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miércoles, febrero 24, 2021

Prefacio a Reflexiones sobre la violencia

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Existen numerosas técnicas para facilitar la memorización de las cosas, y aunque no sé mucho de mnemotecnia, estoy seguro que para mí esta forma consiste en el aprendizaje anecdótico.

Pienso esto ahora que escribo sobre el prefacio que Isaiah Berlin realizó para “Reflexiones sobre la violencia” de George Sorel, debido a que a la hora de imaginar cómo abordaría esta entrega, recordé algunas anécdotas que definieron el estilo.

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Alguna vez un amigo aconsejó que siempre que tomáramos un libro pasaremos por alto los prefacios, los prólogos, las introducciones o cualquier otro texto que no fuese la obra de nuestro interés.

Durante algunos días pensé en el consejo y traté de buscar argumentos en favor de los textos introductorios, pero no frecuentándolos yo mismo, no se me ocurrió defensa. Sin embargo, un conjunto de casualidades me orientaron a retomar el tema.

Sucedió que el último libro que leí el año pasado (“Migajas filosóficas” de Soren Kierkegaard) lo compré por error al mismo tiempo que el de Sorel; pensé que adquiría un volumen de las obras completas del filósofo danés que contiene un texto titulado “Prólogos”, en el que elabora una teoría sobre esta forma literaria y reclama la emancipación del género para poder “tratar sobre nada”.

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Mientras leía “Migajas filosóficas” me dio por investigar acerca de “Prólogos”, puesto que a fin de año estaba desarrollando la idea y contenido de los textos de este ciclo y, sabiendo que era importante mencionar el prefacio de Isaiah Berlin a “Reflexiones sobre la violencia”, consideré que una buena manera de explicar esas “nuevas formas de lectura” de las que hablé, era escribiendo sobre el proceso de composición a que dan lugar.

No piense, amable lector, que desvarío con ideas posmodernas; esto que escribo es un caso aplicado que pretende aportar al libre entendimiento de los temas de violencia, prefacios y crítica.

Isaiah Berlin inicia su prólogo diciendo que Georges Sorel es una figura anómala, un ideólogo inclasificable que fue “reclamado y repudiado por las derechas tanto como por las izquierdas”. No era el turno de lectura de ese libro, pero algo en las palabras introductorias del pensador me capturó.

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Nos cuenta que “en vida se le tuvo por un periodista polémico, un autodidacta de pluma contundente con algún que otro destello de penetración extraordinaria, pero demasiado rebelde y caprichoso para retener por mucho tiempo la atención de gentes serias y atareadas. El tiempo ha venido a demostrar su superioridad sobre muchos de los pensadores sociales de prestigio en su día…”, y no pude evitar pensar en nuestra época.

En varias latitudes del planeta se vivía caos y reinaban conflictos sociales, económicos, políticos y culturales, justo como ahora. Los inicios del siglo pasado fueron caldo de cultivo de guerras mundiales, epidemias, crisis económicas, cosmogonías, doctrinas, ideologías y enfermedades mentales; fue origen del concepto de democracia como lo entendemos ahora y facilitó la imposición de la ciencia como religión laica, a la vez que las universidades se convirtieron en los templos para la exégesis de las escrituras.

Sorel señalaba que “el hombre solo vive plenamente en y a través de sus obras, no a través del disfrute pasivo o de la paz y seguridad que podría encontrar en el sometimiento a las presiones externas, al hábito o al convencionalismo, ni cuando renuncia a utilizar, para sus fines propios y libremente determinados, el mecanismo de las leyes de la naturaleza a las que está inevitablemente sujeto”.

Por mi parte, en la entrega anterior comenté que la violencia era un adjetivo, la forma en la que se lleva a la práctica la satisfacción de algún deseo, asimismo, que era una cuestión cultural y no natural. Eso es lo que el texto antes citado busca hacernos notar.

El hombre solo vive plenamente realizando los actos que emanan de su voluntad natural, sin sometimiento a violencias que cambien o reorienten el propósito de las acciones que emprenda para satisfacer sus deseos, incluso renunciar por hábitos o convencionalismos, implicaría que el individuo no fue capaz de realizarse.

Una de las cosas que la lectura del prefacio me facilitó, fue la comprensión de la dificultad para escribir estrictamente sobre la violencia, o mejor dicho, la imposibilidad de llevar a cabo esa tarea. Sobre la violencia solo se puede escribir en forma crítica, o lo que es lo mismo, hacer prólogos, prefacios, ensayos, pensamientos, anotaciones al margen.

Esto es así porque, como señala Arendt en su ensayo sobre el tema, “palabras clave como ‘poder’, ‘potencia’, ‘fuerza’, ‘autoridad’ y, por último, ‘violencia’”, refieren, todas ellas, a fenómenos distintos que difícilmente existirían si esos fenómenos no existieran, y continúa, “no son más que palabras que indican los medios por los cuales el hombre domina al hombre; son utilizadas sinónimos porque tienen la misma función”. Como se puede observar, es difícil circunscribirse a unos márgenes tan tenues.

Kierkegaard decía que “los prefacios llevan la marca de lo incidental, al igual que los dialectos, los giros idiomáticos y los localismos; están sometidos al dominio de las modas en un sentido muy distinto al de los escritos; varían como varía la vestimenta. Unas veces son largos […] unas veces son atrevidos, otras son pulcros, otras, descuidados; unas veces no se les escapan totalmente las debilidades del libro, otras serán devastados por la ceguera o reparan en aquellas mejor que ningún otro. Y todo esto es puramente ceremonial. Incluso un escritor que en sus escritos desafía a los tiempos, en lo insignificante, es decir, en el prólogo se ajusta a usos y costumbres”.

Todo esto es el prefacio de Isaiah Berlin a “Reflexiones sobre la violencia”, pero lo más importante es que ambos, aunque suene contradictorio, ofrecen una crítica sobre la violencia, un acercamiento teórico a cómo el hombre puede y debe vivir.

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