Ensayo con perspectiva de género en el cine
A veces pienso que la depresión femenina es como intentar apagar un incendio forestal usando una taza de té y con un grupo de hombres alrededor diciéndote: “Oye, pero si te pones ese vestido rojo te vas a ver espectacular, ni se te va a notar lo quemada”.
Históricamente, a las mujeres nos ha costado mucho trabajo que se nos reconozca una tristeza profunda o que se nos tome en cuenta un dolor intenso, sin que alguien lo atribuya a las hormonas, a la falta de una pareja – o en términos más misóginos aún: nunca falta el comentario horrendo de: le falta una buena “cog¡&4l”. Y si no se ven tan de mal gusto, nos irá mejor oyendo un simple, es que: “estas siendo muy negativa”.

Si revisamos el cine, el horror clásico siempre entendió esto, pero con un giro de tuerca corporativo. El patriarcado te dice:
“Cumple tus expectativas de género o vuélvete loca, tú eliges”.
Tomemos el ejemplo de la maternidad y la conyugalidad. Si no tienes hijos, te enfermas de vacío existencial; pero si los tienes, el sistema espera que sigas trabajando como si no los tuvieras y que críes como si no tuvieras trabajo. Es un mapa de la desesperación femenina que ha mutado con el tiempo: pasamos de la capitulación silenciosa de finales del siglo XX al colapso ruidoso y desquiciado del siglo XXI.
La Guardería del Pánico: Maternidades y Otras Bestias
Cuando la maternidad entra por la puerta, el horror se vuelve literal.
En The Babadook (Kent Jennifer. 2014, Australia), el monstruo no es el tipo del sombrero de copa; el verdadero monstruo es el luto negado por la misma responsabilidad de maternar y ser mujer, derivado en un insomnio crónico, que te dan ganas de tirarte tú o al hije por la ventana porque no importa lo que hagas, nada es suficiente para calmar a la criatura y que pueda dormirse y calmarse. Sobre todo porque no tienes las herramientas ni el apoyo para calmarte tú primero.
The Babadook (Kent Jennifer. 2014, Australia)

Con Nightbitch (Heller Marielle. 204, EU), pasamos de la metáfora al realismo mágico del colapso: te transformas en un perro rabioso para sobrevivir al aislamiento doméstico, la perdida de tu identidad como persona mujer deseante y productiva. El personaje de Amy Adams vive entre lo que quisiera gritar y lo que calla porque ese fue el acuerdo desde el momento que tu eres la encargada de gestar y maternar al pequeño humanito en la familia.

Amy Adams en Nightbitch (Heller Marielle. 204, EU
El sistema te exige perfección, y si fallas, te conviertes en la villana de Buenas noches, mamá (Ich seh, ich seh Franz Veronica. 2015, Australia), en el espectro olvidado de The Beldham (Gulner Angela. 2024, EU), o quedas atrapada en el limbo social de No estarás sola (Stoleveski Goran. 2022 Australia).
Estas últimas cabe recalcar, The Beldham y No estarás sola, son cuentos de terror basados en folklor de antaño. Sobre todo No estarás sola que se basa en María la solterona, quien le pide a una bruja que no la deje sin marido, ante la falta de hombres debido a la guerra de esos tiempos, pero al cumplirle el deseo la condena una tortura que la deja en una muerte horrenda y desde entonces vaga buscando un hije que la acompañe en su soledad.

The Beldham (Gulner Angela. 2024, EU)

No estarás sola (Stoleveski Goran. 2022 Australia).
Sin embargo, para entender cómo la falta de propósito y el peso del rol doméstico destruyen la psique, hay que mirar hacia atrás, no solo a las adaptaciones de cuentos de horror clasicos, sino a los dramas como el de 1986 Buenas noches, mamá (‘Night, Mother, la obra de Marsha Norman adaptada al cine por Tom Moore).

Sissy Spacek con el director Tom Moore en el rodaje de Night, Mother (1986, EU).
Ahí, el dolor de Jessie (Sissy Spacek) se cocina a fuego lento en una cocina perfectamente ordenada. Su depresión no es un grito, sino una certeza matemática nacida de una eterna distimia y el fin de su utilidad social.
Desde una reflexión de años, y viendo su vida desde la casa que le da asilo, mas no un hogar, Jessie decide no prolongar su existencia; organiza la casa, limpia el arma y elige terminar con su vida, como su único acto de autonomía real, frente a un acompañamiento que es un mero simulacro de chantajes y oídos sordos.

