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jueves, febrero 5, 2026

El país del alma

Noticias México

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“Entre la pena y la nada, elegimos la pena”, escribió Nuria Amat en El país del alma. Me parece pertinente traer la cita a colación, además del hermoso título de esta novela, para hablar del presente. Si bien podríamos refugiarnos en las palabras de los libros, trasladarnos mejor a la Barcelona de los 40s y creer en las desgracias ajenas del pasado, más bien lo que quiero hoy es pensar en lo que significa ese país del alma, en especial cuando ya se acaba este año tan tristón.

Cumplí 32 este año sin pena ni gloria. Los cumplí en un interregno extraño en donde el día pareció aún más insignificante. Un día más en la eterna cadencia sin parar de todos los días seguidos uno tras otro. Pudo haber sido un martes, o un jueves. Da lo mismo. Ese 15 de septiembre vi por la noche la transmisión del grito en el zócalo de la CDMX, y esos fuegos artificiales parecían poco más que un montaje raro.

Es, también, el primer diciembre desde que tengo memoria en el que voy a quedarme sin ver a mi familia. Acá estamos, en otro país que se ha vuelto mi casa. Pero también está ese país del alma, ese país que ya no existe.

Esa es la naturaleza del migrante, a fin de cuentas: vivir en ese entremedio, en esa ambivalencia entre el presente y un pasado irrecuperable.

Hace poco uno de mis alumnos me preguntaba qué era lo que más extraño de México. Sin duda nombré a mi familia, la comida, mis amigos. Pero tal vez lo que más extraño, aunque me cueste trabajo aceptarlo, es un sentido de pertenencia que aún hoy después de casi una década no acabo de encontrar en ninguna parte.

De una u otra manera podría intentar convencerme de que volver a México, a Hermosillo incluso, sería la solución más sencilla. Pero lo cierto es que se trata de un problema sin solución aparente. Esa es la razón por la que, incluso cuando vuelvo a casa, a las paredes de mi niñez, a Bahía de Kino, al olor familiar de la casa, esa familiaridad se siente también ajena.

Para decirlo de una vez, “el país del alma” es pura nostalgia. Svetlana Boym lo dijo de forma muy elocuente: “La nostalgia nos provoca en su propia ambivalencia; es sobre la repetición de lo irrepetible, la materialización de lo inmaterial”. O como escribe Susan Stewart, la nostalgia es la repetición que se lamenta de lo inauténtico de las repeticiones y por lo tanto hace que la repetición tenga la capacidad de definir nuestra identidad.

Esto explica, por ejemplo, porque acá nada sabe igual, aunque tenga los mismos ingredientes. Explica por qué tomar Tecate y comer tacos de carne asada se sienta como una simulación. Explica por qué todo lo que se parece a casa no tiene nada qué ver conmigo. Al contrario, la repetición de allá en acá no tiene la capacidad de sentirse como propio.

Todo eso para decir que en realidad no me importa el significado simbólico de navidad, mucho menos el significado religioso. Más bien me importa el simple hecho de que, en esta ocasión, la realidad ineludible de que mi país del alma es irrecuperable está mucho más presente.

Entre la pena y la nada, elegimos la pena. Y con eso basta por ahora. Ya vendrán mejores años, mejores épocas. A pesar de que estos últimos meses se han convertido en un obituario interminable, quiero creer que saldremos adelante.

Yo, a la distancia, les deseo lo mejor, queridos lectores. Ojalá pasen estos días con la mayor de las dichas posibles. Ya habrá tiempo de escribir de nuevo el año que viene.

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