
“Una veladora para que se cumpla y en verdad sea la última película que recicla sin consciencia ese género”

Hay que reconocerle una cosa al director de cine Ridley Scott: el hombre no le teme al ridículo a estas alturas de su carrera. Lo fascinante —y tristísimo— de su adaptación cinematográfica de ¨The Dog Stars¨, o como la titularon en español, ¨La Guerra de los Últimos¨, no es solo ver a un Scott otrora impecable (Alien 1979, Blade Runner, 1982), filmando en piloto automático, sino cómo logró agarrar la novela de Peter Heller, para convertirla en una capirotada fílmica insípida, más que un pastiche, que junta sobrantes de todo lo que ya nos empalagó del género postapocalíptico.
En el 2012, Heller intentó algo raro en la literatura: decirnos que tras el colapso global el ser humano no tenía por qué transformarse automáticamente en un caníbal o un fascista de libre mercado.
Pero claro, Hollywood no entiende de sutilidades ni de pausas contemplativas. Si no hay explosiones, hordas de lunáticos, cultos extremistas y granadas arrojadas desde una avioneta Cessna, parece que los productores no cobran el bono.
Y ahí es donde Scott mete el bisturí para destrozar la obra original, entregándonos un refrito con chispazos desabridos de Exterminio (2026, Reino Unido. Boyle D.), una Mad Max (1979, AU. Miller G.) diluida y ese halo de melodrama facilón al estilo Soy Leyenda (2007, EU. Lawrence, F).

Imagen publicitaria La Guerra de los Últimos (2026, EU. Scott R.)

Imagen publicitaria The Last of Us (2022, EU. Mazin C.)

Imagen publicitaria Soy Leyenda (2007, EU. Lawrence F.)
Imagen publicitaria Mad Max (1979, AU. Miller G.)
La verdadera catástrofe de la película no se limita a sus secuencias de acción infladas con calzador, -cada una específicamente inventada para la película y sin ninguna aparición en la novela de Heller-. Sino la ruina total de su protagonista y la forma impune en que la producción desperdicia a un reparto de peso pesado.
Es más sangriento ver a un Josh Brolin intentando darle fondo y sustancia al personaje tan profundo de Bangley -en la novela-, y tan mal descrito y poco aprovechado en pantalla grande. Como doloroso que talentos probadísimos como Guy Pearce, Allison Janney y una siempre conmovedora Margaret Qualley, sean reducidos a utilería, con guión de cartón piedra.
Todo ese despliegue actoral se desvanece frente al verdadero agujero negro de la pantalla: un anémico emocional de apego evitativo, falto de tensión, drama y carisma, que responde al nombre de Jacob Elordi, que navega la película con la expresividad de un maniqui.
No hace más de unos tres años, cuando vimos la adaptación de The Last of Us, el arco de Joel nos rompió el alma. Joel funciona porque es un tipo golpeado por la vida; un hombre que conoce el peso del trabajo duro, la pobreza pre-pandemia y la pérdida brutal.
Su evolución hacia la paternidad con Ellie es conmovedora porque la protección le cuesta cada gota de sangre; hay una verdad humana y una mugre cotidiana en su dolor.

¿Pero el Hig de Ridley Scott?
Ni como tenerle misericordia.

En pantalla, Elordi convierte a Hig en un mocoso Gen Z francamente insoportable. Este Hig nunca conmueve; no es un superviviente en duelo, sino el típico joven inmaduro que se niega a soltar la fantasía de que el mundo vuelva a ser como antes, simplemente porque el “antes” a él no le dolía.
Y aquí es donde el error de adaptación se vuelve cinismo puro. La película pinta el mundo pre-virus casi como una postal idílica de vuelos de ocio y naturaleza privada, ignorando olímpicamente que para la mayoría de la población, la vida antes del colapso, ya era un apocalipsis diario de deudas, estrés laboral y extrema pobreza — esa misma precariedad que impidió a las mayorías acceder a un mejor nivel de vida y terminó detonando la vulnerabilidad de la especie.


La profundidad de la novela de Heller Vs La superficial contemplación de Scott
Para entender por qué Hig se siente en pantalla como un joven privilegiado, inmaduro y desconectado de la realidad, hay que separar cómo construyó Peter Heller al personaje en el 2012 y qué hizo Hollywood con él al adaptarlo.
En la novela Hig no es un joven ni un “Gen Z”. Es un hombre en sus cuarenta y tantos años, de una generación que conoció perfectamente el mundo adulto pre-pandemia (trabajo, matrimonio, pérdida, hipotecas, sueños de juventud reemplazados por los de la adultez aterrizada).

