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viernes, agosto 28, 2026

Cuando la información se convierte en arma: ciberacoso y violencia digital en la era de las redes

Mariel Montes
Catedrática investigadora de la Universidad de Sonora. Educadora y psicóloga. Coordinadora del Laboratorio de Comunicación y Servicios de la Universidad de Sonora

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Psicóloga Mariel Montes
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En la actualidad, las redes sociales no solo funcionan como espacios de interacción, sino también como escenarios donde la información circula, se transforma y, en muchos casos, se distorsiona. En este entorno, una de las formas de violencia más preocupantes es el ciberacoso, particularmente cuando implica la manipulación de contenidos con la intención de denigrar, ridiculizar o incitar al odio hacia una persona.

A diferencia de otras formas de agresión, el ciberacoso tiene una característica distintiva: su capacidad de amplificación. Un comentario, una imagen o un fragmento de video pueden ser editados, sacados de contexto y difundidos de manera masiva en cuestión de minutos. Este proceso no solo altera el contenido original, sino que construye una narrativa que posiciona a la víctima desde la burla, el señalamiento o la deshumanización (Sánchez, 2021).

Desde la psicología, resulta fundamental comprender que estas prácticas no son actos aislados ni espontáneos. Se insertan en dinámicas sociales donde el anonimato, la inmediatez y la validación digital —a través de “likes”, compartidos o comentarios— refuerzan conductas agresivas. La distorsión de la información se convierte así en una herramienta de poder: quien controla la narrativa, controla también la percepción colectiva.

Uno de los elementos más preocupantes es la facilidad con la que las audiencias participan en este proceso. Muchas personas replican contenido sin cuestionar su veracidad o contexto, contribuyendo a la construcción de discursos de odio. En este sentido, el ciberacoso no solo involucra a quien inicia la agresión, sino también a quienes la difunden, la validan o permanecen en silencio.

Las consecuencias para las víctimas son profundas. La exposición constante, la pérdida de control sobre la propia imagen y la sensación de ser observados y juzgados generan altos niveles de ansiedad, vergüenza, aislamiento y deterioro en la autoestima. Estas experiencias pueden derivar en afectaciones significativas en la salud mental, incluyendo depresión e ideación suicida (Hinduja & Patchin, 2021; UNESCO, 2023) .

Además, el impacto del ciberacoso se intensifica por su permanencia. A diferencia de la violencia presencial, el contenido digital puede mantenerse en circulación indefinidamente, reactivando el daño cada vez que es visualizado o compartido. Esto dificulta los procesos de reparación emocional y prolonga el sufrimiento de las víctimas.

Desde la consulta clínica, esta problemática adquiere un rostro concreto. Como señala Montes  (2026), cada vez es más frecuente que consultantes —adolescentes y adultos— acudan a terapia tras haber sido expuestos en redes sociales mediante información manipulada, sacada de contexto o difundida con intencionalidad de daño. En estos relatos, se repiten experiencias de humillación pública, sensación de persecución y pérdida de control sobre la propia narrativa.

Asimismo, Montes (2026) advierte que muchas de estas experiencias no son identificadas inicialmente como violencia, debido a que se encuentran normalizadas dentro de la cultura digital. La burla, la exposición y el “linchamiento virtual” suelen justificarse como entretenimiento o libertad de expresión, invisibilizando sus efectos psicológicos y sociales.

Desde una perspectiva más amplia, el ciberacoso puede entenderse como una forma de cibervictimización, donde se utilizan medios digitales para ejercer agresión, difamación o exclusión social hacia una persona (Ybarra, 2020) . En este sentido, no se trata únicamente de interacciones individuales, sino de fenómenos colectivos que pueden escalar rápidamente.

Frente a este panorama, es necesario promover una alfabetización digital crítica que permita a las personas no solo consumir información, sino también cuestionarla. Antes de compartir contenido, resulta fundamental preguntarse por su origen, su intención y sus posibles efectos. La responsabilidad en el entorno digital es colectiva: cada interacción contribuye a construir —o a frenar— la violencia.

En última instancia, el desafío no radica únicamente en regular el uso de la tecnología, sino en transformar la manera en que nos relacionamos en ella. Porque detrás de cada pantalla hay una persona, y detrás de cada contenido compartido, una responsabilidad ética.

Frente al ciberacoso, es fundamental comprender que no se trata de “conflictos en redes” ni de “malos entendidos”, sino de una forma de violencia que requiere ser atendida con seriedad. En el caso de quienes ejercen estas conductas, la intervención no debe centrarse únicamente en la sanción, sino también en la comprensión de los factores que las sostienen. Muchos agresores operan desde el anonimato, la desinhibición digital y la búsqueda de validación social; sin embargo, esto no exime la responsabilidad de sus actos. Es necesario promover procesos de responsabilización, donde se reconozca el daño causado, se desarrollen habilidades de empatía y se cuestionen las creencias que legitiman la violencia.

En contextos educativos o familiares, es importante evitar respuestas exclusivamente punitivas y, en su lugar, implementar estrategias formativas que incluyan educación socioemocional, alfabetización digital y trabajo sobre el uso ético de las redes sociales. No obstante, cuando las conductas implican daño psicológico, difusión de contenido íntimo, amenazas o incitación al odio, se requiere una respuesta institucional y legal.

Para las víctimas, el primer paso es documentar la evidencia: capturas de pantalla, enlaces, nombres de usuario, fechas y cualquier elemento que permita acreditar la agresión. Posteriormente, es recomendable reportar el contenido directamente en la plataforma digital, ya que muchas redes cuentan con mecanismos para denunciar acoso, suplantación de identidad o contenido abusivo.

En México, estas conductas pueden denunciarse a través de instancias como la Policía Cibernética, disponible en distintas entidades federativas, así como en la Guardia Nacional mediante su área de atención a delitos cibernéticos. Asimismo, cuando el ciberacoso implica la difusión de contenido íntimo sin consentimiento, puede encuadrarse dentro de la llamada “Ley Olimpia”, que sanciona la violencia digital y protege la intimidad sexual.

También es posible acudir al Ministerio Público para levantar una denuncia formal, especialmente en casos donde exista daño a la reputación, amenazas, extorsión o afectaciones a la integridad emocional. En estos procesos, el acompañamiento psicológico resulta fundamental, tanto para contener el impacto emocional como para fortalecer recursos personales frente a la exposición y el estrés que conlleva la denuncia.

Finalmente, es importante subrayar que no responder, bloquear y denunciar no es debilidad, sino una forma de autocuidado y protección. La responsabilidad de la violencia nunca recae en la víctima. Visibilizar estos actos, nombrarlos y actuar frente a ellos es un paso necesario para construir entornos digitales más seguros.


📚 Referencias (APA 7ª edición)

  • Hinduja, S., & Patchin, J. W. (2021). Cyberbullying: Identification, prevention, and response. Cyberbullying Research Center.
  • Montes Castillo, M. (2026). Reflexiones clínicas sobre ciberacoso y violencia digital en consulta psicológica. Manuscrito inédito.
  • Sánchez, M. J. (2021). Prevalencia y características del acoso y ciberacoso. Revista científica.
  • UNESCO. (2023). Behind the numbers: Ending school violence and bullying. UNESCO Publishing.
  • Ybarra, M. L. (2020). Cybervictimization and its psychological impact.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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