
Esta semana vi un video en Instagram donde una mujer enumeraba todos los aspectos que, hoy en día, se espera que cumplamos y todas las reglas externas a las que debemos adaptarnos. La frase que más me resonó fue: ser mujer es un deporte extremo en la actualidad.
Y sí, tiene razón. A las mujeres se nos exige y nos exigimos demasiado, tanto física como mentalmente. Ser profesionales, madres, parejas, hijas, estar bien emocionalmente, vernos bien, rendir al máximo y, de paso, no quejarnos.
Sin embargo, al profundizar en el tema, entendí que esta presión no es exclusiva de un solo rol. Cada miembro de la familia está enfrentando sus propias batallas, muchas veces en silencio, intentando cumplir expectativas que no siempre son visibles ni justas.

Nuestros hijos, por ejemplo, crecen en un mundo sobreinformado y acelerado. Están expuestos desde muy temprana edad a redes sociales, comparaciones constantes, múltiples actividades, exigencias académicas y expectativas sociales. Todo esto mientras intentan adaptarse a nuestras rutinas, tiempos y decisiones como adultos. Les pedimos que sean resilientes, maduros y fuertes, pero pocas veces nos detenemos lo suficiente para preguntarles cómo se sienten realmente.
Los padres tampoco la tienen fácil. Hoy no solo se espera que provean, sino que estén presentes emocionalmente, que resuelvan, que sean guías, apoyo, ejemplo y, en muchos casos, el pilar que sostiene a toda la familia. Un rol mucho más complejo que el de generaciones anteriores, y que también genera desgaste, estrés y, en ocasiones, culpa por no llegar a todo.
En medio de esta dinámica, resulta cada vez más claro que la salud mental no puede seguir siendo un tema secundario o individual, sino una prioridad familiar. No se trata únicamente de “estar bien” a nivel personal, sino de construir hogares más sanos, con vínculos fuertes y espacios seguros donde cada integrante pueda expresarse sin miedo, sin juicio y sin sentirse una carga.

Cuidar la salud mental es cuidar la manera en la que nos comunicamos, educamos, acompañamos y amamos. Es aprender a escuchar antes de corregir, a validar emociones antes de minimizarlas, y a reconocer que pedir ayuda no es señal de debilidad, sino de responsabilidad. Porque cuando una persona mejora su bienestar emocional, toda la familia se beneficia.
Hablar de salud mental en casa es, al final, una de las formas más profundas de amor. Y quizás eso sea lo que nuestra generación está haciendo diferente
Hoy lo vemos más que nunca: artistas hablando abiertamente de sus procesos emocionales, escuelas incorporando temas de bienestar mental, y familias empezando conversaciones que antes se evitaban. Aún queda camino por recorrer, pero el simple hecho de poner el tema sobre la mesa ya es un acto de cambio.