Ya cumplió —y falló, según la expectativa hegemónica, en los únicos roles asignados- , como mujer cis en el sistema que nos rige: su matrimonio terminó en divorcio, su hijo adulto hace su vida, probablemente fuera de la ley y ella queda sola, con un trabajo que solo cubre los gastos, viviendo una vida solitaria con su madre viuda.

La Jaula del Matrimonio Desértico
Pero el horror no requiere de la soledad del nido vacío; a veces brota con más fuerza dentro de una relación que se supone debería cobijarte, pero que en realidad te asfixia con su indiferencia.
En Mátate, Amor (Ramsay, Lynne. 2025, EU) – la brutal adaptación de la novela de Ariana Harwicz-, la protagonista se desmorona en el idilio rural que la sociedad vende como la “felicidad absoluta”.

Su pareja no la golpea, pero su negligencia emocional ejerce una violencia pasiva devastadora.
Estar deprimida dentro de un vínculo desértico es experimentar el horror de la invisibilidad: eres el fantasma que sirve la cena, mientras el hombre a tu lado reduce tu abismo existencial a “un mal día”.


La falta de un refugio en el otro convierte el hogar en un centro de detención donde el único horizonte es desintegrarse.
Este confinamiento conyugal alcanza su cúspide histórica y criminal en la obra de los cineastas Veronika Franz y Severin Fiala: El baño del diablo (Des Teufels Bad).
“El Baño del Diablo” y el Suicidio por Poderes

El título mismo de la película alude a cómo el siglo XVIII denominaba la melancolía y la profunda depresión femenina: estar atrapada en “el baño del diablo” (Franz Veronika Franz; Fiala Severin. 2024, Austria).

Basándose en los registros judiciales descubiertos por la historiadora Kathy Stuart, los directores sacaron a la luz un dato espeluznante: entre los siglos XVII y XVIII, en Europa Central, se registraron cientos de casos de “suicidio por poderes” o por delegación (Suicide by Proxy), perpetrados en su inmensa mayoría por mujeres aplastadas por el dogma religioso y el aislamiento matrimonial.
El dilema teológico: El catolicismo y el protestantismo de la época dictaban que el suicidio directo era un pecado imperdonable que conducía a la condenación eterna.
Las mujeres atrapadas en matrimonios sin afecto, agobiadas por el trabajo agrícola y la hostilidad de sus suegras, encontraban una grieta legal e institucional atroz para acabar con sus vidas sin ir al infierno.
1.Identificación del vacío:Fase de melancolía.
La mujer caía en una profunda depresión (“el baño del diablo”) debido al rechazo conyugal, las demandas del entorno y la nula atención a su salud.
2.El crimen sacrificial:El infanticidio.
Para asegurar su propia muerte del modo más limpio teológicamente, asesinaban a un niño. Elegían infantes porque se consideraba que, al morir en estado de inocencia y sin pecado original, irían directo al cielo.
3.La entrega voluntaria:Confesión inmediata.
Se entregaban a las autoridades judiciales y confesaban el crimen con lujo de detalles, exigiendo la pena de muerte por decapitación.

4.La absolución y ejecución:El pasaporte al cielo.
En prisión, recibían los sacramentos, mostraban arrepentimiento ante un sacerdote y obtenían la absolución de sus pecados. Al ser ejecutadas públicamente por el Estado, morían limpias de culpa, logrando el suicidio asistido por la propia burocracia criminal.

Este “win-win” macabro, como lo acuñaron los investigadores, demuestra que cuando una sociedad bloquea sistemáticamente la salud y la autonomía de las mujeres, el horror se vuelve una herramienta de escape legal.
De la Resignación al Pataleo Contemporáneo
El gran aporte del cine actual dirigido por mujeres, como la joya cinematográfica Si tuviera piernas, te patearía (If I had legs, I’d kick you. Bronstein Mary. 2025, EU), es que saca a la depresión de la esfera de la pena y la mete de lleno en el thriller de supervivencia y la comedia de ansiedad.

Linda (Rose Byrne) es el reverso exacto de la resignada Jessie de Buenas noches, mamá y de la trágica Agnes de El baño del diablo: no sufre por la falta de roles, sino por ser triturada viva por la simultaneidad de todos ellos.
Es psicóloga, cuida sola a una hija con un trastorno alimentario severo y lidia con un esposo marinero convenientemente ausente. Linda no tiene el lujo de planear su muerte en una cocina limpia, ni de buscar verdugos externos porque el techo se le está cayendo encima.

