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jueves, junio 24, 2021

Las últimas noches de París

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Dos semanas antes de haber sido enviados al encierro por el COVID-19 caminé por el centro de la ciudad buscando algún flash que se ajustara a la zapata de mi cámara. Transitando la zona recordé que muy cerca se encontraba la librería de las editoriales Malpaso y Jus, por lo que decidí visitarla.
Llegando al domicilio encontré una cartulina color verde pegada en la puerta de entrada al edificio que decía “Nos cambiamos de local” y consignaba la nueva dirección. Era a media cuadra de donde me encontraba y me dirigí ahí.
Nada más cruzar la puerta del nuevo local me di cuenta que no era la librería que pensaba. La antigua ubicación era compartida por dos librerías, la otra vendía libros de saldo y a ella refería el aviso. No obstante, ahí me proporcionaron la información del lugar que realmente buscaba.
El puesto de venta de las editoriales ya no se encontraba en el centro, sino en la zona circundante y aledaña al Palacio de Cobián y el famoso Café La Habana, sobre avenida Morelos. Al día siguiente acudí sin la intención de comprar y todo indicaba que así sería, porque eran pocos los títulos que llamaban mi atención y los precios me parecían elevados.
Antes de retirarme el cajero me comentó que si compraba tres libros me hacía un descuento de “tanto por ciento”, pero si eran cuatro el descuento se elevaba, si no mal recuerdo, a 40%. Justo me habían interesado cuatro títulos: “Relatos para piano” de Felisberto Hernández, “Buscavidas” de Jim Tully, “Benito Cereno” de Herman Melville y “Las últimas noches de París” de Philippe Soupault, que un vendedor me recomendó durante la FIL-Zócalo 2018 a saber por qué.
El longevo Soupault nació en Chaville, Francia, en 1897 y falleció 93 años después en la capital francesa en 1990; y digo que no imagino las razones del vendedor para recomendarmelo debido a que fue uno de los primeros impulsores del dadaísmo, junto a André Breton, con quien fundó el movimiento surrealista y, además, “Las últimas noches…” es un relato corto (126 páginas) que fácilmente pasa por novela negra, de misterio, intriga y precursora de la literatura beatnik o de vagabundeo, nada de mi interés.
La contraportada sugiere que el estilo de este surrealista se asemeja al de dos grandes de la novela negra, Raymond Chandler y Dashiell Hammett, a quienes tampoco he leído porque no frecuento ese género y su relación con el surrealismo no lo hace, para mí, más interesante.
Me resulta extraño haber decidido con tanta facilidad escribir sobre este libro, pero lo atribuyo al papel preponderante del azar en el mismo lo que me tiene escribiendo esto. Para empezar no reseñaba libros desde mediados de mayo que hablé de “Don Camaleón” de Curzio Malaparte.
En ese lapso leí “Doctor Pasavento” de Vila-Matas, “El conflicto” de Simmel, “Cuadernos en octavo” de Kafka, un libro de cuentos de Pushkin que me obsequió una de mis hermanas, los aforismos extraídos de la correspondencia de Voltaire y “Crisis de la República”, de Arendt; así es que tenía material para reseñar y el que me ocupa no fue precisamente el de más agrado.
Otra casualidad fue que justo cuando concluí la novela de Soupault conversé con Alberto, un amigo con el que ocasionalmente intercambio recomendaciones musicales o literarias, sobre “Relatos para piano” de Felisberto Hernández, libro del cual había escrito la semana anterior a “Don Camaleón”; me dijo que no le gustaba la trama de los relatos pero sí el estilo del autor, porque sentía que algunas frases le llegaban de inmediato; “lo que dice es algo que piensas, pero te gustaría haberlo pensado como él lo escribe”.
Me parecía increíble, en un sentido positivo, que le hubiese llamado la atención el uruguayo; pero también yo pensaba lo mismo que él de la novela que recién concluía. Se me ocurrió que nuestro sentir se explicaba como un efecto provocado por el tipo de literatura que el catálogo de Jus ofrece.
