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jueves, mayo 26, 2022

La caja de pandora. Feminismo del siglo XXI

Héctor Rodríguez Espinoza
Héctor Rodríguez Espinoza
Doctor en Derecho, catedrático desde 1969 del Departamento de Derecho de la Universidad de Sonora. Editorialista y autor de 25 libros de Jurisprudencia y Cultura, Ed. Porrúa y Editorial Académica Española. Expresidente del Consejo de Certificación Barra Sonorense de Abogados. Profesionista distinguido 2013 y 2016.

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Dos de dos

VII.- MICHELLE PERROT. Para esta historiadora francesa, quien con Georges Duby dirigió los cinco volúmenes de La historia de las mujeres (Taurus), las mujeres hacen y escriben su historia. Dentro de la globalización tienen amenazas, pero sobre todo oportunidades, y en el siglo XXI aún enfrentan problemas relacionados con la religión, la violencia y el sida. Para poder hablar de la historia de las mujeres, advierte, es necesario ponerse de acuerdo con la palabra historia, porque puede definirse: “como aquello que sucede, y como el relato que se da de las cosas”. En este caso “el silencio más violento, más fuerte, es el silencio del relato histórico que, hasta nuestros días, habla muy poco de la mujer”. Esto se debe a que se dice que la historia “es la de los acontecimientos públicos, y por lo general las mujeres no forman parte de la esfera pública”, situación que sí ha cambiado con el paso del tiempo, pero antes “se consideraba que las mujeres no son las que hacen la historia” y, peor aún, que la mujer “no debería ser vista en público. Un filósofo griego decía que la mujer en público estaba fuera de lugar”.

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Si hablamos de la historia como lo que sucede, “entonces es obvio que las mujeres sí están dentro de ella. Las mujeres hicieron la cotidianidad e incluso están presentes en los grandes acontecimientos, como las guerras, pero simplemente no las hemos buscado y ese es el sentido de escribir una historia de la mujer”. Sin embargo, insiste en que sería un error afirmar que sólo las mujeres pueden relatar la historia de las mujeres, “porque sería lo mismo que decir que las mujeres no pueden escribir la historia de los hombres”.

VIII.- GUILLERMO SAMPERIO. Escribió: “Las sociedades construidas por el pensamiento masculino hasta el momento han fracasado, desde el capitalismo hasta el socialismo real. De antiguo, de las/los principales dioses de las cosmogonías primigenias, tanto la luna como la serpiente eran muy influyentes (ésta se encuentra en casi todas las culturas; incluso, en inscripciones de la época paleolítica). En la mayoría de las mitologías aparecen juntos, como dioses, el sol y la luna; pero sus relaciones también fueron tórridas. A veces estaba en el apoderamiento uno y a veces la otra. Pero en un principio tendieron a ser principales, como en la egipcia. Claro que esto correspondía a los momentos de matriarcado de la comunidad. Por ser la que recibe la luz del sol, representa el ying, siendo el sol el yang. El ying es receptivo y fecundo.

Entre los mayas, aunque le asignan la “virtud” o “el vicio” de la licencia sexual, es causa de la pelea entre Itzama (diosa de la casa de la inmensidad celeste) contra Kinich Ahau (señor-visión del sol), debido a que Itzama deseaba a la luna y que fuera su compañera (esposa); al final de la guerra entre ambos dioses, Kinich absorbió a Itzama y la disolvió. Quiero decir que los dioses del sol (de lo obvio) empezaron a cobrar mucha fuerza, hasta que las deidades femeninas fueron derrocadas (como nuestra Coyolxauhqui), tomando el apoderamiento los hombres; incluso, todavía durante los aztecas, los hombres no salían en las noches de luna llena, pues se corría la superstición (que para ellos era realidad) de que Mujeres Araña bajarían por su hilos a devorar a los hombres, como venganza del destierro de las diosas femeninas. En el fondo, aquellos hombres estaban escenificando “una culpa de especie”. La dominación de los herederos del sol, de lo masculino, lleva ya muchos siglos y creo que ya es hora de que las mujeres vayan al apoderamiento, que tomen el cielo, y se encarguen de tomar los nuevos rumbos de la humanidad.

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Parece que, a nivel cromosómico y del inconsciente colectivo (Jung) se generan tendencias hereditarias de temperamento y carácter tanto en hombres como en mujeres; esto no implica que los resultados de la naturaleza sean pertinentes en esta modernidad y en el tipo de economía que estamos viviendo.

