
Por Luis Fernando Puebla Corella
Cada año, Hermosillo vive dos de los eventos más concurridos del noroeste mexicano: la Expo Ganadera de Sonora y las Fiestas del Pitic. Ambos mueven la vida de la ciudad y producen millones de pesos en actividad económica. Sin embargo, detrás de esa aparente similitud existe una diferencia estructural derivada de sus objetivos y financiamiento.
En este pequeño artículo se ofrece un esbozo del funcionamiento de ambas fiestas en el entorno económico urbano, las cuales en sus últimas ediciones (mayo 2026) rompieron marcas de asistencia. No se busca hacer una crítica del perfil de los eventos, de su calidad o del impacto cultural, sino de llevar a cabo una reflexión que abone a tomar medidas de política económica urbana en beneficio de los hermosillenses y en conjunto a otras de carácter cultural, ambiental y social. En este sentido, se debe reconocer que Las Fiestas del Pitic, al ser auspiciadas con dinero público, contraen responsabilidades directas de corte económico, social y cultural; no siendo el caso de la Expo Ganadera.
Con lo anterior en consideración, comienzo con la dimensión de los eventos. Las Fiestas del Pitic, en su edición 2026 y según fuentes periodísticas, reunieron más de 408 mil asistentes y generaron un consumo estimado en 176.5 millones de pesos en apenas cuatro días. Eso significa un gasto promedio cercano a 432 pesos por visitante.
Por su parte, en la Expo, discusiones locales han estimado un gasto promedio de entre 1,000 y 3,000 pesos por visita. Sus ingresos no han sido transparentados por lo que se deduce que, en 26 días de duración, con un ingreso promedio por día de 30 mil personas (según estimaciones de Chat GPT), nos presenta un consumo total de alrededor de 1,560 millones de pesos, casi 9 veces lo estimado para las Fiestas del Pitic. Dividido por los días de duración, las Fiestas del Pitic promueven un consumo de 44.1 millones por día, mientras que en la Expo es de 60 millones.
De lo anterior, la pregunta fundamental para hablar de desarrollo económico no es cuánto dinero mueve, sino dónde termina ese dinero; ¿es derrama o salpicada económica? Entendiendo como derrama a los recursos monetarios movilizados por la actividad que permanecen circulando en la economía local. Y es que, pese a que ambos son eventos de alto aforo en espectáculos y consumo de bebidas y alimentos, mantienen perfiles distintos que como ciudadanía no siempre tenemos en el radar. Se nos suelen comunicar los millones de pesos implicados en el consumo, sin una reflexión clara sobre las dinámicas e impactos que tienen estos eventos en la ciudad.
Por un lado, las Fiestas del Pitic tienen un fin recreativo, de promoción cultural y de activación económica que toma como celebración al aniversario de fundación de la ciudad. Estas son solventadas con presupuesto público municipal y patrocinadores privados y su acceso es gratuito dado que se presentan en el espacio público, como son las calles y plazas del centro de la ciudad. El dinero de los asistentes se gasta en restaurantes, hoteles, bares, comercio ambulante, transporte, tiendas, estacionamientos y otros consumos urbanos. En otras palabras, se ven beneficiados en primer lugar aquellos establecimientos envueltos en el perímetro de las Fiestas y, en segundo lugar, una serie de servicios ambulatorios (taxistas, eloteros, fotógrafos, dogueros, etc.). Con ello, el dinero se dispersa en más manos locales, creando una derrama económica derivada de la inyección de dinero público en eventos atractivos para la población.
Por su parte, la Expo comenzó como un espacio para la exhibición y subasta de ganado, así como de encuentro de productores, sin embargo, con el paso de las décadas ha migrado a objetivos mucho más lucrativos relacionados al entretenimiento masivo, sin perder una promoción identitaria sumamente poderosa y arraigada en el corazón sonorense como es nuestra tradición agropecuaria. Su fiesta se presenta como un gran recinto de captura económica, dado que prácticamente toda la experiencia ocurre dentro de un perímetro controlado que ofrece conciertos, consumo de alimentos y alcohol, juegos mecánicos, palenque, comercios, estacionamiento y otros espectáculos. Con excepción de algunas proveedurías locales y servicios restauranteros que son variados y rentan espacios al interior del recinto, en gran medida el resto de los servicios y productos son controlados por grandes ofertantes que reúnen atracciones, venta de alcohol y espectáculos. Entre estos y otros concesionarios, promotores, organizadores, proveedores internos y arrendadores del espacio, se concentra el excedente económico. En este sentido, la ciudad representa su mercado demandante y soporte logístico, donde unas pocas actividades como los servicios de transporte y hospedaje se benefician indirectamente. Por ello, la concentración del dinero es mayor, por lo que se puede hablar de una derrama económica local escasa frente al enorme consumo local que se promueve; los verdaderos beneficios se encuentran en la diversidad de entretenimiento que el recinto vende.
