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domingo, mayo 24, 2026

Médico descubre fenómeno en personas moribundas a las que asiste

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Uno de los elementos más devastadores de la pandemia de coronavirus ha sido la incapacidad de cuidar personalmente a los seres queridos que se han enfermado.

Una y otra vez, los familiares en duelo han relatado cuán más devastadora fue la muerte de su ser querido porque no le pudieron tomar la mano para brindar una presencia familiar y reconfortante en sus últimos días y horas.

Algunos tuvieron que decir su último adiós a través de la pantalla de un teléfono móvil que sostenía un trabajador sanitario. Otros recurrieron al uso de walkie-talkies o a saludar a sus familiares a través de las ventanas.

¿Cómo se puede superar el dolor y la culpa abrumadores que surgen cuando se piensa en un ser querido que muere solo?

No tengo una respuesta a esta pregunta. Pero el trabajo de un médico de cuidados paliativos llamado Christopher Kerr, con quien escribí el libro Death Is But a Dream: Finding Hope and Meaning at Life’s End (“La muerte no es más que un sueño: encontrar esperanza y significado al final de la vida”), podría ofrecer algún consuelo.

Visitantes inesperados

Al comienzo de su carrera, el doctor Kerr tenía la tarea, como todos los médicos, de atender el cuidado físico de sus pacientes.

Pero pronto notó un fenómeno al que las enfermeras experimentadas ya estaban acostumbradas.

A medida que los pacientes se acercaban a la muerte, muchos tenían sueños y visiones de seres queridos fallecidos que regresaban para consolarlos en sus últimos días.

A los médicos se les capacita para interpretar estos sucesos como alucinaciones delirantes o inducidas por fármacos que podrían justificar más medicación o sedación total.

Pero al ver la paz y el consuelo que estas experiencias del final de la vida parecían proporcionar a sus pacientes, Kerr decidió hacer una pausa y escuchar.

Un día, en 2005, una paciente moribunda llamada Mary tuvo una de esas visiones: comenzó a mover los brazos como si meciera a un bebé, arrullando a su hijo que había muerto en la infancia décadas antes.

Para Kerr, esto no parecía un deterioro cognitivo. Se preguntó qué pasaría si las propias percepciones de los pacientes al final de la vida tuvieran un impacto en su bienestar de una manera que no debiera preocupar a enfermeras, capellanes y trabajadores sociales.

¿Cómo sería la atención médica si todos los médicos también se detuvieran y escucharan?

Comienza el proyecto

Así, al ver a los pacientes moribundos llamar a sus seres queridos, muchos de los cuales no habían visto, tocado o escuchado durante décadas, comenzó a recopilar y registrar testimonios de quienes estaban muriendo.

A lo largo de 10 años, Kerr y su equipo de investigación registraron las experiencias del final de la vida de 1.400 pacientes y familias.

Lo que descubrió le asombró. Más del 80% de sus pacientes, sin importar el ámbito social, el origen o el grupo de edad del que provenían, tuvieron experiencias al final de la vida que parecían implicar algo más que sueños extraños.

Estas eran vívidas, significativas y transformadoras. Y siempre aumentaron en frecuencia cerca de la muerte.

Incluían visiones de madres, padres y parientes desaparecidos hace mucho tiempo, así como mascotas muertas que regresan para consolar a sus antiguos dueños.

Se trataba de relaciones resucitadas, amor revivido y perdón logrado. A menudo traían consuelo y apoyo, paz y aceptación.

Convertirse en un tejedor de sueños

La primera vez que supe sobre la investigación del doctor Kerr fue en un granero.

Estaba ocupada limpiando el establo de mi caballo. Los establos estaban en la propiedad de Kerr, por lo que a menudo discutíamos su trabajo sobre los sueños y visiones de sus pacientes moribundos.

Me habló de su charla TEDx sobre el tema, así como del proyecto de libro en el que estaba trabajando.

No pude evitar sentirme conmovida por el trabajo de este médico y científico.