Según Freud, en la mayoría de los comienzos de las culturas (cuando no distinguían entre lo que se fantasea y lo que es realidad) había el problema de que en el momento de las nupcias, el hombre tenía miedo, pues pensaba que podía pasarle algo malo al mancharse el pubis con la sangre de la novia; por su lado, la mujer sentía que el hombre la dañaba porque el futuro marido la hacía sangrar. La solución que encontró la comunidad fue que desvirgara a la doncella alguno de los viejos más venerables. Lo destacable de esto es que tales miedos primigenios se fueron al inconsciente colectivo (léase también biología del cuerpo), se van al olvido, pero siguen en actividad, potenciales; de pronto, surgen en posteriores sociedades, como la nuestra. Es decir, debido al miedo inconsciente del hombre a “recibir un maleficio” de la mujer, debe dominarla, someterla, sujetarla. Esta costumbre de desvirgar se convertiría en el derecho de pernada. Ahora, les toca a ellas intentar un nuevo mundo.”

IX.- HILARIO OLEA, en Editorial del Semanario Primera Plana, 10 de marzo del 2017 (El pecado de Pandora), nos aporta que desde que el mundo es mundo, además del enfrentamiento entre el bien y el mal, también se ha dado la guerra interminable de los sexos. La única que hay en el mundo animal, porque en resto de las especies no sucede. Cada quien acepta su rol y siempre se vive un sano equilibrio natural.

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Pero entre los humanos es diferente. Por alguna razón el sexo masculino ve siempre al femenino como una amenaza de su ámbito de poder. A lo largo de la historia le ha regateado la posibilidad de estar al parejo. Y ha recurrido a todo: a la ciencia, a la mitología, a la religión y a la política.

Charles Darwin, en “La descendencia del hombre” consideró que la mujer estaba por debajo del hombre en la cadena evolutiva: “La diferencia principal en la capacidad intelectual de los dos sexos queda demostrada en los logros que los hombres alcanzan en cualquier cosa que realicen, de mayor nivel de lo que puedan hacerlo las mujeres –da igual que se necesite un pensamiento profundo, la razón, o la imaginación, o simplemente el uso de los sentidos y las manos-, el promedio de inteligencia en el hombre debe estar por encima del de la mujer…”. Obvio que esta tesis no tuvo la misma difusión que su “El Origen de las Especies”, en donde sostenía que somos descendientes del mono.

De haberlo dicho en esta época hubiera sido excomulgado civil y socialmente. Pero igual sostuvo que los nativos australianos y los negros de África estaban en igualdad con los monos y deberían de desaparecer; que era esencial impedir la multiplicación de las razas inferiores. Por eso sus teorías sobre la capacidad de la mujer no prosperaron, nadie se atrevió a sostenerlas.

En el mundo antiguo también se da un trato discriminatorio al acusarla de ser la culpable de los males y del pecado original. Además de la historia de Eva y la serpiente, en la mitología griega aparece la figura de Pandora, una mujer creada por los dioses para castigar a la raza humana que retó al Olimpo, al aceptar el fuego del titán Prometeo.

Molesto por lo que hizo Prometeo, el rey del Olimpo, Zeus, ordenó a Hefesto crear a la mujer y al resto de los dioses le dio diferentes atributos para castigar a los hombres: A Minerva, la sabiduría. A Afrodita, la belleza y la gracia. A Apolo, el gusto por el arte. Pero a Hermes, el dios del engaño, le ordenó que le diera el don de la seducción, del carácter voluble, la curiosidad y la manipulación. Así creada, fue enviada a la Tierra para confundir al hermano de Prometeo y castigarlo, al seducirlo y que la aceptara con una caja regalo de los dioses, que por ningún motivo se debería de abrir, porque ahí estaban todos los males, pero también los bienes. Pandora no aguanta la curiosidad, al final abre la caja saliendo todos los males que se quedan en la tierra y los bienes que regresan al Olimpo.

De acuerdo a las crónicas: “La vejez, la enfermedad, la fatiga, la locura, el vicio, la pasión, la plaga, la tristeza, la pobreza, el crimen; todos los males del mundo se habían extendido por la tierra y sólo la esperanza quedó oculta en el fondo de la caja”.

Con esto los antiguos querían culpar a la mujer de los males que se habían desparramado por la tierra, quizá con el fin de tener una justificación para mantenerlas bajo sometimiento, ante el temor de que, al poseer todos los atributos divinos, podían desplazarlos no solo en las labores más simples, sino en las más complicadas y peligrosas, como justo está pasando en este momento en todo el mundo. Por eso Sor Juana Inés de la Cruz sabiamente acusaba a los hombres: Hombres necios que acusáis, a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis.

