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jueves, octubre 15, 2026

¿Es el 2026 el año de las películas de terror?

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Ya estamos en octubre y, al parecer, este año 2026 ha sido un Halloween constante. Si echamos un vistazo a la cartelera actual, las opciones tanto de la audiencia como de la selección de películas han optado por demostrar que nuestra salud mental colectiva necesita una terapia de choque.

Estamos viviendo el año más prolífico y saturado de películas de terror y nostalgia. Una avalancha de secuelas, refritos y posesiones demoníacas que intentan desesperadamente exprimir nuestros traumas de la infancia para vendérnoslos con un combo de palomitas extra grande.

A decir del teórico cultural Fredric Jameson al hablar de la condición posmoderna, cuando una cultura pierde su capacidad de confrontar el presente, se refugia en el pastiche y en la imitación de estilos del pasado, transformando la historia en un mero objeto de consumo masivo.

Pero seamos sinceros: la mayoría de todas estas producciones, huele más a desesperación corporativa que a sangre fresca.

El público real ya no se traga el anzuelo del puro renombre corporativo; prefiere un milagro de bajo presupuesto con sustancia a un gigante de estudio vacío.

Frente a esta crisis de originalidad, la audiencia ya ha pintado una raya muy clara en el suelo; no caemos fácilmente ante los nombres rimbombantes, o de prestigio – sí te estoy viendo directo al Alien, Ridley Scott-, ni los presupuestos inflados, (cof cof, tos que suena a Shrek 5).

Un claro ejemplo de divorcio, es lo que se observa en la relación actual entre el marketing masivo y el interés real de la audiencia. Ese es el bache que han sufrido las grandes producciones de directores consagrados este año.

Para muestra un par de botones. Tenemos a la pretenciosa y desafortunada La Odisea, superproducción épica que, aunque fue alabada ciegamente por cierta sección de la crítica tradicional, solo por su monumental escala técnica, terminó dividiendo de forma brutal a los especialistas y espantando a la audiencia, cansada de tres horas de pirotecnia visual sin alma.

Y ni hablemos de la aburrida, redundante y carente de sentido adaptación de The Dog Stars (La Guerra de los Últimos), dirigida por Ridley Scott; un pozo sin fondo financiero que demostró que el renombre no te salva de entregar una obra apática, gris y desconectada del pulso de la calle.

La revolución silenciosa del bajo presupuesto

El público real no quiere cascarones vacíos; se está moviendo hacia propuestas salvajes, fuera del esquema tradicional, de bajo o mediano presupuesto que entienden perfectamente la neurosis colectiva.

Ahí tenemos el fenómeno viral de Backrooms, que convirtió el vacío existencial de los espacios liminales en puro pánico masivo, o la claustrofobia psicológica en la patología del mito “chico bueno”, de Obsesión.

La cartelera ha sido tomada por visiones verdaderamente perturbadoras y frescas como el horror folclórico de Houkum, el retorcido romance gótico de The Bride!, la tensión de supervivencia de Send Help, el fanatismo asfixiante de Levitucos, e incluso el regreso triunfal de una saga mítica con 28 Years Later, que demostró mantener el pulso de la degradación humana, junto a propuestas atmosféricas como Temple of Bones.

Todas ellas triunfan porque miran de frente a una sociedad ansiosa, desconfiada y hambrienta de originalidad. Frente a este ejército de ideas frescas, la maquinaria de los grandes estudios ha tenido que activar su mercadotecnia más agresiva para salvaguardar proyectos que, de no ser por los millones gastados en publicidad, la audiencia habría dejado morir en su primer fin de semana.

Es el caso de blockbusters e intentos de franquicia como Primate u Other Mommy, que se sienten más procesados que una salchicha de supermercado. Lo mismo pasa con el enésimo intento de exprimir marcas con la nueva de Resident Evil, el terror espacial genérico de Pasajeros, el agotamiento evidente de Insidious, la innecesaria continuación de Ready or Not 2, o el drama de suspenso fallido de Undertone.

Son películas que no están ahí por amor al arte, sino para cumplir con el reporte trimestral de un grupo de inversionistas. Es el equivalente cinematográfico a exhumar a tu abuelita para que baile el ultimo trend en TikTok; es incómodo, se ve forzado y carece por completo de sustento.

Incluso franquicias queridas que antes funcionaban con la precisión de una motosierra, ahora terminan sin rumbo. Como la nueva entrega de Evil Dead estrenada hace unos meses: sin Sam Raimi de fondo, ni el carisma torcido de Bruce Campbell, se convirtió exactamente en lo que pretendía criticar: un festival de gore corporativo, vacío y sin autor. Cuando no hay honestidad detrás de la cámara, el terror se convierte en un trámite de oficina.

