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jueves, enero 1, 2026

El obituario interminable

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Mi abuela cumplió 95 años hace unos pocos días. A pesar de su temple, siento que se nos acaba. No sólo el tiempo: ella. Más que ella: yo a la distancia, sin poder volver para verla, aunque sea un poquito.

Tengo dos años sin pisar esa tierra. No es por desidia, de veras. Es la vida, pues. Y la pandemia ahora que parece un cuento de nunca acabar. Creo sinceramente que es imposible no pensar en la posibilidad de que, así como todos aquellos que han muerto solos en una cama de hospital este año apenas terminado, se nos vaya mi Nanai, como le decimos de cariño. Su resiliencia, su aplomo, su aferrarse a la vida es para aplaudirle. De eso no hay duda. Pero también está el aplomo del corazón, el aplomo de que el bicho se escabulla y nos la arrebate de pronto.

Así como decidí no tocar base en el terruño este año – porque es lo correcto, no viajar, no arriesgarse(nos) – muchas y muchos más sí lo hicieron. Tengo que admitir que en medio de las mediocres celebraciones de fin de año que tuvimos acá en el extranjero, todas las fotos de mis primos y primas con sus familiares, las de los amigos que sé que están fuera y prefirieron el riesgo, las fotos de conocidos abrazando a sus padres, a sus abuelos, me dieron una rabia inmensa. O mejor, una envidia de que pudieran perdonarse a sí mismos la menor de las posibilidades de contagiarse y contagiar a su familia. Por mi parte, es un riesgo que yo no podría tomar nunca, una responsabilidad que me apachurra el alma nada más de pensarla.

No es una exageración. Este año, por poquito, tuve que pensar en que mis papás son más frágiles de lo que me gusta admitir. El diagnóstico positivo de covid fue como una estaca en la arrogancia de creernos invencibles. Afortunadamente salieron bien del asunto, aunque hubo días pesados, días que me quitaron el sueño junto con ellos.

Hay tantísimos que no fueron tan afortunados. Acá ya sobran de los 350,000 muertos. Y la pena es inmensa. En México las cifras son igual de inimaginables, aunque también poco conocidas. Todavía de verdad no sabemos la magnitud del asunto. Lo que es cierto es que diciembre se convirtió, por todos lados, en un obituario interminable. Hasta hace que se sienta mal uno de estar vivito y coleando.

Pero no le quita tampoco a uno la rabia de ver tanta incredulidad, tantísimos creyéndose inmortales, tantísimos pensando que la vida sigue su curso sin pensarla dos veces.

En mi caso, he estado dando clases presenciales desde septiembre, conviviendo con más de setenta alumnos todas las semanas. Aún así, hasta la fecha, en una institución con casi 600 personas, no ha habido un solo caso de contagio que se haya rastreado a las aulas. Los contagios suceden en otros sitios, en otras condiciones, no en el salón de clase. ¿Cómo se ha evitado esto? Con el uso estricto del cubrebocas y una reducción muy significativa del número de alumnos por salón.

Pero esto tampoco quita la pena de ver tanta muerte por todas partes, por saberse a veces tan lejos de los que uno ama y por amarlos estar también tan lejos.

Admiro, de verdad, el entusiasmo del mundo por el 2021. Admiro esa personalización rara de un año nuevo como si fuera un borrón y cuenta nueva. Hay tanto por lo que estar agradecido. Pero también creo que vale la pena dolernos un poco. Vale la pena hacerle un campito al duelo colectivo que todavía no nos hemos dado permiso de vivir.

A fin de cuentas, es la única forma de comenzar a sanar tanta ausencia. Eso es ser mexicano, diría Guillermo del Toro: esa capacidad infinita de vivir siempre entre la dicha y el dolor.

Así que 2021 es un buen año para ser mexicano.

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