Un hombre de clase media apasionado por la naturaleza, la pesca con mosca y la aviación civil básica. Heller (quien además de novelista es un reconocido cronista de viajes y naturaleza para revistas como National Geographic), proyecta en Hig una visión romántica de la naturaleza muy propia de la tradición literaria estadounidense (al estilo de Henry David Thoreau o Ernest Hemingway).

En el libro, su “vida cómoda” en el hangar no es una postura de ignorancia, sino el resultado del pragmatismo de Bangley (el militar/survivalista que puso las armas y el perímetro), combinado con el hecho de que Hig era de los pocos que sabía pilotar una avioneta para patrullar.
Ahora, en su película Ridley Scott retira todo esto y comete uno de los peores errores de casting: Jacob Elordi. Al elegir a un actor joven y con un aura marcadamente contemporánea para interpretar a Hig, el conflicto cambia radicalmente de tono.

Bajo la vestimenta de Elordi, el dolor de Hig deja de sentirse como el duelo trágico de un adulto que perdió a su esposa e hijo no nato, y llega a verse como melancolía caprichosa de un joven que “no quiere aceptar que el mundo cambió”.
Al no mostrar la experiencia de la vida adulta previa al colapso, su fijación por volar y pescar se percibe en pantalla como el pasatiempo de un muchacho rico e insustancial refugiado en un aeródromo privado mientras el resto del mundo se muere de hambre.
Aunado a esto, la novela está narrada desde una perspectiva marcadamente ecológico-existencial. Para el autor, el problema de la humanidad no era la economía, sino la desconexión del ser humano con la naturaleza. Por eso, el virus opera en el libro casi como un “respiro ecologista” donde los ríos se limpian y los animales vuelven.
Esto refleja la mirada de una clase acomodada que puede permitirse ver al mundo natural como un santuario espiritual, ignorando las dinámicas de clase, deuda y precariedad urbana.
Pero, en la película este sesgo no se corrige, al contrario, lo acentúa al no profundizar en la psicología de los supervivientes externos. Muestra a los de “afuera” únicamente como masas desesperadas o tribus violentas. Y a Hig en su hangar: con espacio, combustible y tiempo libre para contemplar el cielo, la película convierte la travesía de Hig en la búsqueda de un turista emocional que sale de su propiedad privada a explorar el caos exterior.
Hig en la película termina sintiéndose desconectado porque la adaptación conservó la nostalgia contemplativa del libro pero le quitó el peso de la edad, la culpa y la devastación interna que la justificaban.
Al poner esa nostalgia en el molde de una producción hollywoodense de gran presupuesto, con un protagonista joven en ascenso, la película transforma involuntariamente una meditación sobre el duelo, en la historia de un joven privilegiado que juega a volar en medio de la ruina humana.
El Hig de Scott vive atrapado en una doble burbuja: antes del virus, la burbuja de la ignorancia de clase; después del virus, la de la evitación. Mientras allá afuera el resto sufre la crudeza de la supervivencia, ´nuestro héroe´ pasa los días en su hangar, lamentándose entre la pesca, convivir con su perro y paseos aéreos porque la realidad insiste en despeinarlo.

No tiene mayores ambiciones ni problemas reales más allá de un aburrimiento existencial que la cámara intenta vender como “poesía”. Para colmo, su fijación caprichosa por seguir la señal de radio —dejando el perímetro expuesto y a Bangley solo frente a los atracos constantes— no se siente como fe en la humanidad, sino como la irresponsabilidad de un nepobaby que abandona la casa porque le dio flojera pagar la renta moral.

Fotorama de la película La Guerra de los Últimos (2026, EU. Scott R.)

Fotorama de la película Exterminio: El Templo de los Huesos (2026, UK. Boyle D.)
Incluso el romance con Cima muta en una suerte de Twilight apocalíptico donde Hig parece pedirle permiso al fantasma de su esposa embarazada antes de dar el paso, rematado con una pincelada de misticismo baratón mediante la comunidad menonita.
En lugar de entregarnos el drama íntimo de un hombre aprendiendo a confiar otra vez tras perderlo todo; Scott nos arrojó una fantasía de supervivencia para juniors desentendidos. Una lástima por la propuesta de Heller, y una pena por Ridley, que cambió la grandeza, por dirigir el berrinche más caro, superficial y desconectado del cine de este año.




