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martes, diciembre 7, 2021

El gobierno de las emociones

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Decir que “El gobierno de las emociones” es una maravilla y magistral la prosa de Victoria Camps, no basta para determinar el verdadero valor de esta obra, aunque es precisamente en su maestría lingüística donde reside la magia.

Me explico recurriendo a las declaraciones que Juan Carlos Monedero realizó en entrevista con Los Periodistas recientemente. Entre las ideas que soltó, mencionaba que todo individuo que se precie de ser demócrata debe reunir tres requisitos; uno de ellos, “tener una pata en el relato”.

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Esta expresión derridiana significa, según señaló, que para ser hay que parecer. Debemos alinear congruentemente el discurso con la práctica, predicar con el ejemplo; en la actualidad y en lenguaje político-institucional, a esta capacidad de alinear la prédica y la práctica se le conoce como integridad.

“El gobierno de las emociones” hace las veces de manual práctico para la materialización de la prédica y, de manera adyacente, revive un viejo debate entre la escuela kantiana contra la de materialistas, místicos y empiristas.

Camps escribe que “La educación moral –la paideia- iba destinada a hacer de cada uno un ser justo, prudente, magnánimo, temperante, valiente, es decir, una persona habituada a reaccionar ante las distintas situaciones en que podía encontrarse poniendo de manifiesto su capacidad para la justicia, la prudencia, la generosidad o la valentía, sintiendo, por tanto, todos esos valores como algo propio, incorporado a su manera de ser”.

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Las ideas que Camps contrapone a las del racionalismo kantiano son las de tres titanes de la filosofía, Aristóteles, Spinoza y Hume; estos dos últimos de mis favoritos, aunque según cuenta la filósofa, Hume calificaba de horrenda la filosofía del sefardí. Me gustaría saber qué argumentaba el escéptico.

Esta obra se compone de una introducción, en la que la pensadora construye la tesis acerca de que el valor de la ética reside en su ejercicio práctico, y son solo las emociones y no las razones, las únicas capaces de (con)mover al hombre a la acción, por eso es importante aprender a gobernarlas, y 14 capítulos en los que desarrolla su tesis primero desbrozando su marco teórico basado en los tres filósofos supracitados, luego enumerando algunas virtudes que debemos cultivar y la fundamentación de por qué cultivarlas, para concluir con un capítulo titulado “La fuerza emotiva de la ficción”, en la que nos introduce al mundo trascendental de la literatura y su importancia para construir un ethos público que nos permita “tener una pata en el relato”.

¿Por qué es tan difícil que la ley moral dirija efectivamente nuestras vidas?, se pregunta Camps, a lo que apunta que “sobresale la idea de que el deseo y el desprecio, el gusto y el disgusto son tan esenciales para la formación de la personalidad moral, como lo es la destreza en el razonamiento”. Esto se traduce en el hecho de que el componente esencial de nuestro actuar moral reside en cuestiones estéticas, también. Nuestra inclinación hacia lo “naturalmente” bello y equilibrado es una muestra de nuestra inclinación a la virtud; pero en ocasiones nos inclinamos hacia los gustos vulgares, los afectos negativos, las maneras violentas.

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En consonancia con James, Wittgenstein y Sartre, Camps considera que “el mundo se transforma a los ojos del sujeto porque la emoción altera el mundo: nosotros constituimos la magia del mundo”.

En el capítulo que trata sobre Spinoza, se habla sobre la integridad y de cómo no basta el conocimiento de la virtud para ser virtuoso, sino que además hay que sentir la convicción e inclinación hacia las elecciones virtuosas. Escribe, “el ignorante actúa por miedo, mientras el sabio actúa para evitar contradicciones, porque intenta comprender desde la razón y despreocuparse de los hechos”.

Después nos regala una cita magistral que dice, “Llamo servidumbre a la impotencia humana para moderar y reprimir sus afectos, pues el hombre sometido a los afectos no es independiente, sino que está bajo la jurisdicción de la fortuna, cuyo poder sobre él llega hasta tal punto que a menudo se siente obligado, aun viendo lo que es mejor para él, a hacer lo que es peor”.

Finalmente, concluyo la primera parte de esta reseña sacando a colación el excelso argumento que proponía David Hume, quien decía que la regla de asociación más decisiva era la “causalidad”, pues es el nexo que nos permite vincular los fenómenos, pero la novedad consistía en que el escocés afirmaba que “la causalidad no está en los hechos, sino en nosotros, en nuestra especial manera de relacionarlos. Es la mente humana la que relaciona el fuego con el hecho de quemar y llega a la conclusión de que el fuego quema después de haber experimentado más de una vez que es así”.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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