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jueves, agosto 5, 2021

Proyectos en abandono: un año de pandemia

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El inicio del mes de marzo de 2020 no marcó sólo el inicio de la pandemia. Mejor, marcó una de las épocas más extrañas de nuestras vidas. La inmensa mayoría de los seres humanos que vivimos en el planeta no habíamos experimentado nada como esto antes. Así, como por puro hartazgo y también porque se nos acababan las palabras para describir el presente, empezamos a usar lo de “sin precedentes” como un modismo novedoso.

Por necesidad, nos apegamos tanto a las pantallas para estudiar o trabajar, que nos olvidamos de cómo las cosas se hacían antes. Yo diría que no tardamos mucho. Expertas y personas de a pie auguraron por todas partes el cambio de paradigma: se nos vino la era digital encima y todo el rollo que ya nos sabemos de memoria.

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Sin embargo, me interesa pensar mejor, ya a un año de distancia – más allá del duelo y la inmensa crisis económica y emocional que ha causado el asunto – eso que intentamos emprender en aquel entonces como un mecanismo de defensa. Me refiero pues a la infinidad de proyectos que comenzaron por la pandemia y que, de una u otra forma, quedaron en el abandono.

Una de las cosas más interesantes, cuando lo vemos a la distancia, es que nos adaptamos a estar en un lugar que conocíamos de sobra sin conocerlo. El espacio del hogar se convirtió en una especie de cueva multiusos en donde todo pasaba. Para la inmensa mayoría fue un desafío enorme: se trataba del rompimiento con la rutina. Pero más allá de eso, creo que se trató de un encontronazo con una pared que no queremos ver pero que siempre está ahí. Nos encontramos de frente con el hecho de que estamos muy acostumbrados a separarlo todo, a poner cada cosa en un espacio del día y dejarla ahí sin mezclarse. Compartimentos de vida, por decirlo de alguna forma.

Hay algunas que se propusieron a bajar de peso y a hacer ejercicio religiosamente. Otras más usaron el tiempo para aprender alguna cosa nueva o para enseñar incluso lo que nunca se atrevieron a ofrecer.

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De pronto, el mundo estaba – irónicamente – a la mano. No, no era necesario hacer un podcast más, ni tampoco poner en vivo tu práctica principiante de piano, ni tampoco los intentos incipientes de tu repentino interés por las artes plásticas. Sin querer, hicimos público lo privado por el mero hecho de no saber qué hacer con el tiempo de sobra.

En mi caso, como por inercia, me refugié en las cosas que me dan dicha en el mundo: los libros y la bicicleta. Redescubrí (o descubrí por vez primera) el amor que pueden darte los libros imposibles de comprender del todo. Releí algunos clásicos que mi juventud no me permitió disfrutar en su momento. Leí algunas otras cosas breves o totémicas como los inventarios de José Emilio Pacheco.

Pero, sobre todo y casi sin querer, redescubrí la ciudad con otros ojos. Atados a ese ataúd de metal que es el auto, en el que nos morimos un poquito todos los días, pude deshacerme de esa necesidad impuesta y recorrer las calles vacías en bici. Los mismos espacios se ven de cerca y en un movimiento que se convierte en un mantra.

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Abandoné varias cosas que comencé, como todos, pero también seguí adelante con las más importantes. La vida más o menos ha comenzado a volver a lo suyo, pero la ansiedad de no saber qué hacer con el tiempo es una de las cosas más permanentes de esto. Abandonar cosas es también una forma de cuidarse uno, de poner atención a las cosas minúsculas, a lo que no nos hace falta.

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