
Durante muchos años entendí la vida como una competencia.
Y no era una forma de decirlo: así la vivía. Crecí midiendo mi esfuerzo en tiempos, resultados y medallas. Aprendí que siempre hay alguien más rápido, más fuerte o más disciplinado… y que, si quería llegar lejos, tenía que dar un poco más que los demás.
Con el tiempo entendí que el deporte no solo me formó como atleta, también me formó como persona.
Me enseñó a ser constante, incluso cuando nadie está viendo.
A levantarme después de perder, aunque duela.
A confiar en los procesos, aunque los resultados tarden.
Me enseñó que las cosas no pasan por suerte, pasan porque decides intentarlo una y otra vez.
A ser una persona “extraordinaria”, entendiendo que se trata de una palabra compuesta “extra” y “ordinaria”. Una persona que da el extra.
Hoy me doy cuenta de que todo eso lo sigo usando fuera de las competencias deportivas.
Lo uso en mi trabajo, cuando las cosas no salen a la primera.
Lo uso en mi casa, en los días buenos y en los caóticos.
Lo uso como mamá, cuando toca tener paciencia, energía… y volver a empezar al día siguiente.
Porque la vida, aunque no se mida en medallas, también requiere disciplina, constancia y mucha resiliencia.
Claro, también aprendí algo importante: no todo en la vida se gana, no todo se controla y no todo tiene que ser perfecto. Pero eso no borra lo valioso que me dejó el deporte.
Al contrario, me ayudó a entender que la verdadera fortaleza no está solo en exigirnos, sino en sostenernos.
Hoy sigo creyendo en dar lo mejor de mí, ese “extra”.
Sigo creyendo en la disciplina, pero también en escucharme.
Sigo creyendo en avanzar, pero sin olvidar que también es válido hacer pausas.
El deporte me enseñó a no rendirme. A ser resiliente.
Y la vida me ha enseñado a hacerlo con equilibrio.
Y entre esas dos cosas, sigo aprendiendo todos los días.
Porque al final, no se trata solo de llegar… sino de quién te conviertes en el camino.