“Las últimas noches de París” está narrada en primera persona por un sujeto del que nunca sabemos el nombre, pero bien puede ser el mismo autor, que sentado en un café sobre el bulevar Saint-Germain-des-Prés nota la presencia de una misteriosa dama que sentada frente a él ingiere una menta verde, bebida por la que no ocultan su preferencia “todas las que hacen del amor su profesión”.
La joven se retira y el narrador aprovecha para seguirla e intentar pasar la noche con ella. La chica, Georgette, emprende un recorrido extraño por barrios parisinos peligrosos, por él la sigue embelesado, hasta que el hechizo se rompe frente a la presencia de un crimen que provoca que todos se dispersen por caminos distintos.
La atracción que ejerce Georgette sobre el narrador y otros personajes le da cuerda a la historia como narración, y también al “mundo real” de la ficción que leemos. Es decir, la curiosidad del personaje principal lo orilla a seguir, noche tras noche, a Georgette, y es así como él empieza a vagabundear por las noches de París y a descubrir una ciudad hasta entonces desconocida.
Por otro lado, también es gracias a su obsesión por ella que él se enreda en ese bajo mundo de experiencias azarosas, delincuencial y donde conoce a una banda de criminales de la que Georgette parece formar parte, liderada por el siniestro Volpe, del que dice que “en sus modales había no sé qué mecanismo que delataba la costumbre, erigida en sistema, de dar gato por liebre. Su amabilidad y sus reiterados ‘querido amigo’ resultaban increíblemente irritantes si uno no se dejaba engañar por ellos”.
El azar, la casualidad y la fortuna son otro personaje importante en lo que interesa de esta novela, al respecto el narrador -a quien en adelante llamaré indistintamente Philippe Soupault- dice “yo no soy de los que niegan los milagros y, cuanto más pienso en ello, más dispuesto estoy a afirmar que solamente en ellos se puede confiar. El reino de lo posible, anodino y frío, seco y ramplón, nunca me ha tentado como final de trayecto”.
También dice, y me recordó “Guía de los perplejos” de Maimónides, que algún día espero poder leer, “mientras el sol se alzaba y venía en mi encuentro, yo pensaba en lo asombroso que resultaba poder vivir en medio de tanto misterio sin sobresaltarme a cada momento. Comprendí que uno se acaba acostumbrando a las circunstancias más extrañas y, sonriendo, compadecí a quienes ‘se niegan a vivir engañados´, a quienes quieren entenderlo todo y ni siquiera son capaces de reconocer el misterio cotidiano en el que están sumidos”.
El Capítulo V abre con un epígrafe de Raymond Roussel que reza “¡Oh, Treïul!, recuerda que somos de la misma raza y que debes ayudarme”, que azarosamente había leído tan solo unos días antes pero no he logrado recordar dónde. Las posibilidades son infinitas porque Enrique Vila-Matas cita constantemente a Roussel, pero tampoco me sorprendería que hubiese sido leyendo un ensayo de Hannah Arendt o Alberto Manguel, en el que hablen sobre el conflicto político que ha predominado en la historia de la humanidad y la literatura.
La fortuna es el puente de esta novela hacia la intertextualidad, en ella reside la capacidad para comunicarse con otros textos, por lo menos con “Relatos para piano” y con “La novela luminosa” de Mario Levrero; recién iniciada y de la que hablaré más adelante.
En fin, me extendí demasiado sobre un libro del que basta decir que trata de la absoluta perplejidad que acontece y nos invade cuando uno deja que las cosas pasen sin tener la mínima intención de intervenir, o si usted prefiere comparaciones con el cine, puede imaginar que “The Killing” de Stanley Kubrick o “El tercer hombre” con guión de Orson Welles y Graham Greene, son llevadas al mundo de las letras.

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