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lunes, marzo 23, 2026

El Castillo: ansiedad en la nueva normalidad

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Durante un ataque de ansiedad que presenté hace como un mes, tuve una reminiscencia de la novela “El Castillo” de Franz Kafka. Cuando recién iniciamos el confinamiento tenía la ingenua creencia de que estaríamos de regreso en un periodo de cuatro o cinco semanas.

Transcurrido ese lapso, las autoridades aprovecharon para informar que el encierro se extendería hasta agosto, y eso si la suerte estaba de nuestro lado. Así fue como se desataron los pensamientos desagradables.

Pensé que existía la posibilidad de que nuestros empleadores se olviden de nosotros y nunca nos pidan regresar al lugar de trabajo. Suena exagerado, pero relajando la hipótesis existe la posibilidad de que llamen para pedirnos que retiremos nuestros objetos personales e información de trabajo, porque en adelante trabajaremos desde casa.

Tanto en el ámbito público como el privado los empleadores están optando por disminuir los costos de operación como renta de edificios y pago de servicios. Básicamente estaríamos laborando bajo la figura de free-lance.

Otras ideas desagradables rondaron mi mente, pero recordé la novela de Kafka porque en ella su protagonista K., es invitado a trabajar en un pueblo vecino -en el que la autoridad gobernante despacha desde un castillo- para desempeñar el trabajo de agrimensor.

K. llega al pueblo entrada la noche, por lo que desiste de acudir al castillo a contactar con su contratante y aprovecha para buscar alojamiento en una posada y descansar del largo viaje.

Termina pernoctando en una posada sin habitaciones disponibles en la que le permiten ocupar un jergón de paja ubicado en la sala. Cuando se disponía a dormir, “algunos campesinos aún estaban sentados delante de sus cervezas pero él no quería conversar con nadie, así que […] cogió el jergón del desván y lo situó cerca de la estufa. Hacía calor, los campesinos permanecían en silencio, aún los examinó un rato con los ojos cansados antes de dormirse”.

Minutos más tarde, personeros del castillo llegan a la posada y despiertan al agrimensor para informarle que no está permitido pasar la noche en el pueblo, a menos que exista consentimiento de las autoridades del castillo.

Después del altercado del cual K. sale bien librado, sigue una retahíla interminable de situaciones semejantes una y otra vez; cada interacción de K. con los pobladores se ve obligado a explicar que está ahí porque fue contratado para realizar un trabajo, y sin embargo, a lo largo de la novela nunca logra desempeñarlo.

El agrimensor termina por echar raíces en el pueblo, abandonando en su ciudad de origen a esposa e hijo. Decidido a desempeñar la tarea para la que fue contratado, persistirá en el objetivo de reunirse con sus empleadores.

Nunca logra acceder al castillo, pero como tampoco pierde la esperanza, empieza a realizar otros trabajos que le son encomendados por habitantes del pueblo. Así transcurre la vida de K. hasta que la novela termina intempestivamente, pues Kafka la dejó inconclusa.

Después de releer algunos pasajes de la novela, como el que trata de la llegada de K. a la posada, recordé asombrado algo que Enrique Vila-Matas menciona en “Una casa para siempre”, en la que refiere un antiguo cuento jasídico que supuestamente le gustaba mucho a Franz Kafka, y que a continuación replico:

«Se narra que en un poblado jasídico una noche, al final del Shabat, los judíos estaban sentados en una mísera casa. Eran todos del lugar, salvo uno, a quien nadie conocía, hombre particularmente mísero, harapiento, que permanecía acuclillado en un ángulo oscuro.

La conversación había tratado sobre los más diversos temas. De pronto alguien planteó la pregunta sobre cuál sería el deseo que cada uno habría formulado si hubiese podido satisfacerlo. Uno quería dinero, el otro un yerno, el tercero un nuevo banco de carpintería, y así a lo largo del círculo.

Después que todos hubieron hablado, quedaba aún el mendigo en su rincón oscuro. De mala gana y vacilando respondió a la pregunta.

Dijo: “Quisiera ser un rey poderoso y reinar en un vasto país, y hallarme una noche durmiendo en mi palacio y que desde las fronteras irrumpiese el enemigo y que antes del amanecer los caballeros estuviesen frente a mi castillo y que no hubiera resistencia y que yo, despertado por el terror, sin tiempo siquiera para vestirme, hubiese tenido que emprender la fuga en camisa y que, perseguido por montes y valles, por bosques y colinas, sin dormir ni descansar, hubiera llegado sano y salvo hasta este rincón. Eso querría”. Los otros se miraron desconcertados. “Y ¿qué hubieras ganado con ese deseo?”, preguntó uno de ellos. “Una camisa”, fue la respuesta.

K. pudo haber estado soñando ese cuento jasídico justo antes de ser despertado por el personero del castillo. Es altamente probable que todo sea muy kafkeano en la nueva normalidad, porque la cantidad de cosas que cambiarán pueden derivar en que terminemos preguntándonos, ¿sabemos quiénes somos y qué queremos?

¿Seremos la misma persona de la “antigua normalidad”? Si esto es así, ¿por qué estamos tan curiosos de la “nueva normalidad”? ¿De qué sirve conocer el futuro si se verá impactado en la manera y forma que yo desee, debido a la influencia de mi inmutable personalidad?

Probablemente la exigencia o aptitud más necesaria para la nueva normalidad será la de desarrollar cierto aprecio por la incertidumbre, la ambigüedad, lo inesperado.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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