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jueves, junio 11, 2026

¿Por qué el cerebro necesita ver para creer y para lograr?

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En 1968, en los Juegos Olímpicos de México, Jim Hines hizo lo que el mundo creía imposible: Corrió los 100 metros planos en 9.95 segundos, convirtiéndose en el primer ser humano en bajar oficialmente de los 10 segundos. Lo sorprendente no es solo el tiempo, sino lo que pasó después: Nadie podía romper esa marca. Parecía un capricho del destino, pero no lo era. Era neurobiología pura.

Durante décadas, entrenadores, científicos y atletas estaban convencidos de que el cuerpo humano tenía un límite. “Menos de 10 segundos es biomecánicamente imposible”, repetían. La creencia era tan fuerte que se convirtió en una verdad no cuestionada. Hasta que dejó de serlo.
Cuando Hines cruzó la meta, no solo rompió un récord: Rompió una creencia colectiva. Y ese es, quizá, el salto más grande.

En neurociencia sabemos que el cerebro humano tiene un sesgo fuerte llamado sesgo de imposibilidad percibida: El cerebro evita invertir energía en metas que considera inalcanzables. ¿La razón? Somos organismos diseñados para ahorrar esfuerzo. El cerebro funciona con el principio de eficiencia metabólica: ¿Para qué gastar recursos en algo que no es posible?

Jim Hines: Aquella vieja barrera de los 10 segundos... | Juegos Olímpicos  París 2024 | EL PAÍS

Pero cuando el cerebro recibe evidencia nueva —como un récord roto— cambia las reglas del juego. Entra en acción un proceso llamado actualización de modelos internos, donde el sistema nervioso recalibra lo que cree que el cuerpo puede hacer. Es decir, cuando vemos que alguien más lo hizo, nuestro cerebro dice: “Ah, entonces sí es posible. Podemos intentarlo.”

Y esto tiene evidencia concreta. Estudios de neuroimagen muestran que cuando observamos a otro humano lograr algo que creíamos fuera de nuestro alcance, se activa la corteza prefrontal dorsolateral, responsable de la planificación y de expandir nuestras posibilidades; también se enciende el sistema de neuronas espejo, que nos permite simular internamente la acción del otro. Biológicamente, “nos probamos” la posibilidad ajena dentro de nuestra propia mente.

Ese proceso aumenta la motivación, reduce el miedo al fracaso y libera dopamina, la hormona que impulsa la acción.

Por eso, después de Jim Hines, comenzó una ola silenciosa pero poderosa: Los tiempos empezaron a bajar “mágicamente”. Lo que parecía un muro infranqueable ya no lo era. Hines les mostró a los demás algo que la ciencia aún no había demostrado: El límite nunca estuvo en el cuerpo, sino en la creencia colectiva de lo posible.

Este fenómeno se repite en empresas, organizaciones y equipos. Cuando un área logra un resultado extraordinario, otros departamentos también empiezan a elevar sus propios estándares. Cuando un líder tiene una conversación difícil con autenticidad y éxito, otros líderes se dan permiso de hacer lo mismo. Cuando una mujer asciende a un puesto donde antes no había mujeres, de pronto las siguientes ya no necesitan “romper la barrera”, porque la barrera dejó de existir.

Jim Hines, ¿mejor que Usaint Bolt?

Básicamente no cambia la capacidad, cambia la percepción del límite y eso es exactamente lo que hizo Jim Hines. Y aquí está la enseñanza profunda: El cerebro humano no cree en las posibilidades; cree en las pruebas. Necesita ver para poder imaginar. Necesita imaginar para poder intentar. Y necesita intentar para poder lograr.

Pero eso también significa que todos —en nuestro trabajo, en nuestra vida, en nuestros proyectos— somos potenciales “rompedores de imposibles”. No por romper un récord olímpico, sino por romper creencias que otros ya dieron por ciertas. Por demostrar que sí se puede tener un equipo que se comunica sin miedo. Que sí se puede construir un liderazgo emocionalmente inteligente. Que sí se puede tener conversaciones más profundas. Que sí se puede cambiar una cultura organizacional desde adentro.

Jim Hines no solo corrió. Nos enseñó que cuando alguien se atreve a vencer un límite, los demás dejamos de ver un muro y empezamos a ver una puerta. Y esa es la verdadera magia de lo posible: Lo imposible deja de existir en el momento exacto en que alguien demuestra que no lo era.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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