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lunes, marzo 9, 2026

Nuevas formas de lectura

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Hemos llegado al final de un año calendario que resultó fatídico en muchos sentidos, pero que está lejos de concluir en otros aspectos de vida importantes. La parte más trágica ha sido la ingente cantidad de fallecimientos provocados por el SARS-CoV-2; sin embargo, la muerte, aunque  imprevista, es un acontecimiento de vida inexorable.

Antes que pasar por insensible, mi intención es invitarlo a reflexionar acerca de cómo establecemos nuestras prioridades. Es probable que la pandemia derive en algunos cambios culturales, pero es absolutamente imposible que impacte en los hechos inminentes, por ello, habría que considerar con qué propósito hacemos lo que hacemos y actuamos como actuamos, a fin de llevar una vida plena con cual sentirnos realizados.

Reconfigurar nuestras prioridades es un acto que puede ayudar no solo a mejorar nuestra existencia individual, sino a desenvolvernos en nuestro entorno natural y contexto social de manera más provechosa y armónica.

Justo este año la masa de edificios, máquinas y carreteras –materia creada a partir de procesos industriales- ha superado el volumen total de la biomasa –materia orgánica o “naturaleza”- existente en el planeta entero; no obstante, seguimos deseando el progreso sin que exista un consenso sobre qué es y en qué dirección nos conduce.

Dicho lo anterior, me dispongo a escribir sobre lo que tenía planeado, la lista de lecturas realizadas durante el año; aunque en esta ocasión intentaré explicar algo que me aconteció en torno a esta actividad y no me limitaré a enunciar los títulos leídos ni todos serán mencionados.

Debido a las circunstancias que todos conocemos relacionadas al confinamiento y trabajo en casa, tuve oportunidad de leer más, concluyendo 35 libros. Inicié con una novela breve intitulada “Degenerado” de Ariana Harwicz, y que me pareció totalmente prescindible en el acervo de cualquier lector.

A excepción de cinco libros ningún otro excedió las 300 páginas, por lo que en cuanto a extensión se refiere, este año experimenté un cambio cuantitativo en relación con las obras que suelen llamar mi atención. Esto no significa que las lecturas hayan sido más sencillas y requerido menos tiempo, como fue el caso de “Investigación sobre el entendimiento humano” de David Hume; libro que recomendaría a cualquier persona interesada en la lógica y el método.

Por otro lado, es verdad que pude haber leído más, pero el confinamiento tuvo un impacto considerable en mi bienestar psico-emocional, de tal forma que desarrollé un cuadro de ansiedad que me provocó alejarme de la lectura durante algunas semanas. Por este motivo, me recomendaron dos lecturas que influyeron de manera importante en, lo que pienso, es un cambio en mi forma de leer, interpretar y comprender los textos; estas fueron “Pensar bien, sentirse bien” de Walter Riso y “El libro tibetano de la vida y de la muerte” de Sogyal Rimpoché.

El libro de Riso no lo recomendaría, en realidad es muy insípido, pero me ayudó a comprender empíricamente el tema de la empatía a través del discurso; después llegaría el turno de “El libro tibetano…”, el cual además de haber sido de gran ayuda durante algunos episodios ansiosos, fue leído durante las madrugadas de septiembre y coincidió con mi descubrimiento o reencuentro de autores como Spinoza, Kierkegaard, Schopenhauer, Nietzsche, Michelstaedter y Heidegger.

De alguna manera, con “El libro tibetano…” realicé una lectura crítica sobre el panteísmo, lo trascendental, la impermanencia y la muerte. Me percaté de que existen corrientes de pensamiento occidentales muy similares al pensamiento oriental, que han sido proscritas por una arraigada tradición de lectores prejuiciosos y ortodoxos, que clasifica este tipo de pensamiento orientalista bajo la etiqueta de “posmodernismo”.

A propósito de esto, uno de los últimos libros que compré en el año y espero me ayude a responder seriamente a la pregunta que hace poco me hizo una amiga -¿Qué es el posmodernismo?-, fue “La posmodernidad (explicada a los niños)” de Jean-Francois Lyotard. Pienso que este concepto es ampliamente utilizado por gente que no lo comprende, entre ellos su servidor, para agraviar a cualquier adversario epistemológico asestándole un adjetivo que ha pasado a convertirse en un estigma infalible de descrédito.

Retomando el tema de las lecturas, después de dos años terminé los “Ensayos” de Michel de Montaigne, y con ello me gustaría comentar acerca del acontecimiento lectivo que mencioné anteriormente. Recuerdo que empecé con novelas o narrativa de ficción típica y, ocasionalmente, optaba por el teatro o el cuento.

Mis libros favoritos, eso sí, casi siempre pertenecían a corrientes literarias que, para variar, pueden considerarse posmodernas, como “El Quijote”, “La insoportable levedad del ser”, “Cómo me hice monja”, “La velocidad de las cosas” y cualquier obra de Enrique Vila-Matas.

Vila-Matas me llevaría a descubrir, por simple mención o por relación más o menos casual, “El libro del desasosiego” de Fernando Pessoa, “Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy” de Laurence Sterne y “La novela luminosa” de Mario Levrero; todas obras que sí podemos considerar profundamente posmodernas por reducirse a la “literatura del yo”, ser autoreferenciales, autobiográficas, diarios, memorias, ensayos novelados…

Todo esto se reduce a un cambio de gustos literarios, pasé de interesarme por la forma narrativa al fondo discursivo, pero esto no hubiera pasado si no me hubiese acercado a los escritores que me acerqué. También pienso que evolucioné mi forma de leer, de simple actividad recreativa a constante acción crítica.

Contaré una anécdota: El 20 de mayo del presente publiqué en este espacio “Sobre el proceso de escritura”, lo que dio lugar a que una amiga me preguntara si pensaba que las dificultades para escribir textos académicos eran distintas a las de otro tipo de textos. Respondí que un texto de corte académico me parecía más sencillo, pero creo que ahora puedo responder con mayor precisión.

Un texto académico es más sencillo por lo que se refiere al fondo y la sustancia del mismo. Por lo que se refiere al conocimiento científico, ya todo está dicho; es más difícil, eso sí, inspirarse y escribir con genio o “buena pluma”. Basta echar un vistazo a las publicaciones académicas para constatarlo.

Los escritos de cualquier otro género son más fáciles en cuanto que, teóricamente, deben ser escritos por puro gusto o interés. No hace falta la inspiración, sino la necesidad e intención de comunicar algo o de, por lo menos, mantener un diálogo interno. Hacer introspección. Su elaboración es más difícil si escribimos bajo el supuesto de la sinceridad, de la intención de explicarnos quiénes somos, si somos capaces de mirarnos desnudos al espejo; después de todo una ficción, un ensayo o un diario, no es otra cosa que un conjunto de reflexiones en torno a nuestra existencia en el campo contextual, es decir, una ontología.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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