
“La nueva gneración de cardenales demostró tener una brújula moral que no se deja influenciar por el dinero o las presiones políticas”.
Es evidente que, como nunca, el actual gobierno de Washington genera la más nutrida de las agendas mediáticas de todos los tiempos. Pese a que en la ocasión anterior hablamos de los hilos de poder que tienen su backstage en Texas —con un modus operandi digno de una superproducción de Hollywood—, lo obvio es terminar nuestra historia y hablar de la antorcha de poder detrás del trono que pasará a la siguiente generación. Pero antes de poder abordar ese tema, no podemos eludir el desglose que explique tantos dimes y diretes del actual gobierno norteamericano contra el actual Papa de la Iglesia Católica, el Papa León XIV.
Pareciera que en las declaraciones no hay otra cosa que malestar sin una explicación lo suficientemente válida. No muchos lo notaron, pero todos estos meses, desde la designación del nuevo Papa, se ha percibido una inusual incomodidad de Trump y de algunos de los miembros de su círculo.
Pero todo tiene una explicación que, por más rango de secrecía con que se guarde, los actuales líderes norteamericanos revelan con sus acciones tan evidentes, como quien no controla sus emociones.
El primer acto: La visita del vicepresidente y la muerte del Papa
El primer acto de esta puesta en escena comienza con la singular visita del vicepresidente JD Vance al Vaticano, apenas unos días antes de la muerte del Papa Francisco. Vance fue el último alto cargo extranjero en ver con vida al pontífice, horas antes de su fallecimiento, ocurrido el 21 de abril de 2025 a los 88 años de edad. La coincidencia temporal no pasó desapercibida para los observadores más atentos, y las redes sociales no tardaron en apodarlo como el “Ángel de la Muerte”.
Días más tarde, Donald Trump se presentó con traje azul —no negro— en el funeral del Papa Francisco, celebrado el 26 de abril de 2025 en la Plaza de San Pedro. Esta elección de vestimenta destacó en la ceremonia, donde la mayoría de los asistentes siguieron el protocolo de luto riguroso: traje oscuro y corbata negra. Fue una falta de respeto ceremonial que traslucía sus aires de superioridad en el territorio de la llamada Santa Sede.
El funeral fue también marco para una reunión diplomática que más bien parecía obedecer a algún tipo de pacto con el Vaticano. Trump y el líder ucraniano Volodímir Zelenski mantuvieron un encuentro de aproximadamente 15 minutos en el Vaticano en uno de los grandes salones, su primera conversación cara a cara desde su agria discusión en el Despacho Oval en febrero de 2025.

La trama oculta: La presión de Washington sobre el cónclave
No sabemos si el móvil de todo esto fueron problemas de financiamiento del Vaticano, pero la situación de influencia de Trump en el proceso de elección se observó desde entonces. La Casa Blanca, a través de su vicepresidente católico, estaba enviando un mensaje claro sobre el tipo de liderazgo que esperaba para la Iglesia.
Justo antes del cónclave, Trump intentó robarse el protagonismo. En sus propias palabras, anunció que se avecinaba “una noticia que alegraría y llenaría de orgullo a Estados Unidos”. Para cualquier observador, era una señal evidente de que esperaba un desenlace favorable a sus intereses.
Cuando el cónclave eligió al cardenal Robert Francis Prevost como Papa León XIV, Trump no tuvo más remedio que calificar la decisión como una “gran sorpresa”, dejando entrever su evidente decepción. Su candidato era el ultraconservador Raymond Burke, un aliado natural de la extrema derecha estadounidense. Ciudades como Dallas, Houston y Austin cuentan con comunidades muy activas de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro (FSSP), una organización que Burke protege y promueve, y una de las corrientes tradicionalistas que más respalda a Trump.
Pero la sabiduría del Colegio Cardenalicio prevaleció, eligiendo a un americano sí, pero uno con espíritu independiente y con un profundo amor por la comunidad latina. Sobrevivir a la presión de Washinton, fué “Bocato di Cardinale”, que el mundo abrazó.
La guerra abierta contra el Papa
La decepción inicial de Trump pronto se transformó en una feroz campaña de ataques contra el nuevo Pontífice. Ha llegado a llamarlo “débil con el crimen” y “pésimo en política exterior”, llegando incluso a publicar (y luego borrar) una imagen blasfema para el mundo, de sí mismo como Jesucristo.
Pero lo más revelador de este pulso es el curioso comentario de Trump sobre el hermano del Papa. Louis Prevost, el hermano mayor de León XIV, es un declarado seguidor de MAGA que ha estado en el Despacho Oval y ha sido invitado a Mar-a-Lago. Frente a este panorama, Trump declaró con desdén: “Me gusta mucho más su hermano Louis que él”, porque Louis es “totalmente MAGA. Él lo entiende, y Leo no”. Incluso llegó a insinuar que el Papa “solo fue elegido porque la Iglesia pensó que esa era la mejor manera de lidiar con el presidente Donald J. Trump”y que jamás estuvo en las listas.
La Casa Blanca no se quedó solo en los ataques. El vicepresidente JD Vance, actuando como un verdadero emisario, ha utilizado su cargo para presionar directamente al Vaticano. Su mensaje ha sido una sugerencia apenas velada para que la Santa Sede se limite a “cuestiones de moralidad” y deje la política exterior en manos de Washington.
La lección final
El poder de Washington subestimó la sabiduría del Colegio Cardenalicio y la fuerza de la tradición. Una vez más el antiguo poder se enfrenta a los nuevos pensantes. Eligieron a un Papa que no es dócil a los designios de Washington. Sobre todo, la nueva generación de cardenales demostró tener una brújula moral que no se deja influenciar por el dinero o las presiones políticas.
Lo que sigue es desglosar los pasos que seguirá la nueva generación de poderosos para tomar la antorcha que sostiene Texas. Por lo pronto, queda claro que el mundo tiene esperanza.