El título lo dice todo: está tan desprovista de apoyo, tan despojada de “piernas donde sostenerse”, que ni siquiera puede atacar al sistema.
Pero en lugar de dirigir la violencia hacia sí misma, la desborda hacia afuera, saboteando reuniones de madres y confrontando la pasividad sádica de su entorno.
Y por supuesto el hecho de que las lentes y voces sean ahora con agencia desde mujeres y otras perspectivas, cambian también la patología de presentarlas desde el horror, cuentos de brujas desde el medievo, hasta la crisis que se vive ahora en la adultez desde lo que se vive como mujer, cis o no.
Por ejemplo, la contraposición que tenemos en el pasado, con Buenas noches, mamá de 1986, la manifestación del dolor se ve en retirada, silencio, orden doméstico, calma gélida; los propósitos impuestos como la maternidad, donde el hijo ya se fue; queda el nido vacío y la supuesta inutilidad en el mundo moderno, sobre todo para una mujer que pasa de los cuarenta años, tal vez?
La ausencia de la mujer como tal, sin profesión que se mencione siquiera, y un matrimonio fallido sin vínculos familiares directos bien correspondidos; una ausencia física absoluta del exmarido y el hijo que se ha convertido al parecer en un delincuente, lo que también recae en el rol de jessie como madre, y no deseable como esposa.

Por el lado del presente, con la reciente Si tuviera piernas… tenemos la manifestación del dolor como paranoia, insomnio, colapso sensorial, humor negro. La dimensión de la maternidad en un ejercicio que le da un rol devorador.
La hija enferma demanda energía física y emocional absoluta. y por parte de la pareja, si bien esta casada, es casi a manera de correspondencia a distancia, y por fe divina, al nunca estar presente.
Sino por el contrario denota una negligencia pasiva: el esposo por teléfono, el terapeuta indiferente. Esa masculinidad que solo impone/medio mal propone, pero no ejecuta más allá de juicios y exigencias.

El Silencio de los Buenos Muchachos
Este desierto de empatía se vuelve aún más frígido cuando el trauma no viene de las expectativas, sino de la violencia directa.
La cineasta Eva Victor lo retrató a la perfección en Lo siento, cariño (Sorry, Baby. 2025 EU), abordando las secuelas de un ataque sexual y el trastorno de estrés postraumático (TEPT). Aquí es donde el “acompañamiento” masculino y social muestra su verdadera cara: un absoluto vacío.

Ante el trauma femenino, el entorno reacciona con tres grandes clásicos de la evasión: el “No es para tanto”, el desaparecer lentamente porque “es una vibra muy pesada”, o el protocolo institucional de preguntarle a la víctima qué llevaba puesto.

Al final del día, reírse de esto es lamentablemente nuestra única línea de defensa. El cine ha dejado de retratar la salud mental femenina como un “triste secreto de alcoba”.
Hoy se expone como una pesadilla sensorial, un estado de emergencia donde la negligencia social no te deprime en silencio.

La sociedad espera que seamos perfectas mientras nos desmoronamos por dentro, lo mínimo que nos queda por hacer ver la pantalla, a una madre convirtiéndose en canino o destrozando una sala de hospital, y al mismo tiempo, sonreír de lado y pensar:

«Te entiendo, hermana. Yo también llevo tres días sin bañarme y con ganas de morder al cartero».
Bibliografía
Chesler, P. (2005). Women and Madness. Palgrave Macmillan. (Sobre cómo el sistema de salud mental ha diagnosticado e institucionalizado históricamente a las mujeres que no cumplen con los roles de género).
Ehrenreich, B., & English, D. (2010). Complaints and Disorders: The Sexual Politics of Sickness. Feminist Press at CUNY. (Analiza cómo las instituciones médicas construyeron la “enfermedad femenina” para controlar su autonomía).
Harwicz, A. (2012). Mátate, amor. Paradiso Ediciones. (Novela clave para entender la claustrofobia de la salud mental de la mujer dentro del núcleo de la pareja contemporánea).
Herman, J. L. (2015). Trauma and Recovery. Basic Books. (Texto fundamental sobre el TEPT, la violencia sexual y la nula respuesta del entorno social en la recuperación).
Rich, A. (1995). Of Woman Born: Motherhood as Experience and Institution. W. W. Norton & Company. (Diferenciación crítica entre la experiencia de maternar y la institución opresiva impuesta por la sociedad).
Stuart, K. (2023). Suicide by Proxy in Early Modern Germany: Crime, Sin and Salvation. Palgrave Macmillan. (Investigación histórica fundamental que sirvió de base para El baño del diablo, documentando los cientos de casos de asesinatos con fines de ejecución pública).



