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jueves, julio 16, 2026

El dilema venezolano: soberanía, democracia y el peso de los valores

Nicolás Pineda
Investigador en Políticas Públicas.

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La crisis venezolana nos confronta con un problema político tan antiguo como complejo: ¿qué hacemos cuando una dictadura se escuda en la soberanía nacional? ¿Debemos respetar la no intervención a costa de ver cómo se desmantelan las instituciones democráticas y se violan las libertades? La respuesta no es sencilla; depende de cómo jerarquicemos valores que a menudo entran en conflicto.

Venezuela es un caso emblemático. Lo que comenzó como un proyecto político con amplio respaldo popular derivó en el desmantelamiento sistemático de toda institución independiente: el parlamento fue vaciado de poder, el sistema electoral manipulado, los medios de comunicación asfixiados y la justicia sometida. Hoy, millones de venezolanos han huido de su país. Sin embargo, el régimen chavista-madurista sigue invocando la “soberanía nacional” para rechazar cualquier crítica externa, mientras que sectores de la izquierda latinoamericana secundan este discurso en nombre del antiimperialismo.

El conflicto revela un conflicto de valores fundamentales.

Primero está la soberanía estatal, ese principio westfaliano según el cual ningún país debe intervenir en los asuntos internos de otro. Este valor surgió en 1648 para poner fin a las guerras religiosas en Europa, pero hoy enfrenta paradojas evidentes: la soberanía también se erosiona desde dentro cuando el narcotráfico captura al Estado, como ocurre en varias regiones de México, o cuando una dictadura somete a su población.

El segundo valor es la democracia, entendida como un sistema integral: división de poderes, estado de derecho, instituciones independientes, elecciones libres, libertades individuales y rendición de cuentas. Este modelo, consolidado tras las revoluciones liberales del siglo XVIII y XIX, coloca al individuo y sus derechos en el centro. Aquí surge también el valor de la igualdad: no basta con libertades formales si existe pobreza que impide el ejercicio real de esos derechos.

El tercer elemento es el Estado-nación moderno, esas entidades políticas que fragmentaron los viejos imperios hace apenas uno o dos siglos. El imperio español se desintegró en el siglo XIX dando origen a las repúblicas latinoamericanas; el otomano colapsó tras la Primera Guerra Mundial; el británico se disolvió a mediados del siglo XX. Estos estados jóvenes buscan consolidar su independencia y desarrollo, pero enfrentan tensiones entre soberanía y democracia.

Quienes se identifican con la izquierda tradicional tienden a privilegiar la soberanía estatal y a rechazar a toda intervención externa, incluso cuando esto significa tolerar gobiernos autoritarios que dicen representar causas progresistas. Los liberales, a quienes la izquierda llama “de derecha”, priorizan las libertades individuales, el pluralismo político y las instituciones democráticas, aceptando incluso presiones internacionales si estas defienden derechos humanos.

Pero esta dicotomía es una trampa. El problema real es teórico y su solución práctica es esquiva. Si absolutizamos la soberanía, condenamos a poblaciones enteras a vivir bajo dictaduras. Si absolutizamos la democracia liberal sin atender la igualdad material, corremos el riesgo de generar sistemas formalmente democráticos pero socialmente injustos que terminan siendo vulnerables al autoritarismo populista.

La Unión Europea ha construido quizá la respuesta más sofisticada: los estados miembros ceden voluntariamente parte de su soberanía a instituciones supranacionales, pero a cambio se comprometen con estándares democráticos verificables. Cuando Polonia o Hungría retroceden en libertades, la UE puede sancionar. No es un sistema perfecto, pero equilibra soberanía compartida con exigencias democráticas.

En contraste, la doctrina Monroe o su versión trumpiana representa la peor solución: el retorno encubierto al imperialismo. Trump no busca promover la democracia en Venezuela sino defender intereses estadounidenses, repitiendo el patrón histórico de intervenciones que terminan instalando dictaduras favorables a Washington. Este modelo no resuelve el conflicto; simplemente impone la voluntad del más fuerte.

La lección venezolana es dolorosa pero clara: la jerarquía de valores importa. Tú, ¿qué valor pones primero?

Aviso

La opinión del autor(a) en esta columna no representa la postura, ideología, pensamiento ni valores de Proyecto Puente. Nuestros colaboradores son libres de escribir lo que deseen y está abierto el derecho de réplica a cualquier aclaración.

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