
En las elecciones del 2000, Vicente Fox sacó al PRI de Los Pinos; 26 años después, se fue a meter a la oficina de Alejandro Moreno para impulsar la alianza entre el PAN y el PRI. No fue una ocurrencia o un dislate, el expresidente cree, genuinamente, que debe apoyar cualquier iniciativa que tenga un objetivo: detener a Morena, el proyecto creado por su archienemigo Andrés Manuel López Obrador.
El destino quiso que Vicente Fox hiciera historia. Con su triunfo, el 2 de julio de 2000, se cumplió el anhelo de varias generaciones: que el PRI perdiera la Presidencia de la República. Él tenía entonces 58 años de edad, había tenido una larga carrera como empresario (fue director de Coca-Cola Company en México, y pertenecía a una familia de agricultores dedicados al cultivo, empaque y exportación de hortalizas). No tenía ni 15 años de carrera política. En 1988 fue electo diputado federal; en 1995, gobernador de Guanajuato y, en 2000, presidente de la República.
Su triunfo fue producto del hartazgo social, de una buena campaña que supo explotar con astucia e ingenio su perfil dicharachero y desenfadado, y de un presidente (Ernesto Zedillo) divorciado con su partido y enfocado en un solo objetivo: mantener a flote un modelo económico neoliberal, que era compartido por el PAN y la nueva corriente dominante de priistas en el poder, conocida como los tecnócratas.
Desde entonces, Vicente Fox ya era un representante del PRIAN que, como presidente, evitó desmontar las estructuras y tocar los intereses del régimen de partido hegemónico. El PRI no fue un problema para él en su sexenio, sino la fuerza legislativa y territorial con la que cogobernó. Su verdadero problema era Andrés Manuel López Obrador, su némesis, que desde el Gobierno de la Ciudad de México le dio un giro al proyecto cardenista de izquierda y plantó cara al neoliberalismo.
La obsesión de Fox con López Obrador lo llevó a fraguar y tolerar la trama de los videoescándalos (2004), el desafuero (2005) y el fraude electoral (2006). Su animadversión lo alió a personajes con los que había tenido problemas en el pasado, como el expresidente Carlos Salinas de Gortari, el exsenador y litigante Diego Fernández de Cevallos y, más recientemente, el empresario Ricardo Salinas Pliego.
No es extraño que Vicente Fox se reúna con Alito en las oficinas del PRI; lo extraño es que no se hayan reunido antes.
Fox está auspiciando una iniciativa a la que llama “Alma de México”, y que consiste en detectar cuadros políticos ciudadanos, capacitarlos y proponerlos como candidatos de la oposición al Congreso en las elecciones federales, o a otros cargos locales (diputados, alcaldes y gobernadores) en los comicios de 2027.
Salinas Pliego, el dueño de TV Azteca que rompió con López Obrador y Claudia Sheinbaum por su deuda millonaria al fisco, es el principal aliado de Fox en este proyecto que, en palabras del expresidente, busca “generar ciudadanía, por eso hay que convencer a la gente de votar y por eso hay que dar el primer paso, el que sí está al alcance, que en el 2027 nadie tenga mayoría”.
Hace un mes, Vicente Fox me otorgó una entrevista para el diario EL PAÍS, y en ella dejó ver el enorme rencor que aún le guarda a López Obrador y su convicción de que el proyecto conocido como Cuarta Transformación está destruyendo a México.
A López Obrador le reconoce, sin embargo, dos aciertos: haber subido el salario mínimo y haber volcado toda la acción gubernamental en los que menos tienen.
“Lo que hicimos mal fue olvidarnos en la realidad de los pobres”, dice Fox en un momento de la entrevista.
“Yo me reunía con los empresarios cada mes en Los Pinos y, cuando mencionaba el tema del salario, de subirlo más aprisa, la respuesta era rotundamente en contra, y yo me tragué el anzuelo”, dice en otro fragmento.
Pero luego se contradice, cuando afirma que a la gente hay que darle educación, y no dinero, para que esté de huevón: “los programas sociales destruyen la iniciativa personal, el emprendimiento y le quitan a la gente ese deseo de luchar por ser alguien y alcanzar metas grandes. Te llevan a la comodidad, a la tranquilidad de vivir mediocremente, destruyen toda la iniciativa del ser humano”.
En esa entrevista, vi a un Fox que, a sus 84 años, ya se mueve con dificultad, auxiliado con un bastón, y que pasa la mayor parte del tiempo sentado en una silla en la terraza de su estudio. Rodeado de fotografías y recuerdos de sus viejas glorias, el expresidente pasa el día haciendo corajes, leyendo noticias y mensajes que llegan a su teléfono celular, que se ha convertido en su conexión con el mundo. A través de la pantalla consume notas, videos y memes, a los que muchas veces reacciona con sus propios posteos.
Odia profundamente a AMLO y está seguro de que, en ocho años, Morena ha hecho más daño que el PRI en siete décadas. Y de no piensa distinto: “Y Claudia Sheinbaum, mucho más elegantita, con una sonrisa en la boca, pero ya destruyó el Poder Judicial, ya destruyó el poder electoral, ya destruyó todos los balances y contrapesos”.
Por eso, Fox está dedicando el último aliento que le queda para impulsar una alianza que le quite la mayoría a la 4T y que encuentre, en la segunda mitad del sexenio de Sheinbaum, el “garbanzo de a libra”, que pueda construir una candidatura capaz de ganar la Presidencia en 2030. Esa es su ilusión: no morirse sin ver la derrota del obradorismo.
Y en ese empeño, ya hasta le cae bien el bravucón líder del PRI que con tanto ahínco combatió a los panistas, porque él, a diferencia del panista Jorge Romero, sí está convencido de unir todas las fuerzas opositoras para enfrentar a Morena.
Ese es el plan que delineó en aquella entrevista, en su casa de Guanajuato. Por eso, el hombre que sacó al PRI de Los Pinos se pone corbata roja y se mete al PRI, desmontando toda su historia y comiéndose las promesas de cambio que hizo en su campaña del 2000.




