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domingo, mayo 3, 2026

Está chido, ¡entén!

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Hoy por la mañana en el desayuno, Carmen y yo recordamos a nuestros padres, yo a los míos y ella a los suyos. El motivo fue una cema que se deshacía por lo bofa que estaba, y estaba así, porque compré pan el viernes para tener el fin de semana, y como hoy es domingo, la mentada cema en cada mordida que le daba se deshacía en cientos de morusas. “Es que no tiene el suficiente recaudo”, me dice Carmen.  “¿Recaudo?”, Le pregunté. “Así decía mi Madre”, contestó. De aquí nos vinieron los recuerdos de palabras que oíamos en la infancia en nuestras casas. “Mi Madre”, le comenté, “cuando los ejotes estaban duros por fibrosos les llamaba: histudos”. Estas palabras nos llevaron a recordar, yo de niño, a don Pupo y a su Chonita venidos de Suaqui de Batuc, quienes a nuestros nombres le agregaban el artículo: el José, la Carmen, la Marce, y cuando te indicaban algo, te despedían con la contracción “¿entén?”, (como pregunta ¿entendiste?) o “¡entén!” (como afirmación: ¡entendido!). Y con el “entén”, salieron el “haiga”, el “mesmamente”, donde este último nos trasladó al año de 1997, sentados en un parque de Santiago de Compostela leyendo el periódico “La voz  de Galicia” en donde el mesmamene estaba escrito como una palabra corriente de una lengua viva.

Bien, ya que estoy entre lo vivo de nuestra lengua, le platico sobre cómo cayó a mis manos aquel periódico de Galicia, en Galicia. La cosa empezó así:  Cierto día en aquel mismo año, leí en “El Imparcial” una columna de Germán Dehesa, quien acababa de realizar un viaje por distintos pueblos de la repisa cantábrica española y entre otras cosas decía que deseaba ser enterrado en aquellos “verdes de todos los verdes” de los alrededores de Santillana del Mar. Y ándale, era tal su entusiasmo que nos contagió, y en aquel verano, en un carro rentado, íbamos Carmen y yo saliendo (sin wuiey) por aquellas glorietas del periférico de Madrid que te sacan para todos los rumbos, y nos rumbamos hacia Burgos. Al rato pasamos por Aranda de Duero, cuyo nombre nos hizo recordar a Jaime Alfonso López Aranda (buen compañero, gran cardiólogo y aún mejor amigo) y continuamos  hasta divisar las magníficas torres góticas de la catedral de Burgos y en el mero centro,  al entrar a ella, unos mármoles rojizos guardaban los restos  de Rodrigo Díaz de Vivar (Mio Cid para los cristianos y Sidi para los musulmanes), un hombre de frontera (Extremadura), conocedor de dos culturas, de dos lenguas que lo mismo guerreaba  para el rey Sancho II en contra de sus hermanos, o bien se “brincaba la cerca como indocumentado” y ahora lo vemos enfundado con armadura musulmana blandiendo su  espada en contra de los cristianos, o también, en contra de otras taifas musulmanes. Enseguida continuamos por la ruta que nos marcó Dehesa, y nos detuvimos en Santo Domingo de Calzada, donde queríamos constatar si era cierto que en el interior de su catedral había un gallinero, llegamos cuando ya anochecía, estaban a punto de cerrar sus puertas, y quien las cerraba nos permitió entrar “solo un momento”, y recalcó, “ya es hora de cerrar”. En efecto, en la parte posterior en lo alto a un lado del coro, en un gallinero de madera cacaraqueaba una gallina. La leyenda cuenta y el gallinero la recuerda lo que le sucedió a un rey por cruel y mentiroso. El problema fue salir de la catedral, donde el individuo quien nos permitió entrar nos dejó encerrados en compañía de la gallina, y por nuestros toquidos, gritos y miedos, cuando le dio la gana, nos dijo el macabro sujeto: “Se los dije, que ya iba a cerrar”.   Continuamos, pueblo tras pueblo, y al pasar, en una de tantas empresas vinateras de la Rioja nos detuvimos para reabastecernos de combustible. En Pamplona, caminando por sus envicuetadas calles, nos perdimos, y a un ángel de la guarda quien venía con un picadientes sacándose los restos de comida le dijimos: “Estamos perdidos, amigo”. “¿En dónde dejaron su coche?” “En un estacionamiento cerca del templo de San Nicolás de Bari”. “No hay problema. Iba a dormir la siesta”. Nos identificamos, le comentemos de nuestros planes, entonces, nos recomendó que cruzáramos a Francia por la ruta de los camiones madereros. “Es bellísima la montaña”, y por Roncesvalles, cruzamos la frontera francesa. No le platico lo de Francia, para acortar el camino. De vuelta ya en España, la primera población que encontramos fue Rentería (es probable que mi parentela haya salido de ahí). En la radio se escucha un idioma que no conocíamos ni de oídas, al día siguiente llegamos a Donostia (San Sebastían), en donde se hablaba el euskera, estamos en el país vasco. Y después de llegar a Castro-Urdiales, al tiempecito ya estábamos en el “verde de todos los verdes”, en donde German Dehesa deseaba morir: Santillana del Mar, un pueblo entre los pueblos más bellos de España. Un lugar que huele a queso y a dulces de leche con sabores medievales, en donde se respiran perfumes de flores que vienen desde los balcones que te rodean. Nuestro sentir se invadió de tanta belleza, que el tiempo aún, no la ha podido olvidar.

Ahora, de nuevo, Carmen y yo seguimos en nuestro desayuno  recordando ciertas palabras ¿olvidadas? empezando por el mesmamente que uno la creyera que es de la lengua de nuestros pueblos originarios, pero no, tal vez se les quedó aprendida y prendida en su lengua cuando la oyeron de aquellos gallegos cuando la pronunciaban desde el tiempo de la Colonia, o el “haiga” o “aiga” que se lee en “El Quijote  de la Mancha” y que tanto se sigue escuchando en los estados del centro de México, o el “recaudo”  (de recaudar canela, salvado…para agregarlos a la masa de las cemitas para que no salgan bofas y que tanto le gustaban a mi Padre, “Era el pan que comíamos de niños. Era el pan de los pobres”, decía, o los fibrosos ejotes que mi madre les llamaba “histudos”, que tiene la misma raíz etimológica de histología, que es la ciencia que estudia los <tejidos> de nuestros órganos, o los artículos que don Pupo y doña Chonita anteponían a nuestros nombres, los que nos llevaron a pensar que los españoles colonos que llegaron a las serranías de Sonora eran tal vez andaluces, quienes traían una lengua llena de la lengua árabe. Además del “entén”, con el que te despedían aquellos bondadosos abarroteros, para corroborar que hubieran quedado entendidas las cuentas que sacaban. Voces, viejas, todas, que aún siguen vivas, y aunque no estén en el diccionario de la Real Academia Española, su viveza actual nos muestran la historia de una lengua española que es mucho más de lo que contiene un diccionario, y enriquecida aún más, con las multicolores voces con las que nos entendemos los diversos pueblos de habla española.

 ¡Entén!

Esto es chido, ¿a poco no?

José Renteria Torres. Mayo de 2026

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