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jueves, mayo 13, 2021

Reflexiones sobre las causas de la libertad y la opresión social

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Simone Weil nació en Francia, en el seno de una familia judía intelectual y laica, el 3 de febrero de 1909. Fue una filósofa, activista, académica, obrera, sindicalista y mística francesa que, pese a morir a la tierna edad de 34 años, dejó abundantes escritos filosóficos y políticos.

El 24 de agosto de 1943 fallecería en Inglaterra, aquejada por una tuberculosis que se complicó a causa de una anorexia voluntaria. Estudió filosofía y literatura clásica en la Escuela Normal Superior, a la que ingresó a los 19 años con la calificación más alta, seguida por su tocaya Simone de Beauvoir; fue alumna de Alain (Émile Chartier) y se graduó a los 22 años.

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A partir de entonces, trabajó como obrera de la empresa Renault y posteriormente fue obrera agrícola en Marsella; se unió al bando de los republicanos en la Guerra Civil española y en 1942 viaja a Inglaterra para unirse a la resistencia en contra de la Alemania nacionalsocialista.

No sé cómo me enteré, o por que llamó mi atención la obra de Weil; probablemente leí su nombre en algún artículo periodístico. El caso es que de regalo de cumpleaños le pedí a Jovana dos de sus obras, la que da título a este escrito y “Echar raíces” -también me regaló “Testamento político” de György Lukács-.

Solo que como este año mi principal actividad literaria consistió en apilar y acumular libros, los coloqué en mi librero sin siquiera haberles retirado la envoltura de plástico -una proeza de moderación para un consumista-, pero algo sucedió que me llevó a tomar las “Reflexiones sobre las causas de la libertad y la opresión social” y ya no lo pude abandonar.

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Por otro lado, las “Reflexiones…” es un ensayo breve de apenas 101 páginas conformado por cuatro apartados titulados “Crítica al marxismo”, “Análisis de la opresión”, “Bosquejo teórico de una sociedad libre”, “Esbozo de la vida social contemporánea” y una contundente conclusión digna de una pensadora fuera de serie.

Me recordó “La condición humana” de Hannah Arendt. Ambas pensadoras consideraban que la revolución sólo era posible a través de grupos pequeños y concedían a la acción política un papel primordial que daba forma a nuestras condiciones materiales de existencia. La tesis arendtiana establece que la alienación que provoca confundir el trabajo con la labor, solo puede ser superado por la acción reflexiva acerca de nuestra valoración o determinación de cuáles son nuestros fines sociales y nuestros medios para obtenerlos.

Para Weil, las raíces de la opresión social y la desigualdad se encuentran en la “genética” de la(s) forma(s) de producción industrial que nuestra “programación” cultural nos obliga a reproducir ad nauseam en pos del progreso, estableciéndose como un fin en sí mismo y no como un medio para erradicar las desigualdades sociales, políticas, alimentarias y económicas. Tiene la idea, que comparto, de que “la opresión procede exclusivamente de condiciones objetivas, entre las cuales la primera es la existencia de privilegios: no son las leyes o los decretos de los hombres los que determinan los privilegios o los títulos de propiedad, es la naturaleza misma de las cosas”. Aquí incluso empata con la tesis sostenida por Nietzsche en “La genealogía de la moral”, en la naturaleza de lo aristocrático, de la voluntad creadora, está el germen del mando, del poder creador -o destructor-.

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Posteriormente profundiza y señala que “la historia humana es la historia de la esclavitud que hace de los hombres, tanto de los opresores como de los oprimidos, el simple juguete de los instrumentos de dominación que ellos mismos han fabricado; rebaja así a la humanidad viva a ser un objeto de la materia inerte”.

A lo largo de todo el ensayo, esta pensadora se dedica a desbrozar las razones por las que el capitalismo y la sociedad industrial, que defiende su falta de autocrítica escudándose en la pleitesía escolástica que le rinde a la ciencia como solución a los problemas de cualquier índole y ámbito humano. Esgrime que “a pesar del progreso, el hombre no ha salido de la condición servil en la que se encontraba cuando fue abandonado, débil y desnudo, a las fuerzas ciegas que componen el universo; simplemente, el poder que le mantiene de rodillas ha sido como transferido de la materia inerte a la sociedad que él mismo constituye con sus semejantes”.

La libertad verdadera, señala Simone Weil, “no se define por una relación entre el deseo y la satisfacción, sino por una relación entre el pensamiento y la acción; sería completamente libre el hombre cuyas acciones procediesen, todas, de un juicio previo respecto al fin que se propone y al encadenamiento de los medios adecuados para conducir a este fin”.

El pensamiento y los argumentos de Weil son una constante invitación para adoptar una actitud crítica, entender que siendo el ser humano el único animal que goza de razón, somos también los únicos que tenemos un compromiso y una responsabilidad hacia nuestro entorno, y los derechos en cambio son tan solo una convención propia de una construcción social.

Me pareció una escritora de tono bastante optimista, ya lo veremos en sus conclusiones; aunque en una futura entrega planeo escribir sobre el concepto de pesimismo en Georges Sorel, y la autora también embona perfectamente en esa actitud.

En sus conclusiones menciona que “hay en nuestra ciencia, a pesar de todas las oscuridades que ocasiona una especie de nueva escolástica, atisbos admirables, partes limpias y luminosas, pasos del espíritu perfectamente metódicos. En nuestra técnica también hay gérmenes de liberación del trabajo”, y se despide señalando, “sólo los fanáticos pueden conceder valor a su propia existencia en la medida solamente en que sirve a una causa colectiva; reaccionar contra la subordinación del individuo a la colectividad implica comenzar por rechazar la subordinación del propio destino al curso de la historia. Para decidirse a semejante esfuerzo de análisis crítico basta con comprender que permitiría a quien lo emprendiese escapar al contagio de la locura y el vértigo colectivo, renovando por su cuenta, por encima del ídolo social, el pacto original del espíritu con el universo”.

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