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viernes, abril 24, 2026

La ciudad se está llenando de yongos

L. Carlos Sánchez
Periodista y escritor sonorense, autor de varios libros en los géneros cuento, crónica, y novela.

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Columna Contracanto

En el lugar menos esperado. Saltan a la vista: paredes improvisadas, techos de cartón reciclado. Puede ser en derredor de un árbol, en el camellón de la elegancia, en ese edificio abandonado otrora supermercado.

De manera silenciosa, una y otra vez, los yongos están allí, o aquí. Los habitan los caídos en desgracia, los ya sin familia, quienes están de paso y como proyecto tienen el retorno a la tierra que los vio nacer.

La mente urde, ungida por la necesidad, el deseo de una sombra, el cobijo contra el sereno. La analogía de las aves que anidan al paso de su aleteo. Fundan convivencia, la diversidad cultural, los muchos orígenes, un sombrero de palma o una gorra de béisbol como insigne.

Arman la hornilla, juntan barañas, desarman javas y la madera arde. Cocinan lo que el verdulero del mercado ya no puede vender, se organizan y asaltan los cruceros con su dedo índice en señal de petición: un peso, dos. Levantan franelas y ensucian los vidrios, por lo que sea su voluntad.

Se adhieren a los pelotones de la muerte, y el tiempo para que el final llegue suena en el minutero del reloj azaroso. No ha de faltar una nota en los medios que rubrique el deceso de un indigente, otro más.

Destapan pomos, beben y rolan, platican los días y la desgracia es la bandera más colorida. Van y vienen y de pronto la sonrisa es la lluvia menos esperada: Porque el crucero estaba solo y levanté para las sodas; el otro día una señora me regaló cien pesos y unos trozos de pizza.

Etiquetados, señalados. El limpia parabrisa se enciende para clausurar la oportunidad del jale, el rechazo a la brava. La empresa que fenece. Pero siguen allí, en ocasiones se van a las plazas más concurridas, y son la alegría antes sus pasos de baile y sus sonrisas serenas, completas de euforia.

Bailan y es el acto más irreverente, la oración que subraya siempre un final feliz. Porque nada puede perder quien nada tiene, salvo la libertad de andar, Y andan de aquí para allá, y se instalan donde la intuición o el azar los socorre.

La ciudad se está llenando de yongos. Inevitable recordar al Maromero, al Chihuahua, al Tin bolas, el Changuito Ceballos (éste que peleó contra el Ratón Macías por un campeonato mundial) al mismísimo Cochito Vidal quien también tiró guantes en la penitenciaría.

Personalidades y/o personajes urbanos, que enseñan la cara a la vida, y hacen una mueca contra la desventura. Levantan sus cuerpos, la pesadumbre, el pelo rebelde igual que sus acciones; andan las calles como un nuevo guion de vida cada día, levantan recompensas en los barrios, la tortilla de harina con la que hace el paro la doñita, el sodón colectivo y un trozo de queso. Al rato completar para el ánfora en el Oxxo.

Sortean las noches, ante el candil de las torretas en las patrullas, dan cuentas al más rudo de los policías, sonríen o guardan silencio, niegan como único recurso la fragilidad que da el desprecio, se arman de valor para luego contar las horas en el interior de una celda.

Mañana se dibuja como oportunidad para el retorno a ese hogar improvisado, el más digno jacal en la más connotada arteria de la ciudad.

L. Carlos Sánchez

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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