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viernes, junio 26, 2026

Crecieron los enanos

Nicolás Pineda
Investigador en Políticas Públicas.

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El error más común al analizar la relación entre el poder político y el crimen organizado en México es mirar caso por caso: el gobernador cómplice, el alcalde capturado, el cartel de turno. Se ven los árboles pero no el bosque. Esa relación no es una anomalía ni una colección de escándalos: es un sistema que ha evolucionado junto con la propia arquitectura del poder mexicano a lo largo de tres grandes períodos.

Primero fue la mota y los gomeros

En el México del presidencialismo priísta, el crimen organizado no era pequeño: era subordinado. La Dirección Federal de Seguridad fungía simultáneamente como instrumento de control político y como paraguas protector de los grandes traficantes. Los traficantes de droga no operaban a pesar del sistema; operaban dentro de él. El presidente arbitraba la corrupción desde el centro; los gobernadores existían con fecha de caducidad presidencial. El orden era a menudo brutal, pero era orden. Los narcos enanos existían, pero alguien los mantenía pequeños, hacían negocios y pagaban sus cuotas.

La democratización y los enanos que crecen

La transición que arranca con De la Madrid y madura con Salinas, Zedillo y Fox fue, en el centro, un proceso real: el Congreso ganó peso, las elecciones se volvieron competitivas, la prensa se liberalizó en las ciudades. Pero la democracia llegó desigualmente al territorio. En los estados, el debilitamiento del control presidencial no produjo instituciones: produjo caciques con nueva legitimidad electoral. Los gobernadores ganaron autonomía sin ganar rendición de cuentas. La corrupción no desapareció; se descentralizó.

En ese vacío, el crimen organizado dejó de ser instrumento regional para convertirse en actor con agenda propia. Algunos poderes locales, en la competencia feroz por sus territorios, encontraron en él un aliado útil: votos, financiamiento, músculo. Los casos de Guerrero, Veracruz, Nayarit o Quintana Roo no son excepciones; son síntomas de un patrón. Luego vino el remedio que agravó la enfermedad: la militarización de Calderón fragmentó a los grandes cárteles y produjo organizaciones más pequeñas, más violentas, más territoriales. Los narcos enanos, liberados del control central y multiplicados por la fragmentación, comenzaron a crecer.

El abrazo envenenado

La llegada de López Obrador trajo una recentralización acelerada, pero con una novedad perturbadora. “Abrazos, no balazos” no fue solamente una apuesta ética contra la violencia, fue también un cálculo. En los territorios donde el crimen organizado lleva décadas siendo el empleador principal, el proveedor de seguridad y el árbitro de conflictos —donde el Estado nunca llegó a sustituirlo—, confrontarlo tenía costos electorales reales. El apaciguamiento era redituable.

Aquí reside la paradoja más incómoda del período. La narrativa de “primero los pobres” choca con una realidad territorial: en las sierras y medios rurales del país, el crimen organizado es el que llega primero a los pobres. Provee empleo donde no lo hay, resuelve conflictos donde el juez no existe, construye lealtades y votos donde el partido no llega. No es solo poder criminal; en muchas comunidades es una estructura de movilidad social. Eso le da base genuina, y hace que el abrazo sea envenenado. Los enanos alcanzaron estatura de gigantes.

Los tres períodos comparten una falla de fondo: el Estado de derecho fue siempre un fenómeno metropolitano, nunca abarcó todo el territorio. El poder judicial existió en la capital y en pocas capitales estatales; en el resto del país fue comparsa del poderoso del momento. Cada reconfiguración del poder central produce efectos perversos en la periferia porque allá no hay instituciones que los amortigüen. La sociedad civil y la ciudadanía, lejos de crecer, se han encogido.

Entender este proceso como sistémico —y no como galería de villanos— es el primer paso para pensar salidas reales. La pregunta pertinente no es quién es el culpable de turno, sino por qué cada movimiento del poder central, hacia arriba o hacia abajo, termina engordando a los que debían mantenerse pequeños. Una democracia que no construye instituciones en el territorio seguirá produciendo enanos criminales que crecen cada vez que alguien mueve las piezas del tablero.


[i] Ysinembargo.pineda@gmail.com

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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