Hermosillo, Sonora.- Entre música, recuerdos y pasos de rock and roll, amigos y asistentes habituales despidieron con cariño a Lupita Rosales, figura entrañable del ambiente nocturno en el Club Obregón ubicado en el corazón de Hermosillo, recordada por su energía, su cercanía con la gente y, su ya característico baile con una caguama en la cabeza.
Durante años, Lupita se convirtió en un rostro familiar para quienes frecuentaban el lugar, donde su presencia no pasaba desapercibida: siempre dispuesta a bailar, convivir y hacer sentir bien a quienes la rodeaban, sin importar si los conocía o no, sentada en una mesa a la orilla de la pista.
“Siempre tocaban rock and roll y aunque mi pareja no baila, yo siempre sacaba a Lupita a bailar; teníamos muchos años haciéndolo y muchos videos juntos”.
Quienes la conocieron coinciden en que su esencia iba más allá del espectáculo que generaba en la pista, pues destacaba por su trato amable, su accesibilidad y la manera en que lograba conectar con las personas, convirtiendo cada encuentro en un momento especial.
Uno de los aspectos más recordados es su singular forma de bailar con una caguama en la cabeza, una imagen que quedó grabada entre quienes compartieron pista con ella, aunque, paradójicamente, no consumía alcohol.
“Cuando suena el rock and roll, ahora ya no voy a tener con quién bailar; la voy a buscar, pero sé que ya no va a estar”, señalaron.
Entre anécdotas, quienes la acompañaron durante años aseguran que su legado permanecerá en cada canción, en cada baile y en el ambiente que ayudó a construir, dejando una huella difícil de llenar.
Hoy, Lupita Rosales es recordada no solo por su estilo único, sino por la alegría que transmitía y por haber hecho del baile una forma de conectar con todos, convirtiéndose en un símbolo querido por la comunidad.






