
Enero siempre llega con nuevos comienzos, listas de propósitos, la sensación de que ahora sí vamos a hacerlo mejor. Pero cuando eres madre, el inicio de año no solo trae agendas nuevas: trae culpas viejas, preguntas incómodas y una autoevaluación silenciosa que casi nunca ganamos.
Volver a trabajar después de las fiestas tiene algo de despedida. Dejamos a nuestros hijos con besos apurados y frases tranquilizadoras que, muchas veces, necesitamos decirnos más a nosotras que a ellos. “Va a estar bien”, repetimos, mientras cerramos la puerta con el corazón a medio camino.
Ser madre y trabajar sigue siendo, para muchas, un campo minado. Nos juzgan y nos juzgamos por salir de casa, por no estar en cada momento, por delegar cuidados, por disfrutar el trabajo, por cansarnos. Como si la maternidad viniera con una única forma correcta de ejercerse y todas las demás fueran fallas morales.
El juicio externo es ruidoso, pero el interno es el más cruel. Esa voz que pregunta si estamos siendo suficientes. Si elegir trabajar es egoísmo. Si nos estamos “perdiendo” algo irrecuperable. Esa comparación constante con otras madres que parecen hacerlo todo mejor: con más paciencia, más tiempo, más presencia. Las vemos en redes sociales, convertidas en la imagen de la mamá perfecta: la que hace ejercicio por la mañana, prepara el lonche ideal, limpia, plancha y aun así conserva la sonrisa impecable y el abrazo siempre disponible.
Pero poco se habla de que trabajar también es cuidar. Cuidar la estabilidad del hogar, sí, pero también la identidad, la salud mental, el deseo propio. De que una madre que trabaja no abandona: sostiene de otra forma. De que el amor no se mide en horas, sino en vínculos.

El inicio de año nos enfrenta a calendarios llenos y culpas heredadas. Pero quizá también pueda ser una oportunidad para revisar las reglas que aceptamos sin cuestionar. ¿Quién decidió que una buena madre es la que se borra? ¿En qué momento normalizamos que el sacrificio absoluto sea sinónimo de amor?
Nuestros hijos no necesitan madres perfectas. Necesitan madres vivas, con sueños, con cansancio, con pasión. Necesitan vernos elegir, equivocarnos, intentarlo otra vez. Necesitan aprender que cuidarse también es un acto de amor.
Este enero, tal vez el verdadero propósito no sea organizarnos mejor, sino juzgarnos menos. Entender que no hay una sola maternidad posible. Que trabajar no nos hace menos madres. Que sentir culpa no nos hace malas, pero aprender a soltarla puede hacernos más libres.
Porque criar también es enseñarle al mundo y a nosotras mismas, que ser madre no debería doler tanto.