El milagro metaficticio de Jane Schoenbrun Y es justo ahí, entre el cansancio de las segundas partes innecesarias y los jump scares predecibles, donde Campamento Miasma (Teenage Sex and Death at Camp Miasma), de Jane Schoenbrun, nos da una bofetada maravillosa.

La crítica internacional no ha tardado en rendirse ante su honestidad vivencial. Robbie Collin, de The Telegraph, la calificó con 5 estrellas, elogiándola como “una sátira extravagantemente divertida, temerariamente extraña e inquietante del ‘cine de problemas'”.

Por su parte, Richard Brody, crítico de la revista The New Yorker, apuntó que es la obra más rica de Schoenbrun por las múltiples dimensiones de la experiencia cinematográfica que “dramatiza, critica e ilumina”.

No es para menos: Schoenbrun ha filmado una genialidad metaficcional que no solo deconstruye el género slasher, sino que le da un giro deliciosamente perverso: el cruce del terror sangriento con un final feliz.

El asesino de la película, Little Death (un chiste bellamente negro que conecta el clímax del horror con el orgasmol), no es un monstruo del que hay que huir eternamente para ganarse el título de la “pura y/o buena heroína final girl”. Aquí, la supervivencia no se logra cerrando las piernas y rezando, sino abrazando el cuchillo.

Por qué necesitamos más Miasma y menos nostalgia

Por ahí dicen que el dinero no compra la felicidad, pero en Hollywood al menos solía comprar taquilla. Hoy ni si quiera eso. Lo único que compra la chequera inflada de un gran estudio es una debida bancarrota a falta de ideas creativas, merecedoras del gasto.

Mientras los ejecutivos de corporativo siguen empaquetando el mismo vómito nostálgico con envoltorio de celofán —porque si alguien genuinamente creyó que el público exigía a gritos Practical Magic 2 o rehacer por millonésima vez la saga de Harry Potter y volver a traer el cadáver exhausto de Scream 7—, necesitan revisarse los oídos.

Y es que la verdadera tragedia no es solo que las secuelas sean malas; la verdadera tragedia es la arrogancia del empaque y la humillación financiera.

Hablemos de números, esa matemática fría que les quita el sueño a los ejecutivos de Los Ángeles: Sony invirtió la absurda cantidad de 63 millones de dólares en 28 Years Later: The Bone Temple, solo para verla estrellarse con unos penosos $58.5 millones a nivel mundial (un fracaso estrepitoso que ni cubrió su presupuesto de producción).

Scream 7, con sus $45 millones de presupuesto, tuvo que gastar hasta el último centavo en estrategias de mercadotecnia para arañar los $213 millones. Una cifra decente hasta que la comparas con la verdadera masacre indie.

Como Obsession, un proyecto de presupuesto mesurado por debajo del millón de dólares. Su producción apenas alcanzo a gastar $750 mil dólares, y recaudo más de $500 millones en todo el mundo a punta de mercadeo orgánico.

O el fenómeno de Backrooms (2026, A24), producida con apenas $10 millones y convertida en una aplanadora de más de $402 millones globales.

La audiencia ya no quiere el sermón hipercalculado de un departamento de marketing. Quiere sentir algo, aunque sea asco, desconcierto o un ligero trauma existencial.

AQUÍ entra en escena el absoluto descaro metacinematográfico del año: Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma (Teenage Sex and Death at Camp Miasma) de Jane Schoenbrun.

Costó migajas hacerla, y un tiempo aún más reducido en grabaciión y post producción. Con una proyección limitada y en cartelera independiente, a sus primeras semanas, ya había recaudado la cantidad nada despreciable de $8.4 millones en total en su circuito interno. Y desde el momento que vió la luz, se convirtió en la película de culto definitiva. Miasma en sí misma, es una puñalada con sonrisa burlesca en las costillas de la propia industria.¿Quieres un reboot de tu slasher ochentero favorito? Perfecto, aquí tienes a una joven directora llamada Kris intentando revivir la franquicia, que se encuentra con Billy, la actriz original que vive aislada del mundo y quemada por el trauma de la fama.

Es la metaficción máxima: una cinta capaz de mirarse al espejo desde adentro hacia afuera, parodiando la propia voracidad del medio que la consume.

