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sábado, enero 10, 2026

Sonora: el terreno agraz del corazón

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Se cumplen este 2021 los cien años de la publicación de uno de los poemas más conocidos y celebrados de la literatura mexicana: “La suave patria” de Ramón López Velarde. Vale la pena volver a López Velarde ahora, sí con el pretexto del centenario, pero mejor, por la obvia vigencia de sus poemas para lo que hoy quiero venir a decir aquí.

Como bien ha dicho Juan Villoro en La utilidad del deseo, López Velarde es un poeta de “alusiones perdidas”. La patria se conoce con el brillo de alguien que nunca la ha visto antes. El terruño es, válgame, “una región emocional a la que sólo se puede volver en el recuerdo”, o por decirlo de otro modo, en la literatura. No es necesario conocerla para experimentar ese extrañamiento de lo familiar vuelto ajeno.

Así lo dice el poema con un título peculiar y también extraño: “El retorno maléfico”:

Mejor será no regresar al pueblo

al edén subvertido que se calla

en la mutilación de la metralla.

A pesar de ser un motivo común en la literatura universal, resulta sorprendente que la palabra se vuelva vida en todo caso, que nos pase a nosotros lo que pasa en los libros. Para mí siempre ha sido un fenómeno sorprendente e inexplicable hasta cierto punto. La ficción es la realidad y la realidad supera a la ficción desde el principio. El poema, al revés, piensa la vida sin describirla.

“La patria”, dice Villoro, “es el único sitio al que se regresa. Podemos ir por el mundo pero sólo hay un lugar al que volvemos de verdad”. Por jugar otra vez con las palabras: la patria es intraducible, como un sabor que conoces desde siempre y que es inexplicable para quien lo ha probado.

Sonora, para mí, es ese retorno maléfico, ese terreno agraz del corazón que es siempre familiar y extraño a la vez. Es ese sitio al que se puede volver de verdad y, por ello, no se puede volver nunca tampoco. A la casa natal se vuelve sólo con el recuerdo.

Más allá de hacer una apología de su condición, lo que quiero decir y lo dije antes con mi columna sobre Bahía de Kino, es que el pasado es irrecuperable. Esto no es algo necesariamente negativo, por supuesto. Lo que es verdad es que el pasado, aunque engañoso, sirve también como una referencia sesgada de lo que ha sucedido en todos estos años.

Sonora es sin duda el edén subvertido de López Velarde: un moridero en el que guardamos el corazón como si fuera una condena imposible de evitar. Justo le comentaba esto a un gran amigo. Hermosillo se ve igual pero distinto, con más edificios de departamentos y plazas comerciales y con menos ánimo que nunca. Hay excepciones en el centro de la ciudad, el renacimiento del teatro, la vida cultural semisepultada por la pandemia, y la capital del privilegio ahí en la colonia Centenario donde no había pandemia en estos días, o eso parecía.

Lo mismo con el Mar de Cortés y el puerto de Guaymas (será que eso nos espera con nuestro flamante nuevo presidente municipal). Y ahí mismo, en el reverdecer de desierto, está también el terreno del corazón. El lugar irrecuperable que se vuelve inevitablemente nuestro y que es imposible no querer, volver, y querer de nuevo.

No puedo ser completamente pesimista tampoco. Hay lugares nuevos maravillosos como el Parque La Ruina y su fábrica de cerveza que vale muchísimo la pena; está la plaza Zaragoza que vio también mis pasos balbuceantes de niño. Es, pues, la tragicomedia de ser de ahí, con lo bellísimo y lo tristísimo todo junto con pegado.

Y por recordar otra vez a López Velarde, leído por uno de sus mejores críticos: la patria es la tierra que bebemos sin darnos cuenta.

Bruno Ríos es Doctor en Literatura Latinoamericana, profesor de lengua y literatura hispánica y escritor. Twitter: @brunoriosmtz

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