Hermosillo, Sonora.- Entre pliegos de papel de colores, globos y engrudo, Alejandro de 17 años, y Caleb de 16, se convirtieron en los protagonistas más peculiares del taller de elaboración de piñatas organizado por UMPAM para 30 adolescentes que cumplen medidas por faltas administrativas. Lo que inició como una actividad comunitaria terminó revelando la historia, casi cómica, de dos jóvenes que pasaron de enemigos declarados a inseparables compañeros de brigada.
Ambos llegaron a la unidad tras ser detenidos bajo los efectos de la marihuana y por ingerir alcohol en un parque. Aunque la circunstancia parecía seria, ellos se tomaron su situación con un sorprendente sentido del humor. Mientras recortaban papel china, confesaron que las horas en el taller habían transcurrido sin conflictos, entre risas y una convivencia inesperadamente armoniosa con el resto del grupo.
La verdadera peculiaridad de la jornada surgió cuando contaron que se conocían desde la secundaria, donde habían pertenecido a grupos contrarios y se consideraban rivales. Las viejas rencillas, según narraron, surgieron más por el ambiente de barrio que por un conflicto real. Con el paso del tiempo, coincidieron en preparatorias cercanas y empezaron a convivir, descubriendo que sus diferencias no eran tan profundas como creían y que incluso compartían gustos, amistades y uno que otro chiste interno.
“Éramos enemigos porque él se la llevaba con un cierto barrio o una cierta que tenía problemas con nosotros. Y la neta, pues sí, él de por sí está chapito, cuando estaba más chiquito estaba más chapito y era bien problemático, pero pues no traía con queso”
El cambio de relación se dio de forma tan natural como accidental. El muchacho que antes evitaba al otro por “cuestiones de barrio” resultó ser un buen compañero para cortar papel, pegar tiras y debatir qué figura debería tener la próxima piñata. Entre bromas, ambos reconocieron que la enemistad se había desvanecido hasta desaparecer y que, este año, por fin se habían considerado amigos.
Hoy, más que antiguos rivales, parecen una dupla cómica: uno exagerado y efusivo; el otro, serio pero de respuestas inesperadas. Se acompañan a jugar retas, se visitan en sus casas y encuentran entretenimiento hasta en la elaboración de un simple pico de piñata. Su amistad, surgida en un espacio diseñado para la reflexión y el servicio comunitario, se ha convertido en uno de los ejemplos más curiosos del impacto que pueden tener estas actividades.
Las piñatas que ellos y sus compañeros elaboran serán donadas al desayunador Unidos por Miguel Alemán. Mientras tanto, su historia queda como muestra de que, a veces, ni el barrio ni los malos ratos pueden evitar que dos adolescentes terminen riéndose juntos, pegados de engrudo y compartiendo una amistad que nadie habría imaginado años atrás.