Ahí radica la brillantez del filme al desarmar el concepto de la asimilación de la violencia. Schoenbrun nos pone frente a frente a la forma en que el consumo temprano de este cine moldea nuestra disociación. Kris creció viendo esas películas de chicas adolescentes degolladas en minifalda; hoy, como directora, entra al set creyendo que todo es “arte”, “homenaje” y “lenguaje cinematográfico”.

Pero luego llega el baño de realidad. En una escena que hiela la sangre por su cotidianidad y crudeza, Billy (interpretada magistralmente por Gillian Anderson) le confiesa a Kris que perdió la virginidad frente a la cámara durante el rodaje de la primera película.

No hubo poesía ni iluminación expresionista ni protección para una actriz adolescente vulnerablemente expuesta en su vida personal, ante un equipo de filmación adulto (una práctica común en la industria, a decir de paso).

La actriz, dentro de la película, vivió en plena filmación una despersonalización forzada: la necesidad biológica de desprenderse de sí misma, de flotar fuera de su propio cuerpo para sobrevivir al trance y, eventualmente, huir para siempre de la industria.

Y es en este punto donde la película le escupe en la cara a la “intelectualización” del horror. Los críticos de culto aman teorizar sobre el trauma en el cine. Nos encanta ponernos trascendentales en las reseñas, buscando metáforas sociopolíticas hasta en la mancha de sangre del hacha. Pero Campamento Miasma prefiere jugar con el instinto y apelar al cuerpo. Utiliza de manera brillante el juego de palabras de Little Dead —el asesino slasher de la franquicia— como un guiño directo a la petite mort: ese concepto francés moderno del instante posterior al clímax, la pérdida momentánea de la conciencia, el desmayo sutil donde el cerebro se apaga justo cuando la intensidad física lo rebasa todo.

El verdadero clímax no se analiza ni se racionaliza en un ensayo académico; el clímax se habita y se libera. Todo en esta vida —y en el buen cine— es carne y fluir.

Mientras los grandes estudios sigan intentando empaquetar la vida en fórmulas frías de algoritmos y refritos sin alma, el cine independiente seguirá devorándolos vivos.

No porque tenga mejores efectos visuales, sino porque recuerda que, tanto en la pantalla como en la cama o en la muerte, hay momentos donde la única forma de no volverse loco es dejar de intelectualizar, aceptar el desastre y entregarse por completo a la pérdida de conciencia.

Abrazar el monstruo sin pedir perdón

Lo que hace que Campamento Miasma sea la película del año es su total falta de culpa o vergüenza; retrata el deseo desde lo más simbólico hasta lo explícito, y lo vemos con tanta comida “culposa” que las protagonistas disfrutan al frente de una película de terror, que ´algo´ les mueve, representa.

En el cine de terror de los 80, la regla era: si tenías sexo, morías decapitado en una tienda de campaña. Schoenbrun manda esa regla puritana al carajo. Como bien señaló Stephanie Zacharek en la revista Time, la película resulta ser “divertida, encantadora, incluso ligera por momentos”, y destaca la interpretación de la actriz Gillian Anderson a un nivel sencillamente “sublime”.

Anderson es mundialmente reconocida por trabajos más comerciales y de éxito rotundo como la agente Scully de los Expedientes X, o como la psiquiatra del Dr. Lecter en la serie de TV Hannibal.

La película atraviesa el deseo y la mirada del otro, desde una honestidad vivencial brutal. Es un ejercicio de adentro hacia afuera que nos dice:

Sí, tengo traumas. Sí, tengo deseos extraños. En lugar de negarlos, les voy a dar su lugar.

La verdadera liberación de las protagonistas no llega cuando derrotan al asesino en un sentido tradicional, sino cuando aceptan sus propios miedos y traumas, y deciden darles un espacio en su vida en vez de enterrarlos.

Es una catarsis queer y psicológica, en la que el monstruo se convierte en el espejo donde por fin nos atrevemos a reflejarnos. Es metaficción pura, pero cargada de una verdad tan real que duele y excita al mismo tiempo.

Mientras los grandes estudios sigan gastando millones en revivir momias nostálgicas, filmar odiseas pretenciosas o inflar productos vacíos que están al borde de perder su mercado por puro agotamiento, las propuestas sencillas de presupuesto pero gigantescas de fondo salvandonos el año.

Al final del día, el verdadero terror no es un tipo con una máscara persiguiéndote por el bosque ni un monstruo CGI saliendo de la pantalla.

El verdadero terror es pasar toda la vida huyendo de lo que realmente eres. Y si para aceptarlo tenemos que pasar por un campamento cubierto de miasma, que así sea.

Lleven repelente y dejen la culpa en casa.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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