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jueves, mayo 26, 2022

A buen entendedor…

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El presidente López Obrador, en su afán de adelantar la sucesión presidencial, mencionó de nuevo a los principales aspirantes morenistas a sucederlo en el cargo y, volvió a omitir el nombre del coordinador de sus senadores Ricardo Monreal. Mencionó a Claudia Sheinbaum y a Marcelo Ebrard, y en tono de burla contra sus adversarios, mencionó a quienes  pudieran dar la batalla como Gabriel Quadri, Chumel Torres y Carlos Loret y, sin mencionarla por su nombre, a “la esposa de Felipe Calderón”, —o sea Margarita Zavala— . A pesar del desdén, con las oposiciones no hay duda, por lo ocurrido recientemente, la Alianza dará la batalla buscando una candidatura unificadora de aquí a finales del 2023.

La duda queda en Morena, donde ya se advierte una probable ruptura por la exclusión de la que ha hecho gala quien finalmente decidirá las candidaturas en ese partido y tratará de pasar a la historia como el impulsor de una candidatura buscando una mujer presidenta.

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El comportamiento de la oposición —en la legislatura federal— durante la discusión de la reforma constitucional de la semana pasada, no podía ser de otra manera. Hizo crisis la forma de hacer política desde el Poder Ejecutivo federal en los últimos cuatro años.También hizo crisis el aislamiento del Ejecutivo hacia quienes no piensan como él o no apoyan los proyectos de la autodenominada “cuarta transformación”.

No ha existido diálogo alguno con los partidos opositores en lo que va del gobierno de López Obrador. ¿Por qué? Nadie lo sabe. Pero es básicamente por la concepción presidencial de los partidos políticos y el papel de estos durante los años que a cada rato el presidente señala como los peores para México: “los últimos 36 del neoliberalismo”.

Con el PAN existe una diferencia insuperable por la elección del 2006. A cada rato repite el presidente que “se la robó el PAN con Calderón”.

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Con el PRI —donde tiene muchos conocidos desde que fue dirigente en Tabasco— guarda sus diferencias, pero gobierna rodeado de incontables figuras del priismo hoy convertidos a la llamada 4T.

En el fondo, el presidente abandera a una corriente política opositora que  identifica las reformas estructurales del pasado como neoliberales, regresivas y opuestas a la “transformación de México”.

Mal sabor de boca le causó al presidente el Pacto por México impulsado por su ex partido el PRD, en alianza con otros para impulsar reformas de gran calado. Esa fue la principal motivación por la que abandonó al PRD en el 2013 y fundara Morena en el 2014.

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Desde el inicio de su gobierno han existido diversas corrientes políticas hacia el interior del aparato oficial y de su partido Morena que han tratado de saltarse el marco jurídico —con plena ignorancia de la historia—, para adaptarlo a las pretensiones políticas de grupo dominante a nivel central y en las regiones.

Por ejemplo: Tratar de prolongar el período de gobierno —de 2 a 5 años— de Jaime Bonilla, gobernador morenista de Baja California, cuando la Constitución local lo prohibía. Y querer obligar a la legislatura de Baja California a que reformara preceptos legales para beneficiar al gobernador. Ese fue un primer mensaje. Otra señal fue la intención de prolongar por dos años más la estancia de Arturo Zaldívar al frente de la judicatura de la SCJN. No prosperó la reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial; la propia Corte la echó abajo.

El presidente anunció con bombo y platillo la firma ante notario público de su propio compromiso —que nadie le exigió— de “no reelegirse”, cuando cualquier principiante de Derecho sabe que la Constitución se lo impide desde 1933, cuando se dio la última reforma del artículo 83.

También alteraron al presidente las negativas del INE y del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación a darle entrada a las candidaturas de Félix Salgado y Raúl Morón para los gobiernos de Guerrero y Michoacán. Eso lo radicalizó y quiere acabar tanto con el INE como con el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.

Al presidente la han fallado sus principales interlocutores políticos: Primero fue Olga Sánchez Cordero, que después de tres años y meses como secretaria de Gobernación regresó a su escaño en el Senado. Después Adán Augusto López, quien dejó el gobierno de Tabasco para sustituirla, inició el diálogo con los partidos opositores, pero lo suspendió para sumarse a la campaña contra el INE y el tribunal electoral y apoyar las campañas de Morena. El presidente (¿quién más?) descartó a su secretario de Gobernación como aspirante a sucederlo.

Al principio del gobierno, Ricardo Monreal, líder de los senadores de Morena, fue un buen interlocutor político con la oposición en el Senado y con algunos gobernadores. Algo pasó después de la elección de junio del 2021 que le valió ser borrado de la lista de aspirantes a suceder a López Obrador, pero él sostiene que de todos modos, aparecerá en las boletas en la elección del 2024. ¿Por Morena o por otro partido? He ahí el dilema, que augura una posible ruptura al interior de ese partido.

Monreal también se queja de que el propio presidente abrió en forma tempranera su propia sucesión, alterando los escenarios políticos.

López Obrador acostumbrado a las derrotas cuando estaba en la oposición ya no las asimila estando en el poder. Algo hay en esa personalidad que no admite la crítica ni el señalamiento de los errores y que siempre busca a quién echarle la culpa de todo. Reacciona violentamente contra quienes le ganan y en la práctica le demuestran equivocaciones de sus políticas de gobierno. López Obrador se enojó con las clases medias de la Ciudad de México cuando le ganaron la mitad de la ciudad y las acusó de “conservadoras y aspiracionistas”. Ahora acusa —junto con sus corifeos— de “traidores a la patria”(ignorando lo que dispone el artículo 61 Constitucional) a los legisladores que le batearon su proyecto de reforma constitucional en materia energética y de “seudo ambientalistas”, a quienes han osado señalarle fallas y faltas ecológicas en la construcción del tren maya.

Se le olvidó al presidente que él llegó al poder ejerciendo la crítica a sus antecesores y que aquellos aguantaron vara admitiendo las críticas, pero dialogando y buscando acuerdos con los opositores; algo que no se ha visto en lo que va del gobierno de la llamada Cuarta Transformación, y —por lo que está sucediendo— creemos que no se verá en lo que resta del sexenio. Las consultas ciudadanas han puesto en evidencia el distanciamiento existente entre los propósitos oficiales y los resultados con el pueblo. No pegó ante la gente lo del juicio a los ex presidentes, y la revocación de mandato se transformó en “ratificación”, por obra y gracia de los esfuerzos oficiales para impulsarla en todo México, con recursos públicos y violentando la ley en todos los órdenes. Un mal balance político para un gobierno que se jacta de transformador y “revolucionario” (sic).

¿Reelección presidencial? Ni pensarlo. No les dan los números ni a Morena ni al presidente, y sería una enorme imprudencia política tratar de intentar la reforma del artículo 83 constitucional que lo impide.

Bulmaro Pacheco

bulmarop@gmail.com

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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