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viernes, marzo 5, 2021

Crisis en Estados Unidos

Bruno Ríos
Bruno Ríos
Bruno Ríos es doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Houston. Escritor, académico y editor.

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La crisis política y social que estamos viviendo en Estados Unidos no tiene que ver exclusivamente con el hecho inmensamente estúpido de que Trump haya sido diagnosticado con COVID-19. Más allá de las consecuencias de este hecho, la crisis se gesta en la completa erosión de las instituciones que supuestamente garantizan el ejercicio responsable y democrático del poder.

Después del debate presidencial, si es que puede llamársele así al circo que vimos la semana pasada, lo más terrorífico que surgió del discurso disruptivo e irreverente del presidente son dos cosas fundamentales. La primera es haberse negado de manera categórica a condenar cualquier tipo de grupo o actividad de supremacía blanca en los Estados Unidos. Al contrario, lo que hizo Trump es devolver la bola a la cancha demócrata como si Joe Biden, que a mi parecer es bastante conservador en sí, estuviera relacionado con grupos de ultraizquierda. En lugar de decir lo obvio, Trump condenó la supuesta actividad y existencia de Antifa (que se traduce a antifascismo) y relacionar las protestas ante el abuso policiaco y la historia de racismo con supuestos grupos de ultraizquierda.

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Si bien no resulta sorprendente, lo que sí genera es un guiño muy obvio a ciertos grupos de poder que se sienten envalentonados por el presidente. Lo que da terror es que el 3 de noviembre nos veamos envueltos en una jornada de violencia sin precedentes, una jornada en donde miembros de grupos supremacistas se aparezcan en las casillas para “supervisar” la votación. Cabe aclarar que estos grupos tienden a estar armados en público y a escupir un sinfín de ideologías de odio ante cualquier otro que no siga la norma del nativismo blanco norteamericano.

En segundo lugar, me parece que lo más terrorífico de la plataforma electoral de Trump es la total erosión de la legitimidad en el propio proceso electoral. Esto es, ya no se trata de poner en duda el resultado. Mejor, se trata de poner en duda el proceso en sí mismo. Si el proceso es ilícito de entrada (y esto viniendo del propio gobierno federal que puede asegurarse de que no sea así), entonces no hay manera de que un resultado no favorable sea el correcto para la reelección del presidente.

Si bien estos discursos no surgieron del debate, más bien han sido confeccionados desde el inicio del proceso de campaña, lo que es verdad es que tomaron un protagonismo sin precedentes. Es verdaderamente preocupante que la respuesta de la oposición política demócrata sea la de simplemente hacer que la gente salga a votar en masa y contar con ello para asegurarse de que habrá una transición pacífica y democrática del poder. Es, por decirlo pronto, ingenuo pensar que Trump vaya a aceptar cualquier resultado negativo, cualquier número que no le favorezca.

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La crisis es aún más honda cuando nos damos cuenta cómo se traduce la recesión económica en la calle. En todos estos años nunca había visto tantas personas sin dónde vivir en las calles, tanta prostitución a plena luz del día, tanta gente desempleada, un mercado de trabajo inexistente en todos los rubros. Al mismo tiempo, tenemos un gobierno que se empeña en cargar la mano hacia la ultraderecha y deshacer de un plumazo Obamacare, lo que llevaría a que poco más de 20 millones de personas pierdan su seguro médico en media pandemia.

E incluso en medio de todo esto, con todas las cartas sobre la mesa y todo el peso en los ciudadanos, la política norteamericana es experta en generar víctimas y victimarios. Estando en el poder y con el respaldo de los grupos económicos más poderosos del mundo, los conservadores siguen pensando en que son las víctimas. Los cristianos son los eternos perseguidos, los ricos son los que sufren a pesar de todo el supuesto bien que le hacen al mundo, los que ostentan el poder resultan siempre las víctimas. Ese es el modus operandi del mito del perseguido.

Si a todo esto también le aunamos la avalancha de conspiraciones y desinformación, tenemos entonces la tormenta perfecta. Las víctimas en esto son muy claras: los usuarios de redes sociales y los que consumen información mediática de forma acrítica son quienes pierden. Cada uno cree que tiene una verdad absoluta y todos perdemos. Las conspiraciones de QAnon que por alguna razón sumamente tonta piensan que Trump es el salvador, esto ante una organización criminal transnacional que opera tras bambalinas como reyes del mundo entero, e incluso la división racial en este país, todas son campañas de desinformación que surgen de poderes cuyo único fin es el caos. Lo más triste es que estos discursos no se limitan a uno u otro territorio, también están en México y otros países.

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Estados Unidos vive uno de los momentos más difíciles de su historia. Y México, con todos sus problemas propios, tiene que comenzar a ponerle atención también.

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