Por Sandra Romandía / Emeequis (Colaboración especial)
EMEEQUIS.– La detención y muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, ‘El Mencho‘, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, es sin duda un hecho relevante. Sería absurdo minimizarlo; se trata del rostro más visible de una de las organizaciones criminales más expansivas y violentas del continente. Pero una organización criminal no es un rostro, es una estructura, y las estructuras no se desvanecen con un abatimiento.
Durante los últimos años, el liderazgo operativo del CJNG no descansaba exclusivamente en la figura de ‘El Mencho’. Su deterioro físico, particularmente por problemas renales documentados desde hace al menos dos años, había reducido su exposición y su presencia directa en el mando cotidiano.

En el libro Testigos del horror (Grijalbo, 2025) documenté, a partir de testimonios de sobrevivientes del Rancho Izaguirre y de otras investigaciones paralelas, cómo el poder real se distribuía ya en operadores de alto nivel. Entre ellos, uno de los nombres que emerge con mayor fuerza es Gonzalo Mendoza Gaytán, ‘El Sapo’ o ‘090’.
No es un apodo menor dentro del engranaje. Los testimonios coinciden en describirlo como figura de mando en la sierra jalisciense, particularmente en el corredor entre Tala, Puerto Vallarta, Tapalpa e Ixtapa.
Un operador que no usaba teléfonos, que recibía reportes por mensajeros escritos, que tenía fuertes cinturones de seguridad, que decidía ascensos, castigos y ejecuciones. Un mando que supervisaba entrenamientos y pruebas de reclutamiento forzado. Un hombre cuya autoridad no era simbólica sino ejecutiva.

Otra posibilidad en la línea de mando es Audias Flores Silva, ‘El Jardinero’, señalado como operador clave en Jalisco y Michoacán y responsable de procesos de expansión en estados como Zacatecas. También aparece Juan Carlos Valencia González, ‘El 03’, hijastro de Oseguera, por quien la DEA ofrece una recompensa de hasta cinco millones de dólares.
El CJNG no operó como una banda vertical dependiente de un solo jefe. Funcionó —y funciona— como un sistema de franquicias criminales. En al menos 20 estados del país, la organización estableció células con relativa autonomía operativa, pero bajo un modelo común: reclutamiento forzado de jóvenes, entrenamiento en campos clandestinos, especialización en extorsión, cobro de piso, control de rutas de droga y cooptación local de autoridades. Parte de los ingresos se concentran en la cúpula, y parte se revierten en expansión territorial.
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