
Un día tienes 17 años y quieres comerte al mundo. Estás convencido de que ya eres lo suficientemente maduro y no dudas en decírselo a cualquier adulto que intente marcarte un norte. Según tú, ya has vivido demasiado. Y como dice el dicho, crecemos con los daños, no con los años.
La crianza, las carencias, las necesidades… todo suma. Sin embargo, pasan los años y sigues tropezando una y otra vez. Llegan los 20 y, de pronto, estás en ese punto donde “ya deberías tener la vida resuelta”. Al menos un plan. Pero no hay plan A, mucho menos un plan B.
Avanzas solo porque los días avanzan. Estudias a medio esfuerzo —si tuviste la suerte de hacerlo— con la cabeza puesta en generar, en proveer, en sobrevivir. Enero se convierte en diciembre sin darte cuenta, pensando únicamente en el día siguiente. Sin saber que llevas años viviendo en modo supervivencia, porque nadie te enseñó cómo se vive de otra forma. Y siguen pasando los otoños… aunque en Sonora apenas se noten.
En un abrir y cerrar de ojos te conviertes en padre, y esa ola te arrastra. Los años pasan, sigues viviendo al día, y sin previo aviso llega la adolescencia de tus hijos… con un sinfín de niveles no desbloqueados.
¿Por qué? Porque sigues en modo supervivencia. No has bajado la guardia. Sigues intentando demostrar que puedes con un peso que asumiste demasiado joven, convencido de que podías solo, sin ayuda, como si la vida fuera el enemigo.
Y ahí estás de nuevo, pero ahora del otro lado. Frente a un jovencito que cree que puede comerse al mundo, que todo lo sabe, que todo lo puede. Que, así como tú alguna vez pensaste que podrías sin tus padres, hoy cree que puede sin ti.
Y cae como balde de agua fría ese reflejo de ti mismo. La diferencia es que ahora tienes algo a favor: la experiencia. Aunque, quizá —solo quizá—, no has aprendido a comunicarte con él.
Entonces haces las mismas preguntas de siempre:
—¿Cómo te fue en la escuela?
Y cuando la respuesta es un “bien”, seco, breve, la conversación se apaga.
No existe una guía perfecta para ser padre. Nadie te entrega un manual paso a paso. Pero informarte en espacios especializados quizá ayude más que consultar un par de TikToks al día.
Después de la escuela o alguna actividad, podríamos cambiar el ¿qué tal te fue? por preguntas como estas:
¿Qué fue lo más difícil de tu día?
¿Quién es la persona más pesada de tu clase?
¿Hay alguien que te haga sentir incómodo, compañero o maestro?
Si pudieras cambiar algo de tu vida, ¿qué sería?
¿Cómo sería un día perfecto para ti?
¿Crees que podría mejorar en algo como tu padre o madre?
Y aquí viene lo importante: el secreto no está en la pregunta, sino en nuestra postura ante sus respuestas. Ahí es donde tu hijo encontrará refugio… o infierno.
Si te dice que reprobó, en lugar de agredir, retar o cuestionar, intenta algo distinto:
—¿Cómo te apoyo?
—¿Qué podemos hacer para que el próximo semestre te vaya mejor?
A veces, nuestras respuestas son la razón por la que sus respuestas no avanzan.
La convivencia de calidad va más allá de solo coexistir bajo el mismo techo. Ponte a prueba.
Este fin de semana hagan algo que les guste a ambos. Juntos. Tal vez creas que “conviven” visitando a la abuela, pero ni se vinculan ni se escuchan, porque él no se siente cómodo. Tampoco se trata de hacer únicamente lo que a tu hijo le gusta, porque terminarás forzado y eso no se sostiene en el tiempo.
Intenta algo distinto: sin teléfonos, salgan a caminar, al parque, al cine. A cualquier lugar donde estén solo ustedes dos. Escucha. Solo escucha. Sin confrontar.
Eso ayudará a que tu hijo desaprenda a vivir en modo supervivencia, y a que tú reaprendas a conocer a tus hijos.
El vínculo puede retomarse en un momento breve si ambas partes entran en sintonía.
Te deseo suerte.
Nos leemos la próxima semana.