Durante las Fiestas del Pitic, el centro histórico completo se transforma en un ecosistema económico. No existe un “adentro” y un “afuera”, la ciudad misma es el evento. Artistas plásticos, músicos, danzantes y actores aprovechan el aforo para promover su talento, otros aprovechan para vender comida, joyas, artesanías, lectura de cartas y hasta grabación de canciones. Todo ello, provoca que el visitante camine, explore, entre y salga de comercios y se genere actividad en múltiples calles y de manera simultánea. La derrama se distribuye territorialmente y en negocios locales que, en mayor medida, pondrán a circular el excedente obtenido en la misma localidad.
En contraste, la Expo presenta una dinámica de diseño cerrado, tipo campus, con una oferta enorme, atractiva y concentrada. Pese al gozo del entretenimiento masivo, su fuerza centrípeta genera un efecto adverso para la economía de la ciudad donde una gran cantidad de establecimientos locales experimentan una especie de “desplazamiento temporal” del consumo, dado que la feria se convierte en el principal polo de entretenimiento de la ciudad. Es decir, la expo no solamente genera consumo; también redistribuye -e incluso drena- consumo desde otros sectores urbanos hacia un solo nodo. Esto supone que una buena parte de esos 1,500 millones de pesos de nuestro mercado local se fuguen hacia las manos de agentes externos a la ciudad.
En otras palabras, la bronca no necesariamente es que nos gastamos la quincena en la Expo, sino que ese dinero al concentrarse en pocas manos tiende a acumularse, se reduce su circulación y disminuye el efecto multiplicador. Eso se refleja en un menor dinamismo económico que nos afecta como sociedad e irónicamente reduce la diversidad de servicios y comercios en la totalidad de la ciudad.
En cambio, las Fiestas del Pitic, aunque generan menor gasto individual promedio, permite una circulación más amplia del dinero. Hipotéticamente y hablando del mismo producto, las decenas de cantinas, bares o restaurantes que triplicaron su venta de cerveza el fin de semana tienen más probabilidades de gastar su excedente en la localidad, ya sea reinvirtiendo o en gasto personal; mientras que posiblemente la cervecera oficial de la Expo lleve la ganancia obtenida localmente fuera de la ciudad.
Con todo lo anterior, no busco decir que la Expo Ganadera tenga como fin el perjuicio de los hermosillenses. Su objetivo, envuelto en tradición agropecuaria, es preminentemente utilitario, como cualquier iniciativa privada; además, como sociedad, hemos favorecido la diversidad del consumo que ofrece y ésta ha sido punta de lanza para poder acceder a espectáculos de primer nivel en la ciudad. No obstante, el debate está en el acaparamiento del mercado en un momento en el que Hermosillo sigue batiendo records de asistencia, por lo que se vuelve relevante el tipo de aprovechamiento económico que puede encarnar ese crecimiento.
El modelo que presentan las Fiestas del Pitic es más sano en términos de economía urbana, no obstante, este parte de una política pública cultural que tiene como uno de sus objetivos la reactivación económica. Su existencia y expansión temporal depende de recursos y espacio públicos, por lo que se presta inviable competir con la Expo en duración, intensidad y logística.
Por otro lado, en la década de los ochenta y noventa, la Expo Ganadera tenía una duración de alrededor de 10 días, actualmente es de un mes. Una feria de una semana compite poco con el resto de la ciudad; una feria de un mes se convierte en el principal polo de consumo recreativo de Hermosillo durante todo un ciclo mensual de gasto familiar, lo que representa una buena tajada del gasto hacia entretenimiento de la ciudad.
De seguir creciendo en duración, asistencia y captación del gasto familiar, los efectos no serán uniformes para toda la economía de Hermosillo. La concentración implica una menor diversidad de oferta cultural y el debilitamiento de circuitos independientes al reducir la rebanada del mercado que le toca a restaurantes locales, foros musicales, bares o comercios culturales y creativos. Lo que, a su vez, limita las oportunidades de desarrollo artístico de una parte importante de la población.
Por lo tanto, posiblemente la medida ágil y a corto plazo consiste en crear alianzas que favorezcan encadenar el éxito de la Expo al desarrollo local y le evite crecer como esta economía de enclave recreativo y temporal, caracterizada por una elevada concentración del consumo y una limitada difusión territorial de sus beneficios en comparación con eventos abiertos. Una forma es a través de una red de espacios urbanos capaces de beneficiarse al complementar los grandes eventos ancla que atraen público; invitar a que parte de su crecimiento sea fuera de sus límites como recinto y en apoyo al enorme talento local. Existen las medias tintas entre ambos eventos, entre el éxito económico de la Expo y la accesibilidad de las Fiestas.
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El autor es Arquitecto. Planificador Territorial. Miembro de la Agencia de Planeación Territorial. Integrante de la RED Hermosillo ¿Cómo Vamos?
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