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lunes, junio 1, 2026

La ruptura que se pospone

Sara Thomson Vázquez
Licenciatura en Periodismo. Maestría en Administración Pública. Doctorante de Administración Pública en el ISAP.

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La historia de México enseña que ningún presidente gobierna exactamente como su antecesor. Desde Cárdenas rompiendo con Calles hasta Zedillo encarcelando al hermano de Salinas, todos necesitaron marcar distancia. Todos, en algún momento, mostraron que el timón estaba en sus manos.

Los morenistas creyeron que ellos serían diferentes. Que la lealtad a AMLO blindaría cualquier fractura. Pero la naturaleza humana no entiende de siglas. Y la política, cuando el poder está en juego, siempre termina pareciéndose a sí misma.

El origen del desgaste

No hay que olvidar cómo comenzó todo (igual que siempre). La sucesión interna de Morena no fue un acto de comunión democrática, sino un proceso donde el método de las encuestas aplastó a una de las facciones más estructuradas del movimiento: la de Marcelo Ebrard. Sus operadores hicieron compromisos, tejieron alianzas, empeñaron la palabra. Creyeron que la lealtad histórica pesaría más. No fue así. El “ebrardismo” no es solo una corriente de opinión; es una herida abierta, una tropa desplazada que mira con resentimiento cada nombramiento.

La hija, no el hermano

Sin embargo, el caso de Sheinbaum es distinto. AMLO no es ingenuo. Un lobo de la política como él no eligió a Sheinbaum para que fuera títere, sino porque confía más en una “hija política” que en un “hermano” con ambición propia. Y a pesar de aquel “Marcelo es mi carnal”, sabía que Claudia no iba a destruir su legado, sino a usarlo como patrimonio mientras construye el suyo.

Además, es la primera sucesión de hombre a mujer en la presidencia. Una mujer presidenta no puede gobernar igual que un hombre: sus gestos de autonomía son leídos de otra manera. Si rompiera abruptamente, muchos lo interpretarían como ingratitud o debilidad. Su margen es más estrecho. Que no haya “rompimiento claro” no significa que no haya autonomía; significa que la está construyendo de forma más pausada, pero con un alto riesgo.

El viento sopla hacia Washington

Ya no importa tanto el día del rompimiento con AMLO, sino con quién se alinea Sheinbaum hacia adelante. El viento hoy sopla hacia Estados Unidos, y por primera vez el secretario de Estado es Marco Rubio: latino, hispanohablante, con instinto cultural para leer a México. No es un gringo genérico. Es una ventana histórica. Una tabla de rescate, que es imposible que no tome.

La ironía final

Todo aquello con lo que Morena construyó sus narrativas, la denuncia de la corrupción, el señalamiento de los grupos internos, el discurso inmaculado de la “política distinta”, hoy corre por sus propias venas. La ambición que señalaban en otros ahora los divide. Las lealtades que exigían se han vuelto frágiles. No es que Morena se haya vuelto igual a sus opositores. Es que la política, cuando el poder está en juego, siempre termina pareciéndose a sí misma.

Sheinbaum no parece querer romper con AMLO. Pero tampoco puede eludir la validación de su liderazgo.  Gobernará con su propio estilo, con su propia lectura del mundo. La ruptura no será un portazo. Será una transición silenciosa, una herencia que se administrará sí, pero no podrá evitar las olas de la traición interna motivada por quienes sufren el dolor de la decepción.   

Y los morenistas que creyeron ser inmunes a la fractura están descubriendo, con incomodidad, que los fantasmas del viejo régimen también habitan en su casa.

Este aplazamiento inédito de la ruptura parece no tener explicación; pero entender el escenario: la historia no cambia…hasta que cambia. Y habrá que ver si MORENA no se ahoga, en su propio chocolate. Lo que sigue es ver qué surge de todo esto.

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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