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viernes, junio 18, 2021

Pandemia de corrupción en México

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Independientemente de lo que está sucediendo en nuestro país en materia de ataque a la corrupción, la cual ha tenido un retraso de casi un siglo, por primera vez en nuestra historia moderna estamos asistiendo a una cruzada anticorrupción como nunca se había visto en México.
Así como la presencia de una pandemia de salud que ha volteado nuestras rutinas y hábitos como ciudadanos y miembros de familia, también estamos viviendo la verdadera crisis y consecuencias relacionadas por el enfrentamiento a una modalidad de pandemia llamada corrupción, que al igual como el covid está marcando un antes y después de nuestras vidas a lo largo y ancho del territorio nacional.
Tanto la pandemia de salud como la de corrupción son fenómenos actuales con una profunda vocación democrática, esto es “afecta a todos sin distinguir clase social, así como cualquier diferencia individual como especie humana”.
En materia de corrupción, comparto con usted mi estimado y respetado lector la afirmación que las conductas antiéticas representado por la corrupción en la administración publica, son producto de diversas causas, las cuales podemos agrupar en dos clases.
Por un lado, aquellas que son de origen externo al individuo como resultado del contexto o el ambiente (como decimos los Psicólogos) en que éste se desempeña, y por otro, las que son de origen interno e inherente al ser humano. En ambos casos, estas causas influyen, seducen o arrastran a la realización de prácticas corruptas; tanto unas como otras actúan en una dinámica perversa que sirve de estímulo para la realización del acto corrupto.
El estudio de la conducta antiética ha sido tratado por grandes pensadores e intelectuales de prestigio internacional los cuales coinciden en la afirmación de que las sociedades contemporáneas viven sumergidas en una crisis de valores y que los antivalores han invadido la vida diaria en diversos ámbitos de la vida pública: político, social, económico, familiar, religioso o cultural, con todos los daños psíquicos que de ello se derivan.
Muchos ciudadanos no saben ya en nuestros días hacia qué opciones fundamentales han de orientar las pequeñas o grandes opciones diarias de su vida, y tampoco qué preferencias seguir, qué prioridades establecer, qué símbolos elegir. Las antiguas instancias y tradiciones orientativas ya no sirven. Reina en todas partes una crisis de orientación que, a pequeña escala, tiene que ver con la frustración, el miedo, la drogodependencia, el alcohol, y la criminalidad de muchos jóvenes, y a gran escala, con los nuevos escándalos políticos, económicos, sindicales y sociales, que vivimos actualmente en nuestro país.
En definitiva, México se encuentra ante un vacío de sentido, de valores y normas, que no sólo afecta a los individuos, sino que constituye un problema político de “enorme magnitud.”
La conclusión a la que llegan los especialistas, es que en la sociedad contemporánea existe confusión y desorientación en los distintos miembros que la integran como resultado de los antivalores con los que son bombardeados día a día a través del mundo mediático, lo que genera conductas nocivas, incluso patológicas. Aunado a ello, y particularmente en nuestro país existe una creencia de enaltecimiento de la corrupción como sinónimo de éxito e inteligencia, que es transmitida a través del ejemplo que asimilan principalmente las nuevas generaciones como la clave del éxito, y aun así más delicado y peligroso es tomar ese comportamiento (corrupción) como sentido de vida, este proceso se expande sobre todo ahí donde los valores se diluyen o pierden fuerza.
Este proceso de aprendizaje repercute directamente en el servicio público ya que: “La administración no es más que una parte de la sociedad a la que sirve”. Por ello, sobre la administración se reflejan, forzosamente, los valores que imperan en el entorno social. Así, el propio ambiente social de nuestros días, en el que se potencia un consumo salvaje o la valoración de las personas en función de su éxito económico, constituye el caldo de cultivo para la proliferación de una cultura en la que los valores éticos encuentran dificultades a menudo difíciles de salvar para abrirse paso. En este contexto, es difícil concebir un intento de moralización de la vida pública que sea ajeno al resurgimiento de dichos valores en la sociedad en general y en las personas que la componen en particular.”
Cuando los valores se ausentan de la vida pública aparecen de inmediato conductas contrarias a la ética, basadas en antivalores, las cuales cobran importancia en la vida política y en la gestión pública. Dichos comportamientos se encuentran en expansión. Actitudes como el individualismo, la competencia o la acumulación de bienes materiales llevadas al extremo, contribuyen a la fragmentación y al desequilibrio del trabajo colectivo en las instituciones públicas debido a que los individuos impulsados por estos principios se encuentran en disposición de llevar a cabo diversas acciones sin importar la legalidad y las consecuencias de dicha acción con tal de conseguir sus propósitos.

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