Cuando me reveló que no avanzaba mucho con la escritura, me ofrecí a ayudar. Dudó al principio.

Yo era profesora de inglés experta en desarmar las historias que otros escribían, no en escribirlas yo misma.

A su agente le preocupaba que yo no pudiera escribir de forma accesible para el público, algo por lo que los académicos no son exactamente conocidos. Persistí y el resto es historia.

Fue esta colaboración la que me convirtió en escritora.

Se me encomendó la tarea de inculcar más humanidad en la notable intervención médica que representaba esta investigación científica, para poner un rostro humano a los datos estadísticos que ya se habían publicado en revistas médicas.

Las conmovedoras historias de los encuentros de Kerr con sus pacientes y sus familias confirmaron cómo, en palabras del escritor renacentista francés Michel de Montaigne, “el hombre que enseña a los hombres a morir, al mismo tiempo debe enseñarles a vivir”.

Me enteré de Robert, que estaba perdiendo a Barbara, su esposa durante 60 años, y estaba abrumado por sentimientos conflictivos de culpa, desesperación y fe.

Un día inexplicablemente la vio alcanzar al bebé que habían perdido hace décadas, en un breve lapso de sueños lúcidos que se hicieron eco de la experiencia de Mary años antes.

Robert quedó impresionado por el comportamiento tranquilo y la sonrisa de felicidad de su esposa.

Fue un momento de pura plenitud, que transformó su experiencia del proceso de morir.

Barbara estaba viviendo su fallecimiento como una época de amor recuperado, y verla reconfortada le dio a Robert algo de paz en medio de su pérdida irremediable.

Para las parejas mayores que cuidaba Kerr, estar separados por la muerte después de décadas de unión era simplemente insondable.

Los sueños y visiones recurrentes de Joan ayudaron a reparar la profunda herida que dejó el fallecimiento de su esposo meses antes.

Ella lo llamaba por la noche y señalaba su presencia durante el día, incluso en momentos de lucidez plena y articulada.

Para su hija Lisa, estos hechos significaron que el vínculo de sus padres era inquebrantable. Los sueños y visiones de su madre antes de la muerte ayudaron a Lisa en su propio viaje hacia la aceptación, un elemento clave del procesamiento de la pérdida.

Cuando los niños están muriendo, a menudo son sus amadas mascotas fallecidas las que hacen apariciones.

Jessica, de 13 años, que moría de cáncer óseo, comenzó a tener visiones de su antiguo perro, Shadow. Su presencia la tranquilizó.

“Estaré bien”, le dijo al doctor Kerr en una de sus últimas visitas.

Para la madre de Jessica, Kristen, estas visiones, y la tranquilidad resultante de Jessica, le ayudaron a iniciar el proceso al que se había estado resistiendo: el de dejar ir.

Aislado pero no solo

El sistema de salud es difícil de cambiar. Sin embargo, el doctor espera ayudar a los pacientes y sus seres queridos a recuperar el proceso de la muerte desde un enfoque clínico a uno que sea apreciado como experiencia humana única y rica.

Los sueños y las visiones previas a la muerte ayudan a llenar el vacío que, de otro modo, podría ser creado por la duda y el miedo que evoca la muerte.

Ayudan a los moribundos a reunirse con aquellos que han amado y perdido, aquellos que les dieron seguridad, los apoyaron y les trajeron paz.

Curan viejas heridas, restauran la dignidad y reclaman el amor. Conocer esta realidad paradójica también ayuda a los afligidos a afrontar el dolor.

Dado que los hospitales y los hogares de ancianos continúan cerrados a los visitantes debido a la pandemia del coronavirus, puede ser útil saber que los moribundos rara vez hablan de estar solos. Hablan de ser amados y de recomponerse.

No hay sustituto para poder abrazar a nuestros seres queridos en sus últimos momentos, pero puede ser un consuelo saber que se sienten confortados.

Información tomada de www.informador.com.mx

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