Es posible que la curiosidad de Pandora haya sido la culpable de haber abierto la caja y dejar escapar los males, pero este atributo también fue un obsequio del Olimpo. Y tampoco que la Pandora retuvo uno de los bienes más preciados de la humanidad, la esperanza. Esa no se perdió ni regresó a las alturas olímpica, sino que se quedó entre los hombres.

Tampoco olvidar que un don natural de la mujer, a diferencia del hombre, es la capacidad de ser madre y gracias a ello se volvió la corredentora de la Humanidad. Y será una mujer la que aplaste la cabeza de la gran serpiente. Por eso es el blanco principal del demonio, porque sabe que será su descendencia quien lo hunda en el infierno. Porque Pandora guardó la esperanza, y qué mayor esperanza que cada hijo que viene al mundo.

Por la fuerza o por la seducción, pero la mujer está subiendo diferentes planos en la estructura social. … El pecado de Pandora ha sido olvidado y pronto las veremos como dueñas, no solo de la tierra, también de las alturas del Olimpo, donde están los dioses de carne y hueso. Para los que tienen fe, debemos creer que si por una mujer la humanidad cayó, por otra lograremos la redención.

X.- LAS FUENTES.  Para hacer el relato de las mujeres, existen varios problemas, entre ellos las fuentes de información, por lo que es necesario leer entre líneas, sobre todo en los periodos de la Antigüedad y la Edad Media; eso cambia un poco a partir del Renacimiento cuando ya intentan apoderarse de la escritura y “conforme pasa el tiempo, aparecen escritos sobre las mujeres, por ejemplo en el siglo XIX, como diarios íntimos”.

Otra fuente para saber de las mujeres en siglos pasados son los tribunales, con frecuencia eran acusadas, aunque no siempre condenadas. En la época contemporánea el reto es recuperar la historia de las mujeres campesinas y obreras, porque es obvio que escriben menos que las de otras clases sociales. En este siglo, añade, uno de los principales problemas que enfrenta la mujer es el de la religión: “podemos pensar en las afganas, ya que el poder masculino se da a través de la religión, pero no en todas las religiones” y éste es un espacio de lucha, al igual que el de la salud, especialmente con el Sida: “por ejemplo, las mujeres africanas son el sector más afectado por esta enfermedad”. Además, evidentemente, la violencia y opresión que enfrenta la mujer en distintas partes del planeta.

Perrot señala que los problemas ligados a la globalización también crean problemas particulares para las mujeres, y subraya: “en lo que a mí respecta no me opongo para nada a la globalización, porque de todos modos es inevitable, pero como a menudo la mujer está en un nivel más débil, con mayor frecuencia está amenazada”, principalmente en cuestiones laborales y de capitales.

En el primer aspecto “las mujeres siempre tienen empleos menos calificados”, y del lado del capital “muy pocas se ocupan de las finanzas, incluso a nivel doméstico ya que prefieren relegar esa responsabilidad al hombre”.

Pero la globalización también da oportunidades “porque cada vez hay más mujeres instruidas, que adoptan roles importantes y la democracia sigue avanzando a pesar de todo y de todos. Considero que un hombre y una mujer valen lo mismo” y para llevar esta igualdad a la práctica “hay que hacerlo a nivel de la ley y de la práctica cotidiana. Es una lucha constante”.

A final de cuentas, dice, “hacer la historia de la mujer es hacer la historia de la relación hombre-mujer, porque esta relación no es definitiva, es como una frontera que se desplaza a través del tiempo, con cambios en los roles femenino y masculino. Hay que convertir las limitaciones de la feminidad en libertad y en posibilidades de elección. En esta época hay fronteras abiertas para las mujeres”.

XI.- La deseable feminización de la familia, la sociedad y el estado.

La legítima lucha de un calificado segmento de la mujer occidental por acceder al disfrute de sus derechos humanos y libertades fundamentales y sus consecuentes responsabilidades sociales -¡qué duda cabe!-, empieza a dar sus frutos, algunos agridulces.

 La mujer latina, en especial, ya cuenta en su patrimonio jurídico natural, con valores fundamentales de la persona y exige sean respetados: a la vida, a la salud física y mental, a la libertad en sus distintas manifestaciones, a la educación, cultura y recreación, al empleo, a la seguridad social y pública, a la vivienda y al gobierno de sus comunidades, los más conocidos.

