, en muchos casos, una respuesta al exceso: exceso de información, de opiniones, de estímulos, de crisis simultáneas. Ante un mundo que parece constantemente al borde del colapso, muchas personas optan por limitar su participación.
De ahí que también observemos otro fenómeno: menos exposición pública. Menos publicaciones, menos fotos, más cuentas privadas, más silencios digitales. No es desinterés, sino cansancio del juicio constante y del rendimiento emocional que exigen las plataformas. Mostrar menos se vuelve una forma de resistencia.

Sin embargo, este movimiento hacia lo íntimo tiene un costo colectivo.
Cuando la atención se centra casi exclusivamente en lo individual, los problemas comunes se vuelven lejanos. Las crisis sociales, ambientales o humanitarias se consumen como contenido: se miran, se comentan, se comparten… y se olvidan. El dolor ajeno se normaliza. Nos conmueve, pero rara vez nos compromete.
La sobreexposición al sufrimiento global, mediada por pantallas, termina produciendo indiferencia. No porque no importe, sino porque no sabemos qué hacer con tanto. Y ante la imposibilidad de responder a todo, elegimos no responder a nada.
El riesgo de este ensimismamiento no es solo personal, es estructural. Las comunidades se debilitan cuando dejan de mirarse entre sí. Las ciudades no se sostienen únicamente con individuos conscientes de su bienestar, sino con personas dispuestas a asumir que lo que ocurre alrededor también les compete.
No se trata de rechazar la tecnología ni de idealizar el pasado. Tampoco de exigir una participación constante o heroica. Se trata de recuperar algo básico: la atención hacia el otro.
Volver a involucrarnos no significa cargar con todos los problemas del mundo, sino reconocer que algunos sí nos corresponden. Que hay causas cercanas, personas próximas, realidades locales donde nuestra presencia importa.

Involucrarse puede ser tan simple como informarse con intención, no solo por inercia. Hoy, en un contexto donde todo invita a centrarnos en nosotros mismos, involucrarse es un acto consciente. Es decidir salir de uno mismo, aunque sea un poco, para formar parte de algo más grande.
Tal vez el reto de esta generación no sea expresarse más, sino volver a comprometerse. Porque sin ese vínculo con lo común, no hay tejido social que resista.
La autora es Maestra en Marketing e Inteligencia Artificial. Consultora de comunicación para organizaciones civiles y conductora del Podcast Hazlo Shilo. Integrante de la Red Hermosillo ¿Cómo Vamos?


