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martes, octubre 26, 2021

La violencia de todos los días

Bruno Ríos
Bruno Ríos
Bruno Ríos es doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Houston. Escritor, académico y editor.

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Basta con estar un poco al tanto de las páginas de opinión y las redes para ver que ha habido un poco de controversia con la serie Squid Game (El juego del calamar) que se estrenó hace poco en Netflix. Me llama la atención por dos cosas principalmente: 1) hay una especie de fascinación por lo extranjero del asunto y su representación, como una otredad que se entiende desde el morbo y lo inexplicable (lo raro pertenece al otro), y 2) lo controversial es la representación visual de una violencia espectacular (al estilo gore y con gran producción) que está en una analogía más o menos antagónica con la realidad, una ficción de plano imposible.

Una psicóloga de renombre también publicó en redes una opinión por demás interesante. Tras el trauma colectivo de la pandemia, ese miedo latente a la muerte por decirlo pronto, lo último que necesitamos es este tipo de representación de la violencia, dice. Y tal vez tenga razón en la idea de que le estamos adjudicando al consumo algo pasivo de las imágenes una agencia que antes no tenía. Para decirlo pronto: como sociedad, creemos que esas imágenes no sólo están representando una realidad ficticia en la pantalla; también nos hacen hacer cosas, nos hacen sentir y cambiar nuestros comportamientos. Tienen, pues, el poder de revivir el trauma, cualquiera que este sea.

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Lo que me llama la atención es que en general estamos más preocupados como sociedad por el consumo de imágenes mediadas que por la realidad de todos los días. ¿Cómo comparar la violencia espectacular de una serie coreana en Netflix con la violencia innombrable de todos los días en México? ¿Cómo es posible que digamos “no vean eso está muy violento” y no tanto “no se puede vivir así”?

Siendo completamente sinceros, no hay violencia espectacular posible cuando México es un cementerio cotidiano, cuando la muerte de la “Guerra contra el narco” junto con el inmenso duelo de cientos y cientos de miles por la pandemia están ya ahí, presentes, todo el tiempo.

Si lo pensamos con algo de detenimiento, el hecho de estar preocupados por la idea de que nuestros adolescentes y adultos vulnerables vayan a estar “expuestos” a ese tipo de representaciones de la violencia es un poco absurdo. O por decirlo mejor, es una cuestión de privilegio. Ahí detrás están los inmensos recursos económicos que hacen posible el consumo de ese tipo de imágenes, y el atrevimiento de la queja los hace aún más visibles.

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Vale la pena decir que el acceso a imágenes violentas se ha hecho tan cotidiano que podríamos decir que han pasado dos cosas simultáneas. En primera instancia, la realidad nos ha condicionado de formas muy diversas para procesar esas imágenes. Por más espectacular que sea la representación, es imposible compararla con la brutalidad de lo real, con los granadazos, balaceras, asesinatos a plena luz del día, decapitaciones, levantones, y un terrible e infinito etcétera. En segunda, la violencia de la imagen en sí misma es inescapable.

Lo más interesante de todo esto es que, de hecho, el consumo de esta serie es mucho más alto a nivel internacional que en los Estados Unidos, por ejemplo. Ha sido un fenómeno curioso en términos de estudios culturales. Si el imperio mediático que ha reinado en la violencia de la imagen por lo menos desde el inicio del siglo XXI (especialmente con la transmisión en vivo de los ataques a las Torres Gemelas en 2001, y la guerra de Iraq en 2003) no se interesa demasiado por este tipo de ficción especialmente violenta, ¿Por qué ha sido un éxito rotundo en México y en el resto del mundo?

Más allá de un análisis de la recepción, me gustaría concluir con lo siguiente: lo verdaderamente violento de las imágenes, ya sean móviles o fijas, es la particularidad de producir un discurso. Para decirlo de una vez: lo que nos violenta de lo que vemos no es lo visual, es el lenguaje que nos produce; nos violenta en nosotros, no en la representación.

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Nos duele más, a veces, ver lo representado que lo real porque lo real es demasiado doloroso para verlo.

Bruno Ríos es Doctor en Literatura Latinoamericana, profesor de lengua y literatura hispánica y escritor.

@brunoriosmtz

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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