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lunes, agosto 3, 2026

El “cultivo” oculto de las series: La trampa formativa de las vacaciones de verano

Sara Thomson Vázquez
Licenciatura en Periodismo. Maestría en Administración Pública. Doctorante de Administración Pública en el ISAP.

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El año comienza su segunda parte y, en los primeros destellos mediáticos, comienza a desdoblarse la tela donde se imprimirá esta parte de la historia del mundo y de nuestro país. Pero antes habría que valorar el impacto de nuestra actividad más cotidiana en la forma de interpretar el mundo, que luego se traduce en el actuar de toda una generación.

En nuestro acontecer inmediato comienza a cerrarse un periodo de vacaciones que, dicho sea de paso, tuvo un activismo bastante nutrido después de que quedara en las páginas de la historia el Mundial de Futbol que tuvo espacio en México, Estados Unidos y Canadá, como un reflejo de la construcción de un tratado de comercio hacia la nueva era.

Pero mientras esperamos que los niños y jóvenes regresen a casa, hay un activismo que rige nuestros días: las poderosas series de las plataformas de streaming. Sí, Netflix, Disney Plus, Prime Video, Vix, etc. Todas son nuestra mejor compañía durante este tiempo.

La verdad es que todo comenzó en la segunda parte de la década de los 70. Los niños y jóvenes comenzaron a abandonar los cómics para ser fans de las series de acción y bonanza de aquel tiempo. La novedad no era solamente la imagen nítida a colores, sino la repetición doméstica. Los personajes entraban cada semana al hogar y se convertían en conocidos comunes para millones de personas.

Series como Los Ángeles de Charlie, El Hombre Nuclear, Dallas, Dinastía, Emergencia, El crucero del Amor, Magnum, difundieron distintos modelos de autoridad, feminidad, independencia, riqueza y justicia. Las series policiales convirtieron a detectives, médicos y abogados en héroes reconocibles. El heroísmo dejó de pertenecer exclusivamente a guerreros o santos y se trasladó a profesiones modernas.

La telenovela también evolucionó. Del melodrama de Cenicienta —mujer pobre y virtuosa que alcanza el amor y el matrimonio— surgieron protagonistas profesionales, mujeres divorciadas, madres solteras y antagonistas con motivaciones complejas. El matrimonio dejó de ser la única culminación posible, al grado que estábamos entregados a un título como Dos mujeres, un camino, que romantizaba la infidelidad.

Entonces llegó a nuestro televisor casero la posibilidad de ver producciones grabadas tantas veces como quisiéramos, particularmente las series esperaron la entrada de los CDS, que se rentaban y provocaban encerronas hasta de tres días, muchas veces sin dormir. Aquí es donde el contenido toma un giro y se colocan a la delantera de la preferencia las series de narcotraficantes, que logran producciones millonarias en una mezcla de historia contada entre lo ficticio y lo real que fascina a la gente.

Las narco-series como La reina del sur y El señor de los cielos, socializan, heroizan y normalizan el crimen, y lo hacen parte de nuestro entorno de convivencia al grado que causan una distorsión formativa, sobre todo en la clase más vulnerable. Esta humanización se convierte en legitimación cuando el sufrimiento del delincuente es individualizado y el de sus víctimas, casi invisible.

Bueno y de ahí llegamos a las bio-series, que tienen el poder de revivir y hasta crear el amor o el odio de alguien ya olvidado, según qué tan bueno sea el guión.

Por estos días todo este “cultivo” de pensamiento se ha complicado mucho más; la pantalla cabe en una mano, entra a la recámara y acompaña hasta a un niño todo el día. Ya no hay horario ni final de programación. El algoritmo estudia cada reacción y ofrece más de lo mismo.

Los últimos días se ha abierto el debate en México porque en países como Australia y Brasil, discuten límites al acceso infantil a redes sociales. No es una batalla contra la tecnología. Es la preocupación de que estemos entregando la formación moral de la próxima generación a sistemas diseñados para capturar su atención.

Nunca habíamos tenido tanto acceso a la información y, sin embargo, nunca había sido tan urgente enseñar a distinguir entre información, conocimiento, ficción y verdad.

Porque cuando una sociedad usa la pantalla para mantener quietos a sus niños, puede descubrir demasiado tarde que, mientras sus cuerpos permanecían inmóviles, alguien más estaba formateando su pensamiento.

Las vacaciones pueden significar una gran trampa educativa para las nuevas generaciones. Es importante pensar en eso. Sólo basta reflexionar con profundidad a quién o quiénes hemos estado imitando a través de nuestra propia historia. Estamos a tiempo. Aún le falta al verano 2026.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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