En México, una élite de ese sector femenino, desde hace décadas, con la conquista del voto para elegir sus gobernantes -sea cual fuere todavía el respeto de los organismos y autoridades electorales en nuestro peculiar subsistema-, ocupa cada vez más importantes espacios en instituciones escolares, como alumnas, docentes o directivas; en puestos de mando en los sectores público, social y privado; y en el ámbito público ocupando cargos en los Partidos políticos y en los Poderes, en los dos fueros y tres órdenes de gobierno.

Ha sido, es y será siempre deseable y necesaria esta feminización del mundo. Los valores genéticos característicos y diferenciados de la mujer, aquellos que todavía nos trasmitieron nuestras madres, de maternidad responsable, dulzura, ternura, pudor, escrúpulo, desinterés, desprendimiento, honra, honestidad, sacrificio, abnegación -según los más reconocidos psicólogos, como Erich Fromm en su clásico “El arte de amar”-, son un antídoto contra tantas deformaciones, vicios y corruptelas que históricamente hemos dejado como ominosa huella los varones, en una sociedad hecha por y para hombres, todavía gobernada por un machismo  moderado.

Hasta aquí estaría muy bien. Pero en los últimos tiempos, al lado de la basura moral producida por el sexo “fuerte”,  con la que nos alimentamos cotidianamente en los amplificadores medios masivos de comunicación, escritos y electrónicos -en un sistema de vida que pareciera ya dar síntomas de osteoporosis e incapacidad de  controlar sus esfínteres morales-, la página roja civil y política, incluye cada vez más casos de mujeres acusadas de conductas ilícitas y criminales, luz roja en el semáforo ético de la sociedad moderna.

 Ciertamente que no se trata de algo nuevo y que, históricamente, la criminalidad instintiva no tiene sexo, como consignan serios textos doctrinales (v.gr. La criminalidad femenina, de Dra. María de la Luz Lima Malvido). Es, en todo caso, producto de la triste condición humana y, por otra parte, un conjunto de casos aislados en los cuales, invariablemente, existe complicidad de algún varón, magnificados y pintados de un amarillo intenso.

Pero podrían ser paradigmáticos de un tobogán conductual inédito y específico digno de alarma, para procurar su freno, minimización o cancelación.

Que en el fondo de las cosas está una crisis de la familia y de la escuela mexicanas, se demuestra con el hecho de reflexionar que todos esos actores se criaron y pasaron por nuestros hogares y aulas educativas. Por algo un experto propugna por la creación de una Secretaría de Reeducación Pública.

Bienvenidas, mujeres, a la praxis de la lucha por el disfrute de los derechos que, por su naturaleza, han conquistado en la sociedad y en el Estado. Implica riesgos (como el que corro de acusárseme de misoginia, por este texto de buena fe); o el de la anorexia y bulimia, males que crecientemente padecen las ejecutivas norteamericanas de éxito).

Bienvenidas, también, al pragmatismo del cumplimiento de sus deberes y responsabilidades que -sin abandonar su corresponsabilidad en el sagrado seno del hogar-, conllevan sus conductas, tareas y puestos, en la sociedad civil y en la sociedad política.

Pero en su imprescindible nuevo lugar, ¡feminicen la pradera laboral! ¡No se masculinicen! ¡Apórtenos su innovación y creatividad!

 Es posible que la guerra por conquistar su espacio en la sociedad, las haya empujado a acopiar y utilizar el abigarrado arsenal de armas inventadas por los varones.

No nos imiten. Con ello, no solamente destruyen su seno familiar, sino el hogar patrio. Persistan en transformar el mundo -sin rupturas, traumas ni desgarramientos estériles- con su natural dotación genética, ética y estética diferente.

Maquiavelo fue varón (aun cuando Juan Jacobo Rousseau, su histórico, ético e ideológico antagonista, también).

Todo, absolutamente todo lo anterior, no nos excluye, a los hombres (“…necios que acusáis a la mujer, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis…”) de una urgente reforma interior y externa, que se traduzca en apreciar, valorar y respetar la compañía de la mujer. Como me afirmó una alumna: “No hay dama sin caballero, ni caballero sin dama, maestro”.

Que a la sentencia El hombre es el lobo del hombre, no se le sume la de que La mujer es la loba de la mujer.

Las necesitamos femeninas.

Para seguir siendo, por siempre, esencialmente mujeres.

Por Héctor Rodríguez Espinoza

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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